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Opinión
Etiquetas:   Con la mano en el corazón  

La huida

F.L. Chivite
Redacción
sábado, 26 de marzo de 2005, 20:05 h (CET)
Antes eran días de reflexión y recogimiento espiritual. Ahora son días para escapar. Días para poner tierra de por medio. «Salgamos de aquí», le decía Steve McQueen a Ali MacGraw en aquella inolvidable película de Sam Peckinpah mientras miraba a derecha e izquierda con desdén. ¿Quién no ha soñado alguna vez con esa frase maravillosa? En cierta ocasión oí decir a un cinéfilo que era la frase más repetida de la historia del cine: salgamos de aquí. Por algo será. Sin duda tiene un cariz que nos resulta excitante y arrebatador. Porque, en el fondo, somos seres fugitivos.

No lo podemos evitar. No es que pretendamos parecernos al bueno de Steve, claro. Pero fantaseamos con la idea de la huida. Tendemos a pensar que en cualquier otro lugar nos encontraremos mucho mejor. Y queremos escapar. Necesitamos sentirnos libres, sin ataduras. Aunque sólo sea durante cuatro o cinco días. Poder decir cosas como: 'Ahí os quedáis', mientras pisamos el acelerador a fondo. Para eso fueron concebidos los puentes vacacionales. Para que la gente corriente pudiera tener la sensación de protagonizar una 'road movie'. Lo decepcionante es que huimos en fila y como obedeciendo una orden. Y que nos dirigimos todos a los mismos sitios, con las consiguientes dificultades de aparcamiento que eso supone. Y que la semana que viene ya estamos aquí otra vez fichando puntualmente. La verdad es que, pensándolo con detenimiento, uno acaba teniendo la sospecha de que este invento de los puentes festivos cumple una importante función para la conservación de la precaria salud mental de los trabajadores. No resultaría nada descabellado empezar a considerarlos como una medida elemental de prevencion de riesgos psicológicos. La visión del puente festivo al final del invierno ejerce un estímulo positivo. Es como la luz al final del túnel. La gente aguanta para llegar al otro lado, confiando en que al final se abrirán mil posibilidades de huida. Una fantasía que levanta el ánimo. Pero que normalmente se queda en eso. Porque luego, en realidad, no hay tal huida. Nadie huye a la voz de ya y siguiendo las instrucciones de la Dirección General de Tráfico. Nos gusta pensar que huimos, pero lo cierto es que somos conducidos. Porque de lo que se trata no es de que seamos libres, sino de que liberemos la presión acumulada. Y por supuesto, de que retornemos rápidamente a la rutina para aguantar de un tirón hasta el verano. Por otro lado, este tipo de minivacaciones multitudinarias de urgencia conllevan (además de una meteorología habitualmente inestable) un algo fatigoso e incómodo que hace que la mayor parte de la gente acabe echando de menos las dulzuras de su casa y deseando volver.

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