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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El guardia civil manco

José Francisco Sánchez (Valencia)
Redacción
sábado, 26 de marzo de 2005, 01:51 h (CET)
A todo color mostraba la televisión, estos días, lo productiva que resulta, para la correspondiente brigada de la benemérita Guardia Civil, la busca y captura de los perversos enfermos mentales que se ponen en contacto, para intercambiar por correo electrónico estampillas de criaturas en cueros y para asuntos mucho peores: media docena de ordenadores y otros tantos agentes expertos en el manejo del ratón informático, tenacidad, oficio, paciencia y a echarle horas... Especificaba el comentarista cómo, bajo tal nefando concepto, en nuestro país se viene enchiquerando a un promedio de un centenar de babosos reos por año. Con razón sigue vigente la protesta de Mafalda: infancia desvalida, agresiones sexuales y una tenaz lucha contra el crimen que no da abasto...

Hablemos también, entonces, sobre todo, aunque sea políticamente incorrecto, de sectas religiosas o laicas que se aplican rutinaria y concienzudamente a la sangrienta mutilación genital de menores: mahometanos, hebreos y fundamentalistas del higienismo carnicero. Y siendo que estas traumáticas amputaciones han llegado a constituir un auténtico fenómeno social y que se perpetran, no a partir de características individuales trabajosas de detectar, sino de ideologías culturales colectivas y bien definidas, que se organizan y se publican sin pudor alguno... yo pregunto ¿cuántos mutiladores profesionales, de los que se anuncian con nombres y apellidos en Internet bajo la cobertura mágica de la urología, han sido puestos a disposición judicial por las gallardas fuerzas de Seguridad del Estado en los últimos, digamos, diez años? ¿Ni uno sólo? Si que es raro no...

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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