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Nuestra democracia

De la ilusión a la melancolía
Francisco Rodríguez
miércoles, 28 de septiembre de 2011, 06:47 h (CET)
En este año, por segunda vez, se convocan elecciones bajo la misma ley electoral que ha mostrado claramente sus deficiencias, sin que exista voluntad de cambiarla. Nuestros votos servirán para investir como diputados a las personas que las cúpulas de los partidos decidieron incluir en las listas cerradas y bloqueadas. En cuanto al Senado, podría ser suprimido dentro del programa de recorte de gastos.

Que los diputados que resulten elegidos sean representantes de los que los votaron es mera ficción. Lo que realmente votamos es al líder de alguno de los partidos, los nombres que aparecen en las papeletas que introduciremos en las urnas son lo de menos. Votarán en el Congreso de acuerdo con las instrucciones e intereses de su partido que pueden coincidir o no con lo que piensas y desean los que lo votaron. El pueblo español, en el que según dice la Constitución reside la soberanía nacional, no volverá a “decidir” hasta pasados cuatro años.

Voté ilusionado la Ley de Reforma Política, las primeras Cortes, los primeros Ayuntamiento democráticos y el referéndum constitucional, pero he de reconocer que aquella ilusión se ha ido desvaneciendo en el transcurso del tiempo. Los artículos de aquella Constitución del 78, en la que tantos pusimos nuestra esperanza, cuando los leo hoy, me suenan a palabras vacías.

La soberanía nacional del pueblo español y la indisoluble unidad de la nación española no concuerdan con el fraccionamiento autonómico ni con las políticas de las minorías nacionalistas que no quieren ser españolas, pero mediatizan siempre que pueden la gobernabilidad de España en su propio beneficio a costa de los demás.

Que el castellano sea la lengua española oficial del Estado no parece que sea cierto en partes importantes de España, vulnerando la libertad de los ciudadanos, digan lo que digan los tribunales.

Que los partidos, como dice la Constitución, expresen el pluralismo político, será cierto, pero que su estructura y funcionamiento sean democráticos, ya es más dudoso. Lo mismo se dice de los sindicatos y con las mismas dudas, pero tanto los partidos como los sindicatos están subvencionados y se mantienen de los impuestos que todos pagamos, en lugar de hacerlo mediante las cuotas de sus asociados. Entre los recortes económicos necesarios en estos tiempos de crisis, sería buena terminar con estas subvenciones.

Sigo repasando la Constitución y leo que las Fuerzas Armadas tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional. ¿Es seguro que las Fuerzas Armadas podrían hacer algo frente a los que quieran romper la integridad territorial desde dentro o desde fuera?

Entre los derechos fundamentales se dice: todos tienen derecho a la vida, pero a los niños no nacidos no se le reconoce tal derecho, por el contrario, lo que se ha reconocido es el “derecho” de la mujer a eliminarlos mediante el aborto si le causan molestias o si se sospecha de que pueden nacer con cualquier discapacidad. También, bajo el eufemismo de la muerte digna, puede resultar vulnerado el derecho a la vida de enfermos y ancianos.

Podemos seguir enumerando otros derechos: la tutela judicial efectiva, que deja de serlo si las sentencias se demoran por años; la presunción de inocencia que cada vez más parece una presunción de culpabilidad; el que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa o moral que esté de acuerdo con sus convicciones, derecho que se ordena garantizar a los poderes públicos, ¿concuerda con la imposición de la asignatura de Educación para la ciudadanía?

Quedan muchos más artículos por examinar, pero con estos es suficiente para justificar mi “melancolía democrática”.

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