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Etiquetas:   A sangre fría   -   Sección:   Opinión

La sombra del peñón es alargada

Jesús Nieto Jurado

sábado, 26 de marzo de 2005, 20:05 h (CET)
El peñón se yergue majestuoso sobre la inconfundible silueta de la Bahía de Algeciras,a la par que unas gaviotas juguetonas revolotean sobre la lonja de pescado de la localidad de la Línea de la Concepción. Allá, al fondo, desdibujado por la neblina primaveral, presente incluso en tan suaves latitudes, aparece majestuoso y altivo el peñón de Gibraltar, una roca que en escasos metros cuadrados esconde una antiquísima tradición de la diplomacia hispano-británica.

Desde la época fenicia, el peñón ha jugado un papel primordial en las relaciones comerciales y geoestratégicas, pero será en 1713, cuando el Tratado de Utrecht dote a este peñasco de la soberanía británica, en un siglo 18 en el que se hace evidente la preponderancia militar de Gran Brteaña en detrimento de una España nuestra, embriagada de toros y hambre, mientras el futuro de del antiguo imperio donde no se ponía el sol se dirime en alcobas y salones.

La soberanía, humillante y actual del Reino Unido sobre el peñón donde Hércules situó sus columnas, supondrá una continua y vergonzante afrenta a nuestro país, y únicamente durante la dominación francesa de la Península, Gibraltar sirvió como tenue refugio a algunos españoles, que poco después se congregarían en Cádiz para fundar la primera Constitución de nuestra historia, la Pepa.

Desde entonces, y salvo la honrosa excepción de la Guerra Civil española, donde la Roca auxilió a un buen número de republicanos españoles, el peñón y sus llanitos mirarán desafiantes a una España que les presta el sol y el clima, y a la que consideran como un excitante y exótico vecino.

Si bien Franco en su régimen, exigió la devolución del Peñón, lo cierto fue que la débil diplomacia española, ineficaz desde sus principios, se ha mostrado incapaz de solicitar la devolución de una porción de tierra, que los británicos conservan en virtud de un añejo tratado.

Esta fragilidad endémica de la diplomacia española, se ha revelado en vejantes posturas del ministerio de Asuntos Exteriores del país de los hijos de la Gran Bretaña, al frente del cuál se encuentra un taciturno Straw.

Inglaterra, con su espíritu colonialista, que hunde sus raíces en la época victoriana, no sólo mantiene la soberanía sobre el peñón, cuya sombra es alargada para la diplomacia española, sino que de vez en cuando, y cuando a Blair le sale de Downing Street, para demostrar a los hermanos anglosajones de la otra orilla su exiguo potencial bélico, organizan un contubernio británico en las profundidades del estrecho de Gibraltar a bordo de submarinos nucleares, o en la pamela de una Windsor que se pasea por Maine Street ante la mirada complaciente y cómplice de un Caruana orgulloso de regir los designios del único paraíso fiscal de Europa, puesto que incluso Suiza ha endurecido su, hasta hace poco, débil política de control de inversiones extranjeras.

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