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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Economía · Ángel Ruiz Cediel
El abrazo del oso


Las declaraciones de un bróker financiero en la BBC convulsionan a la mojigata clase política de Occidente


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 28 de septiembre de 2011, 09:09
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Era un telediario de la BBC como tantos, en el que habían convocado como opinador especialista a un joven bróker de la City para darse viso de erudición, y éste, sorpresiva e intempestivamente, se desmarcó unas opiniones que enseguida dieron la vuelta al mundo no por lo novedoso de ellas, sino por su políticamente incorrecta sinceridad. Vino a decir, en otras palabras, que a los tiburones financieros les venían estupendamente las crisis y la miseria de los pueblos, que ellos sólo le rezaban al dios-dinero, que sólo iban a por la pasta y que el sistema es eso, y el que se quiera creer otra cosa, lo hace en cuentos de hadas.

Y tenía toda la razón del mundo. El soporte de nuestra economía es la especulación: punto. Aquello del justiprecio de las cosas no sólo pertenece a otra etapa de la sociedad, sino que ha sido sangrientamente perseguida precisamente por los que ahora se les arruga el ombligo al escuchar cosas como esta, y se llamaba marxismo. Un sistema que pasó a la Historia para beneficio de las políticas neoliberales, que son ni más ni menos las especulativas: hacer dinero como sea, contra quien sea (gentes o medioambiente) y como sea (con moral o sin ella). La corrupción moral y social, en fin, es la base del desarrollo, y tan moral es para hacer dinero el provocar una guerra para venderles las armas a los que se les empuja a matarse entre sí como arruinar un país jugando con los intereses de la deuda. Todo por la pasta: nada más importa.

Nuestra ministra Salgado, como la mayoría de los responsables económicos de Occidente (todos esos que aprueban medidas económicas que inyectan dinero de los pobres a los ricos e imponen ajustes a los pobres para que paguen la crisis que produjeron los ricos), enseguida ha saltado a la palestra para mostrarse escandalizada y a acusar de falta de moral al joven bróker. Parece que el que ella se retire tras unos pocos años de cotización como ministra con un salario de treinta mil euros al mes está bien, como lo está el que algunos de sus colegas sean millonarios o vivan como maharajás, o como lo está el que se les haya regalado ingentes cantidades de millones a los bancos gracias a su excelente gestión (para reparto de dividendos), el que quienes han atracado las cajas desde dentro vivan tan ricamente en chalés de superlujo y con una vida dorada, o que directamente cinco millones de almas en España, y casi trece millones indirectamente, vivan contra las cuerdas de la supervivencia, gracias a esta crisis inventada por los muy poderosos para precisamente esto: especular y quedarse con los países en propiedad y con las poblaciones como esclavos que les paguen intereses y más intereses los próximos siglos.

La ministra Salgado, como todos los que se han escandalizado por estas declaraciones y se han rasgado las vestiduras, no ha dicho, adempero, que ellos, los tiburones financieros (ese Goldman –el hombre de oro- Sachs que controla el mundo, dicho en palabras del joven bróker) son el meollo del sistema, los jefes, su jefe, los que se han montado todo esto. Y la prueba de que fueron ellos está, precisamente, en que no hay culpables ni nadie ha sido detenido a pesar de haber producido daños de billones de euros (de los nuestros, de Europa, de millones de millones) y de haber dejado en la desesperación y el hambre, que es decir en el desempleo, casi al veinte por ciento de la población mundial, y de haber producido, gracias al incremento de precios de los alimentos, algún que otro millón de muertes por hambre o necesidad extrema (no se cuentan suicidios, que no son pocos). Un genocidio, en fin, en toda regla, aunque impune, eso sí.

