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Testigos o partícipes
Nada hay tan irritante ni tan irracional como una sinrazón cargada de razones: Xavier Velasco
Son términos imprecisos. Aún más, si la voluntad de las personas implicadas se acomoda en esa confusión, sin la mínima complicación. Al ejercer de testigos o de participantes, en esa medida, las implicaciones son notablemente diferentes. Y esto, lo observamos alrededor de los pequeños hechos cotidianos y en los de mayor repercusión para la sociedad. ¿Hasta dónde alcanza la RESPONSABILIDAD individual? Uno puede actuar de testigo privilegiado de cuanto acontezca, testigo que además permanecerá silencioso, expresará con tenacidad el relato de lo acontecido; o bien pasará a la práctica de las acciones pertinentes al sentirse implicado con las experiencias. La imprecisión de los términos, dejará de serlo, para reflejar la respuestas adoptadas. Las dudas y las decisiones entran en acción, para unas mejoras o para el empeoramiento manifiesto.
Ustedes qué dirían, ¿Domina la tendencia de comportarse como meros testigos, sin pasar a mayores compromisos? O por el contrario, ¿Predominan los impulsos para una participación en las actividades sociales, como implicación de unas personas responsables? Dependerá, sí, ya lo sé; habrá representantes de ambas orientaciones, pero planteo hacia donde irán las DIRECTRICES. El escaparate de los grandes eventos pone de manifiesto la evolución de las conductas, con una mera asistencia al espectáculo o con la implicación personal, según los criterios adoptados. Lo decisivo de todo ello son las consecuencias derivadas. La comodidad del simple testigo o el esfuerzo aplicado por el participante, importan por su trascendencia; no da lo mismo una actitud o la contraria.
La narrativa de Charles Dickens suele destacar alguno de estos factores. En su novela “Barnaby Rudge” plantea con crudeza esta disyuntiva entre testigos o colaboradores activos; en una de sus primeras escenas, describe unas ejecuciones públicas en la plaza de una ciudad. Denuncia la respuesta de la gente ante dicha circunstancia. El gentío discurre en una aglomeración atropellada, con su prisa manifiesta por alcanzar los mejores lugares de observación. El griterío y el jolgorio enardecían al conjunto. El espectáculo suponía una gran atracción para la masa. La incoherencia de dichos comportamientos cruje por cada esquina; no aparecen por ningún sitio los planteamientos previos adecuados ni consideraciones particulares. ¿Hemos superado actitudes populacheras como las relatadas? Quizá suceda al revés, ahora las transmisiones multiplican los accesos para el conocimiento de los sucesos. Atentados, hambrunas, masacres, asesinatos reiterados como en Ciudad Juárez, sunamis o guerras “pacificadoras”; los vivimos en riguroso directo. Pasado un tiempo valoraremos la respuesta ante esas realidades, si fue o no adecuada la reacción de las gentes y de los países. A ver si no son tantas las diferencias con la novela, prevaleciendo el espectáculo, dramático o escandaloso; frente a la consideración y la coherencia. ¿Consideramos adecuadas las actitudes adoptadas?
La actualidad engloba aspectos poco novedosos. Está comprobado que para la movilización general de grandes grupos, a veces es suficiente con un lema escueto, con dos palabras acertadas. El grado de estupidez de su mensaje no resulta significativo; en cambio, el oportunismo del lanzamiento determina su eficacia. Un simple recado difundido por el móvil puede entrañar esa gran eficacia. Por increíble que parezca, tan lacónico impulso, sobrepasa otras reflexiones o debates. Cabe un planteamiento crucial y poco malicioso ante hechos como los referidos. Quizá los participantes en esas masificaciones hayan abdicado de su propia personalidad arrastrados por la vorágine. ¿Será eso? Es posible que nos encontremos con la realidad contraria, la falsedad radicaba en las conductas individuales hipócritas; mientras la veracidad radical de las intenciones queda reflejada en esas aglomeraciones. ¿Quiénes serán testigos y quienes participantes en un apoyo activo? Con esta duda, oscila también la responsabilidad, desaparecerá o no, según la colocación de los actores en aquellos eventos.
Deducimos enseguida una enorme variedad en eso de la intensidad testimonial. De Primo Levi o bien de Jorge Semprún, leemos escritos que aproximan el carácter de testigos al de protagonistas auténticamente involucrados; así, las víctimas o los verdugos del nazismo nos mantienen alertados a través de dichos escritos recordatorios. Poco a poco, esas presencias tan cercanas a los hechos, las observamos con una menor consistencia en aquellos que expresan una visión CONTEMPLATIVA, desligada de los eventos; sus pretensiones vuelan por todo lo alto, pero están alejadas del núcleo protagonista, no pasan de simples voceros de las apariencias circundantes. Su mismo lenguaje refleja una ligereza alarmante. Relatan las cifras de muertos por medio de índices recortados y fríos. No profundizan en los sufrimientos subyacentes ni en las perversiones que condujeron a los desvaríos. Sin duda, estos contempladores serán testigos irrelevantes. Ahora bien, quizá escuchamos atentos a quienes levantan la voz o escandalizan, mientras desdeñamos a los de una labor comprometida. Son actitudes que inciden de una manera directa en la convivencia.
Revisado el número total de parlamentarios, desde los centrales a los de cada autonomía, percibiremos la gran dificultad representativa y legislativa para la buena marcha de los españoles, son muchas las personas dedicadas a ello. ¿Son necesarios tantos representantes? ¿Ejercen de verdad en ocupaciones decisivas? Supongo que la observación de su funcionamiento reflejará diferencias notables según se efectúe desde el exterior o sea valorada desde dentro del sistema. En la línea de lo comentado hoy, pienso que podríamos preguntarnos, cuántos de ellos se comportan como simples testigos, o cuántos participan activamente en las tareas. O bien, en calidad de cual de las dos figuras citadas se viene comportando cada parlamentario a lo largo del año. Los requisitos para el ejercicio correcto de dichas funciones apenas son considerados, quizá sea que no son necesarios y baste con una persona corriente como dotación para el cargo. De nuevo, estamos ante testigos o actores reales en una distinción relevante a considerar.
Reconozcamos la realidad, la labor de observadores sin ningún compromiso tiene un gancho especial. Lo suyo se limita al la placentera contemplación sin mayores objetivos. Viene a ser un COTILLEO que no comporta justificaciones. Abarcan diferentes campos en sus actividades. Son inquisitivos con las intimidades ajenas, de manera insaciable y tenaz. Husmean en cualquier fallo de los vecinos, transeúntes o en actividades profesionales. Airean cualquier dato caído en sus manos, sea cierto o no, y con alarde de sus posesiones. Con la particularidad reseñada, no pasan de ahí; sus intimidades, su reflexión o su buena disposición colaboradora, no se presentan jamás. Constituyen un compendio de la frivolidad de hurgar en lo ajeno sin proyectos constructivos. Son testigos simplones y muy numerosos.
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