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Opinión
Etiquetas:   Ser o no ser  

Réquiem por clemente

Manuel Alcántara
Redacción
lunes, 28 de marzo de 2005, 22:27 h (CET)
Otros van al psiquiatra y le confiesan que son Napoleón. Cuando les dice que eso es imposible porque Napoleón es él, empiezan las discusiones. Don Clemente Domínguez jamás acudió a consulta y se autoproclamó Papa Gregorio XVII. Le tildaron de megalómano y de fanático, además de llamarle 'pirao', pero le apoyó el ultramontano obispo francés Lefebre y erigió una catedral solitaria, en medio de un grato descampado, en tierras de Sevilla, con 16 millones de pesetas. Ahora se dice que el edificio ha costado unos 2.500 millones, lo que sin duda es del linaje de los milagros. El llamado Papa Clemente ha podido morir tranquilo.

Todo empezó, como casi siempre, cuando la Santísima Virgen, siguiendo una de sus costumbres más conocidas, se le apareció a unas inocentes niñas. También él era un vidente, pero se quedó ciego. En vez de un 'Papa-Móvil' tenía un coche normal y se pegó un hostión tremendo. Ciego y todo, continuó teniendo una gran vista para los negocios el gerente del Palmar de Troya. El misterio es lo que más contribuye a la popularidad y él estaba rodeado de tenebrosas brumas. Ordenaba sacerdotes más bien guapos, bautizaba y elevaba a los rasantes altares a quien le daba la gana. Lo mismo a don Pelayo, que a un general de alta graduación o al panadero que les llevaba diariamente unos chuscos bien calentitos. No era feminista, eso no. Se dice que las mujeres estaban siempre de rodillas rezando mientras los recamados miembros de la secta se sumían en reflexiones.

Todo un personaje el hombre que acaba de morir, de esos que sólo damos nosotros. Se asegura que una vez, a bordo de su silla gestatoria, le hizo un corte de mangas a alguien que se burlaba. Si llega a conocerlo, San Juan de la Cruz se quedaría «un no sé qué balbuciendo». Ahora la gente se pregunta si todo era una olla para cocer la incorregible esperanza o una tapadera para acumular dinero. En todo caso, hay que dar el pésame a sus secuaces. Les acompaño en su enloquecimiento.

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