Cuando menos sorprende estos grados de pretendida inocencia por parte de quien debiera saber más que los ratones colorados, como una ministra, sin ir más lejos. Y sorprende que también la sociedad se vea escandalizada por unas acciones que todo el mundo conoce pero que nadie pronuncia en voz alta: eso es el sistema, ni más ni menos. ¿Quién creyó que la Bolsa es hacer dinero de la nada?...: es hacerlo a costa de los que pierden, como en la lotería, que sólo se reparte aquello que se les quita a otros. ¿Quién creyó que multiplicar los haberes sin producir, sino sólo especulando, no produce daños humanos, muertes incluidas?... ¿Acaso los llamados inversores –tanto da si son grandes o pequeños- no estudiaron Física y no conocen el Principio de Conservación de la Energía?... Pues bienvenidos al mundo real: si alguien gana diez en un sistema cerrado (y el planeta lo es), es porque se lo ha quitado a otros, sean personas o Naturaleza.

Pero lo que la ministra debiera saber y seguramente sabe, como todos los que se escandalizan porque alguien diga en voz alta lo que realmente sucede, es que nuestro sistema es como una bestia, como un oso que tiene dos poderosos brazos: uno izquierdo para entontecer a las masas y que se dejen esquilmar porque quienes mandan son teóricamente los suyos, y otro derecho para que, una vez legislado el atraco, los ricos se gocen de los beneficios obtenidos sin resistencia social. Dicho en otras palabras: el bipartidismo. Un sistema montado sobre dos brazos políticos, izquierda y derecha, demócratas y republicanos, conservadores y progresistas, etcétera, que abraza a los ciudadanos hasta estrangularlos. Éste y no otro es el juego.

Debiera saberlo la ministra y debieran saberlo todos, especialmente si se enriquecen en la Bolsa (poco importa si es con un par de acciones o invirtiendo en deuda de Estados), si especulan con el precio de las cosas o si se enriquecen con el precio de la mano de obra o los derechos de los trabajadores, que al fin no son sino ciudadanos como ellos, pero con menos posibles. La fantasmagoría del dinero fácil ha seducido a muchos, a casi todos, pero deben ser conscientes que, en realidad, se lo están quitando a otros y, en consecuencia, son corresponsables del daño, aunque no lo vena con sus ojos: cuando vean cómo languidecen los pobres, deben sentirlos como parte suya, porque son ellos los que los hacen posibles.

El sistema no es sólo perverso porque inventó a las izquierdas y a las derechas –bien debieran saberlo los socialistas por lo sucedido en Suresnes hace ya un tiempito-, sino porque todos participan de él. En el sistema capitalista no se plantea quien tiene el producto o el servicio cuánto es justo cobrar por él, sino que lo ofrece al máximo que está dispuesto a pagar el bindundi de turno. Una casa, por ejemplo, no vale ni de lejos el 10% de lo que se está pagando por ella, sino que todos, desde el propietario del suelo al constructor, pasando por los fabricantes y promotores intermedios, meten la mano en el bolsillo del que la compra, teniendo éste que pagar un precio tal, que si ahora quiere venderla, su valor no llega ni al de la cuarta parte de la hipoteca. Y los bancos, sólo jugando a ganar. Y el mismo Estado, cobrando impuestos sobre lo mismo, tantas veces como se compre y se venda. Un sistema que premia al pillo y al corrupto, porque esta corrupción moral y práctica generalizada, es la base del sistema. ¿Cómo no se va a atacar a Dios desde el Estado, si precisamente es Dios quien prohíbe todas estas prácticas?...

El ciudadano, pues, debe sentirse especialmente querido por el sistema, porque, aunque esté siendo estrangulado, es por afecto, pues que está sufriendo el abrazo de la bestia, el abrazo del oso. Se sembraron vientos, todo el mundo sonrió cuando se lo quitábamos a otros, y ahora resulta que son los nuestros los que nos lo están quitando: nuestros bancos, nuestros políticos, nuestros ricos. Izquierdas y derechas lo saben porque legislaron para esto. Verán como el PP no cambia ni una de las leyes contrarias a toda razón y lógica que hizo el PSOE, y no lo hará porque es el otro brazo de la misma bestia. No importa que éstos se digan de derechas o de izquierdas, porque trabajan para los mismos y ellos son parte de lo mismo. Miente quien diga que le importa la justicia social o quien diga, poniendo cara de buenoide, que no había más remedio. Sencillamente está amansando a los ciudadanos o inyectándoles docilidad, para que se dejen asfixiar por el oso.

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