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Tags: Opinión · The Wahington Post Writers Group · Robert J. Samuelson
La trampa de obsesionarse con los datos malos


De vez en cuando, dedico una columna al informe anual de la Oficina del Censo sobre "Renta, pobreza y cobertura sanitaria"


Robert J. Samuelson Robert J. Samuelson
martes, 20 de septiembre de 2011, 09:21
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WASHINGTON -- Es una referencia estadística que tradicionalmente mide nuestro progreso -- o ausencia de él -- a la hora de mejorar el bienestar económico de los estadounidenses. Pero el informe de 2010 este año, difundido la pasada semana y recibido con enorme atención, fracasa miserablemente. Subestima las malas noticias.

No es que las conclusiones sean halagüeñas. Todo lo contrario: son espeluznantes. La renta familiar media (la renta situada justamente en el centro de la horquilla) fue de 49.445 dólares, un 6.4% por debajo del valor de 2007 (52.823 dólares), el máximo reciente, y la más baja registrada desde 1996 (49.112 dólares). Descensos comparables han tenido lugar en el pasado; por ejemplo, el descenso acusado de 1979 a 1983 fue del 5.7%. Todas estas cifras se detallan en dólares ajustados a la inflación de 2010.

La tasa oficial de pobreza revela una crónica aparecida. Fue del 15.1% en 2010, que se traduce en que poco más de la séptima parte de la población percibía una renta bruta por debajo del umbral gubernamental de la pobreza (22.314 dólares en el caso de una familia de cuatro miembros). Eso son tres enteros porcentuales más o menos por encima del valor de 2006 (el 12.3%) y, más elocuentemente, alrededor de 10 millones de personas más: 46,2 millones frente a 36,5 millones. Deprimente.
Pero otra vez, nada inusual. La tasa de pobreza alcanzó el 15.1% en 1993 tras la recesión de 1990-91 y fue del 15.2% en 1983 tras la brutal crisis económica de 1980-82.

A partir de las cifras exclusivamente, el mensaje parece ser que hemos visto esto antes. Las recesiones se cobran una factura borrosa. Es una historia familiar. Pero a mí no me parece que sea cierta -- la Gran Recesión es distinta -- y sospecho que la mayoría de los estadounidenses convendrá conmigo. Las tendencias estándar que mide el Censo (en renta, pobreza, cobertura sanitaria) son incompletas. No es culpa del Censo. Aun así, no trasladan por completo los efectos de la recesión al bienestar y la mentalidad de los estadounidenses.

Excluyendo el largo bache 1980-1982, las recesiones han sido desde la Segunda Guerra Mundial sucesos categorizados. El sufrimiento y las dificultades se han concentrado en una reducida franja de la población: los trabajadores que se quedan en paro, y sus familias; los empresarios cuyas empresas quiebran. La mayoría de los estadounidenses se queda igual. Ellos leen acerca de la recesión pero no la experimentan. El apogeo de la tasa de paro no supera normalmente el 8% (las excepciones: el 9% en el caso de la recesión 1973-75 y el 10.8% en el de la recesión 1980-82).

Ya no.
Hasta para millones de estadounidenses con trabajo, hay una sensación palpable de inquietud y pérdida. Un motivo es el devastador desplome inmobiliario, que se lleva sumas importantes del patrimonio de la gente. Alrededor de la mitad de las familias también tienen inversiones a través de cuentas para la jubilación, mutualistas o carteras de inversión ordinarias. Los vaivenes cotidianos del mercado causan una sensación de vulnerabilidad interminable.

Quizá igual de fuertes son los temores de los padres por sus hijos. La tasa de paro entre los trabajadores jóvenes sin formación especializada (los de 20 a 24 años) es siempre elevada -- los jóvenes son inquietos y se mueven entre la formación y el empleo -- pero ahora está en un astronómico 14.8%. Empezar de cero es difícil; los estudios sugieren que los jóvenes que sufren empleo precario y bajas condiciones salariales en una tesitura económica difícil pueden tener ingresos por debajo de la media permanentemente.

Lo que también ha cambiado es la naturaleza del paro. Durante los primeros años de la década de los 80, muchos de los parados salían de expedientes de regulación temporales, como destacan los economistas Steven Davis en la Universidad de Chicago y Till von Wachter en la Universidad de Columbia dentro de un nuevo estudio de la Brookings Institution. Estos trabajadores cobraban la prestación por desempleo; la mayoría esperaba reincorporarse. No se sentían descartados.

Hoy, la mayor parte de los trabajadores despedidos necesitan nuevos puestos de trabajo, con la probabilidad de cobrar sueldos más bajos. Y muchos de los que tienen trabajo están inquietos. El sondeo Gallup pregunta con regularidad a los trabajadores si temen recortes de la jornada, recortes salariales o recortes en las prestaciones -- o ser despedidos. En agosto, las respuestas eran, respectivamente: el 30% (recortes en la jornada laboral), el 33% (recortes salariales), el 44% (recortes en las prestaciones) y el 30% (ERE). Teniendo en cuenta la superposición, probablemente la mitad se sienta en la cuerda floja.

La sensación fatalista de que la crisis económica no desaparecerá nunca está presente con frecuencia, como lo está ahora, durante las primeras etapas de la recuperación. En algún momento del futuro, puede que veamos de manera parecida la tristeza actual. A lo mejor estamos obsesionados con los datos económicos malos. Pero las recesiones anteriores conllevaron a menudo beneficios. La recesión de 1980-1982 fue inducida para cortar la inflación -- y lo hizo. La subidas de los precios al consumo bajaron del 13% de 1980 al 4% en 1982. Cualquier beneficio de la Gran Recesión está bien escondido.

El estudio de la renta y la pobreza presentado por el Censo se denomina a menudo "las notas económicas del país". Paradójicamente, las malas notas de este año exageran en realidad nuestra actuación. Los antecedentes sugieren que nuestras notas mejorarán a medida que mejore la situación económica. Quizá. Pero si este bache es distinto -- y lo parece -- las notas del año que viene podrían ser peores.

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