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Jueves Santo turístico

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 24 de marzo de 2005, 23:04 h (CET)
Hoy más de un lector de esta columna- quiero pensar que tengo más de un lector- me leerá más tarde de lo habitual. Es Jueves Santo, según decían los antiguos uno de los días que más reluce el Sol. Seguro que se encontrará mi hipotético lector envuelto en cualquier atasco de tráfico intentado llegar a un lugar de la costa para tomar el plausible Sol de la primavera recién estrenada, o si es un habitante de la costa queriendo llegar a cualquiera de esas casas rurales de la montaña que tan de moda se han puesto en los últimos años. El caso es, en llegando estas fiestas de la Semana Santa, moverse del lugar habitual y no permanecer anclados entre las cuatro paredes que nos observan durante el resto del año. Pero hace unos años, no muchos, la Semana Santa no era como ahora. Cuando llegaban estos días nos invadían la tristeza y la melancolía, encerrándonos entre las cuatro paredes de casa y saliendo tan sólo para hacer el Viernes Santo las estaciones penitenciales. Hoy, con el aumento del nivel de vida, y la eclosión de las segundas residencias toda aquella falsa fe se ha esfumado y tan sólo queremos llegar a la playa para estrenar el nuevo tanga o acariciar el silencio de los senderos montañosos con las botas de última moda que acabamos de comprar- tarjeta de crédito mediante- en los grandes almacenes.

A lo largo y ancho de toda España se suceden los desfiles procesionales. A la gente le gusta disfrazarse de lo que sea y en mi tierra mucha gente que hace una semana iba vestida a la última moda de las fallas hoy, mañana y el domingo se encasquetará la túnica y el capirote de penitente y pasará a desfilar del ritmo del pasodoble “Paquito el Chocolatero” o “Valencia” a marcar el paso con la seriedad de las militarizadas bandas de trompetas y tambores. Más abajo, en el Sur, en la Andalucía de siempre, veremos cómo las gentes lloran de emoción ante la presencia en las calles de sus Cristos y Macarenas mientras los turistas van haciendo miles de fotos que, meses más tarde, dormirán el sueño de los justos en los archivos del ordenador. Y es que nuestra religiosidad, de toda la vida según voces interesadas, es una religiosidad de andar por casa, chovinista y de cara a la galería.

No hace muchos años, cuando llegaban estos días todo se volvía sombrío y oscuro. Las emisoras de radio sólo retransmitían música religiosa, llegando a hacer que odiáramos la música clásica, los cines llenaban sus carteleras con películas de romanos que ensalzaban la pasión de Cristo y las más pudientes se disfrazaban con la teja y la mantilla negra para visitar unas iglesias donde las imágenes estaban cubiertas con una tela de color morado.Hoy en las grandes ciudades sin tradición de Semana Santa las calles están desiertas, se encuentra fácilmente sitio para aparcar y la única pega es que cuesta encontrar un bar abierto para tomar una copa. En donde hay tradición procesional se agolpan las gentes al paso de los pasos, valga la redundancia, pero aquello que los curas de mi infancia llamaban el espíritu religioso está olvidando y lejano. Las gentes quieren disfrutar y ver algo que nunca han visto y las procesiones se convierten en meros espectáculos turísticos.

Por eso pienso que a pesar de lo publicado por La Razón, y desmentido por las autoridades, no creo que exista gobierno, sea del color que sea, que se atreva en este país a quitar por decreto la Semana Santa. Somos un país cada día menos religioso pero los días de fiesta no queremos que nos los quite nadie, ni siquiera aquellos a los que se les ha dado una mayoría de votos. Ya le gustaría al PP que nos quitaran las fiestas de guardar pero no les caerá esa breva y tendrán que seguir inventado mentiras para atacar a un Gobierno que, les guste o no, salió de los votos de todos los españoles.

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