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Tags: Opinión · Columna de humo · Pedro de Hoyos
Las Jennifers, Pujol tiene razón


Pujol tenía razón y aún se queda corto: España es un país de jennifers y kevins

La ignorancia de las masas nos lleva a adorar cuanto de zafio, basto y ordinario echan por la tele



Pedro de Hoyos Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
viernes, 16 de septiembre de 2011, 09:00
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Si no hay nada más bobo que un obrero de derechas (Maria Antonia Iglesias dixit) no hay nadie más premiado por la multitud que los progres. E incluyan en “progres” al rojerío nacional y al nacionalismo antinacional, vaya. Pongan la frase de Pujol que aludía al país de las Jennifer en boca de Rajoy y tenemos montada la mundial. La frase es tan racista como clasista y despectiva, si la llegan a decir en Intereconomía les cierran la emisora por fachas, pero pronunciada por un progre es un salvoconducto a la eterna gloria. Ser progre, con lo ancha que es esa categoría, le vale a uno para no enrojecer de vergüenza ni tener que dar excusas.

Pero sacando la frase del contexto nacionalista, clasista y despreciativo que envuelve la sempiterna y aburrida discusión del victimismo catalanista, y sólo si la sacan de ese contexto, déjenme decirles que Pujol tenía razón y aún se queda corto. España es un país de jennifers, de chonis y de Jorge Javier Vázquez, que en estos momentos hace su entrada por la izquierda del escenario encabezando la marcha de monstruos, deformes y toda la inmundicia cultural y espiritual de España. Tengan ustedes en cuenta, siempre me veo obligado a subrayarlo, que no hablo de espíritu religioso, anatema en esta España laica y laicista.

Hace mucho tiempo que hemos confundido lo moderno con lo hortera y confiado nuestro cuerpo y alma mortales a todo lo que nos resultara novedoso, entregándonos de pies y manos a personajes anormales, amorales y piojosos, de intelecto infectado, que bajo la piel de cordero de la modernidad escondían los lobos de la inmundicia, la ignorancia y el atontonamiento de las masas.

Empujados por personajes deprimentes, repugnantes maniquíes de la irregularidad mental, que disfrutan hozando en el sexo público, en las ofensas más profundas y animalescas, así como en todo cuanto de salvaje, deprimente, zafio, barriobajero y putón hay en quienes venden su alma con tal de salir de la tele con un fajo de billetes, los españoles los españoles hemos considerado que llamarse Luisa, Carmela o Isabel era demasiado español y por lo tanto atrasado y casposo. Agilipollada como está la nación (bueno, “las naciones que componen España”) alguien ha decidido que lo moderno, lo internacional y lo simpático era llamarse Jennifer. O Kevin, (Aún recuerdo a un abuelo corriendo detrás del triciclo de su nieto gritando “Kevin José, ven, ven, Kevin José”) que tanto monta.

Y tanta deprimente modernidad nos lleva a que hayamos confundido la elegancia femenina con algo tan opuesto como es ir enseñando la ropa interior, o la libertad de expresión con ir blasfemando a voz en grito y por la vía pública cual carreteros en un atasco al pasar los Picos de Europa.

La ignorancia de las masas, algo propiciado desde el poder, desde todos los poderes, y auspiciado repetidamente por los propios españoles en las urnas, nos lleva a adorar cuanto de zafio, basto y radicalmente ordinario echan por la tele, con tal de que sea extravagante, creyendo que cuanto más brutos y asilvestrados seamos más modernos somos. Si durante años a esa informe masa ciudadana se la riega con abundante dinero fácil de lograr conseguimos la España atrasada, tontuna y jorgejavieresca de las Jennifer y los Kevin José.

Nunca tan pocos han hecho tanto daño a España, nunca tantos burros (¡y luego dicen que están en trance de desaparición!) han portado sobre sus rústicos lomos a tantos millones de adocenados ciudadanos, haciéndoles comulgar la tosquedad, la grosería y la ordinariez con las ruedas de molino de la modernidad, todo ello envuelto en fanfarrias trompeteras y convenientemente edulcorado y exhibido con flashes, luces y colorines de, pongamos, Telecinco. Y, repito, que muy regado por dinero fácil de ganar.

El problema, o parte de él, es que ésta es la España que más se ve, que más suena, que más fácilmente llega al gran público, sin que por el momento sea la más numerosa. Gran parte de España calla y trabaja. Y consiente, pecadoramente, he ahí el problema. España calla y consiente.

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