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Ye-ye-¡yeah!
Gracias a la excelente labor de coordinación de los conspiradores profesionales, nos vamos a hacer con una envidiable colección de incógnitas, resumibles en una abultada y original Incógnita Summa
Cuando entonces nos quedamos con dos palmos de narices y con la X, que es una incógnita que no se refería a ningún empate precisamente. Apenas si nos tuvimos con contentar con un par de cabezas medias de medio pelo, pero sabíamos que los verdaderos conspiradores se libraban de todo, con o sin el consentimiento y cobertura de otras fuerzas… necesarias para perpetrar el daño.
Nada, nada: la X al saco. Cuando ahora, nos quedamos también con la Z de quien se va a la jubilación dorada con un salario astronómico más que bien merecido, porque es mucho el talento que hay que tener para entrar en el Paraíso y convertirlo en apenas siete años en el Infierno, y eso por no hablar que donde había pistoleros hoy hay contertulios, amiguetes de mus y caña, buenos chicos y hombres de paz. No entendemos por qué hizo lo que hizo siendo tan malo para todos y habiendo producido tanto daño, pero hecho está, de modo que nada, nada: la Z al saco.
Y cuando en el medio del entonces y el ahora, nos quedamos con dos palmos de narices con la Y del 11M, apenas habiendo condenado a no se sabe quién por no se sabe qué, que ninguno de ellos lo fue por poner las bombas y tal, sino que tal supuesto crimen quedó en el haber de aquellos que se inmolaron en un pisito y se inmolaron tan oportunamente que no pueden ya decir ni si ni no, y todos los demás con la mosca tras de la oreja. Bueno, no todos: digamos que casi todos nada más. De modo que, también, nada, nada: la Y al saco.
Sin embargo, si nos quedamos con X, Y y Z formando la base fundamental de las incógnitas, en cada uno de cuyos capítulos hay listines como la biblia telefónica y apartados para todos los gustos conspiranoicos, podemos estar muy contentos porque, a las claras y la luz, en público y mitín, nos quedamos sin encuadernar con el ye-ye-¡yeah! Que no es poco, no señor. Tufillo tiene a todas las incógnitas y retorcido talento también, como sobradamente saben propios y extraños que le conocen en esa Sin City de mis pecados en que ha convertido la urbe política. Ye-ye-¡yeah!, puede, puede burlarse tanto como quiera de quien quiera, porque protegido está, quién sabe si por los encuadernados o si por las legiones de los listines anónimos de incógnitas menores que se someten a las mayúsculas incógnitas. Puede, incluso, decir que va a hacer lo que pudo hacer y no hizo, pero que no tiene el menor interés en hacer porque sólo es para que se le aúpe adonde pueda conspirar sembrando incógnitas por doquier y hacer lo que no debería hacer, pero que hará. Así está la cosa: ésta es la madre del cordero.
Pero ¿y quién encuaderna la Incógnita Summa?... ¿Qué partido o agrupación puede contener tan oprimentes páginas de tan tétrica caligrafía, frecuentemente rotulada con sangre muerta?... Y los votantes, ¿qué buscan entre la tiniebla de sus nombres y el fantasmagórico ulular de sus consignas?... ¿No son, acaso, lo bastante expeditos y evidentes sus frutos después de tanta Historia?... ¿No basta, quizás, con las pruebas, los ríos de dolor, los ayes, la desolación de quienes perdieron a alguien entre los restos de los trenes, la tristeza insoportable de los desempleados y la alegría de los pistoleros?... ¿Qué más necesitan los votantes de bien para saber que demasiada tiniebla rodea a los incógnitos como para que haya sido el viento el que por casualidad la ha arracimado en su entorno, que demasiado hedor es para una simple transpiración o que es demasiado dolor social como para ser un malestar transitorio?... 100 años de dolor –se puede leer y consultar-, es mucho dolor, es mucha tiniebla, es mucho ulular y es mucha, pero mucha sangre seca.
Ye-ye-¡yeah! Adelante, descolorida la tez, cadáverico el porte y asmático el resuello, va con sus proclamas nombrando luz a la oscuridad, pagando por treinta monedas de plata a quien quiera prosperar en su carrera o nada más que no perecer por haberse cruzado en su camino. Ye-ye-¡yeah! Conciliador y sonriente responde en jitanjáfora con la diástole sistémica de su delirio a quienes se le acercan (“dejad que los niños se acerquen a mí -¡qué saben ellos, porbres!-”) en el juego mediático de explicaciones diversas, así, entre coleguillas, aunque luego le diga a su escolta: “¡apúntame a ése por preguntar lo que no conviene”, que lo mismo le grajea, por buen chico, una inspección de Hacienda, o quién sabe si un suspenso o un delito que no cometió, o lo que sea, porque suya es la ley y suyo el de la porra, bien se sabe. Ye-ye-¡yeah! Dientirríe, fromatamanos, cuellitorcido y ojizaino, medio oculta su pupila como si espiara desde el fondo de su penumbra mental y por debajo de la grasa calvatrueno que semeja un refulgente yelmo vencedor de mil inteligencias (“¡ojo!, que yo lo sé todo de todos”), va explicándose por aquí y por allá, y, mientras sofista divide, crea terror, desempleo, inseguridad, alienta enemigos, abate virtudes, alaba al Maligno, entenebrece el horizonte, niega el futuro y consolida el enfrentamiento de un país que jamás lo será precisamente porque tiene a su servicio oscuros protohombres como él, aunque esté extrarradios (por ahora) del grueso epítome de la Incógnita Summa. Dice quien dice, que lo dice, palabra, que él es, precisamente, el Guardián 33 de la triangular Incógnita Summa.
Ya se queda solo, por fin, con sus siniestros pensamientos. ¿Estará triste?... ¿Qué le pasa a la travestida supuesta princesa con su negra boquita de piqui-piqui-fresa?... Pero no hace falta meter el oído en la puerta del camerino mitinero como si fuera una lezna, porque desde la oscuridad impenetrable de su maldad, eufórico resuena un ye-ye-¡yeah! que nos sobrecoge de pavor. Ha sido un alarido, un espantoso grito, un aullido, un desgarro del vacío que hay donde debiera tener el alma… No; no es, en su modestia, un eco de su nombre, sino sólo la amarga exultación de su dicha, porque la cosa le está saliendo fetén y es muy posible que, a imagen del Can Cervero, vaya a poder seguir guardando las infernales puertas del epítome maldito de X, Y y Z.
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