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El okupa de esta columna
¿Acaso el otoño no es sinónimo de decadencia, de fin de ciclo, de fracaso y de oscuridad?
¡Este hombre es más hortera y le cierran la columna!
Perdonen, señores lectores, pero esta columna que están ustedes leyendo no la firma el pedante de siempre, ése cuya foto anda por aquí al lado. Me he adelantado, la sabiduría que dan los años.
Reconozco que estaba alerta; después de varios artículos cursis como ellos solos, llenos de flautas, trinos y angelotes, me puse en guardia en cuanto me enteré de que iba a entrar el otoño. El otoño es una época muy mala para mendicantes intelectuales, poetas fracasados y columnistas en decadencia.
Este hombre era capaz de perpetrar otro asalto a la sensibilidad humana a cuenta de doradas tardes otoñales, el agonizar del sol y nubes algodonosas hechas jirones. ¡Más hortera y le cierran la columna! Seguro que si no le hubiera robado el teclado ahora estarían ustedes leyendo alguna vulgaridad sobre el primor de estas tardes, la inmensidad de Tierra de Campos y empalagosos tópicos semejantes.
Vamos a ver, ¿quién dice que el otoño es bonito? ¿Acaso el otoño es comparable a la armonía de la primavera o a la alegría del verano? Pero es que los días no se van haciendo más cortos y más tristes cada anochecer? ¿Podía yo permitir que les vendieran a ustedes la leyenda del refulgente otoño como una época de esplendor y plenitud? ¿Acaso el otoño no es sinónimo de decadencia, de fin de ciclo, de fracaso y de oscuridad?
Pues el okupa habitual de esta columna iba a ello, estaba dispuesto a venderles a ustedes una imagen idílica de pueblos con sus vecinos a las puertas de las casas, charlando animada y amigablemente mientras los cielos enrojecían poco a poco y la tarde languidecía encantada de haberse conocido. ¡Fantasma arrogante!
¿Que el otoño es belleza, que es serenidad, que es un salto adelante? Al contrario, es fracaso, el otoño es frío, oscuridad y muerte. Yo veo todas las tardes cómo mengua la luz, cómo la noche llega antes, cómo el hielo se acerca más, cómo la gente aprieta el paso para llegar a casa cuanto antes.
Créanme, sé de lo que hablo, llevo muchos años advirtiendo que al llegar septiembre mis hojas se secan, se vuelven marrones y mueren, cayendo a mis pies, siendo llevadas muy lejos de mí por las frías andanadas del viento. Primero amarillean las más altas y alguna sale despedida, luego el mal va extendiéndose y finalmente termino absolutamente vano, con mis ramas vacías, crispadas como flechas, tan tensas que quisieran ser disparadas a toda prisa. Voy desinflando mi vida y guardándola, amargado, desangelado y triste, en la mochila oscura y silenciosa del calendario hasta que llegue marzo.
¿Otoño dorado y bello? ¡Pedante!
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