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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La naturaleza es vida

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
sábado, 26 de marzo de 2005, 20:05 h (CET)
Nunca es tarde si la dicha es buena. Eventos como la primera exposición universal del nuevo siglo, les afana en presentar un modelo de sociedad planetaria basado en la convivencia entre la tecnología, el progreso y la naturaleza. El divorcio entre lo humano y la naturaleza es bien patente. Eso de conservar limpio el paisaje, compartir cauces y no dilapidar aguas, respetar las playas como el mar las ha creado, cuidar el aire y mantener el silencio, es cuestión educativa y moral. Sin embargo, los comportamientos éticos, por parte de todos, son bien distintos.

Debiera ser empeño prioritario de todo Estado proveer a la defensa y tutela de los bienes colectivos, entre los que se encuentra la atmósfera natural. Una cosa es predicar y otra dar trigo. La realidad nos traslada un ambiente de ruido que nos ahoga, auténticas montañas de basura que vuelven los entornos irrespirables, insolidaridad con el agua, cemento y asfalto en primera línea de playa? ¿Para qué tantas campañas de desarrollo sostenible, si después las propias administraciones no actúan a tiempo o hacen la vista larga ante determinados atropellos?

Está visto que las estrategias forestales o los planes no funcionan cuando tienen que funcionar. Entre las manos del hombre y los embistes de la propia naturaleza, el desierto nos alcanza. Podemos tener las mejores estrategias a favor de la conservación y del uso sostenible de la diversidad biológica, pero si luego sólo quedan en el papel, en las buenas intenciones, de nada sirven. La naturaleza que es sabía ya no puede más, está agotada de tanto regenerarse de la destrucción humana.

Hoy por hoy nuestro mundo dista años luz de ser reflejo de la obra originaria, donde la poesía emanaba en doquier esquina, la paz y el sosiego en cualquier punto habitable. Ahora los árboles se mueren de pie porque no pueden ni respirar, o los quitamos de un plumazo para levantar avenidas de asfalto. Hay pues necesidad de educar en la responsabilidad ecológica, ante el aluvión de irresponsabilidades con nosotros mismos y con los demás.

Esta educación no puede basarse simplemente en las buenas palabras, sino que conlleva una conversión autentica en la manera de pensar y en el comportamiento. Una rosa, por ejemplo, se ha quejado frente a mi ventana empapada de alcohol y cristales. La visita de la juventud, los fines de semana, la dejan medio muerta. Es más, quiere morirse. La estrella que me alumbra, otro ejemplo, está ciega de humos. Desea otro planeta. Todo este desorden humano, cuando el universo es un orden ético, requiere otras morales y otros mimos, otras esencias y existencias, sino queremos cavar nuestra propia fosa.

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