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Patéticos por olvidadizos
Aunque no estamos en un mercadillo de abalorios, puesto que nos acucian problemas muy serios; sorprende la gran proliferación y aceptación de los CHARLATANES
No de los antiguos, de peroles y artimañas mágicas, están olvidadas sus maravillas; ahora lucen con otro postín. Elucubran a base de conceptos e ideas, sin importarles ni por asomo sus fundamentos. Qué no serán capaces de proclamar en cuanto a definiciones, creencias, descreimientos o éticas acomodaticias. No precisaremos de grandes estudios para detectarlos, una somera mirada suele descubrirlos. Elija usted programas televisivos, equipos gobernantes, personajillos osados, para una exploración inicial; presenciará el manejo de las idioteces de turno.
Recordaba estos días una anécdota leída hace tiempo, que viene al caso. A una pensadora infatigable, tenaz buscadora de la verdad; cuando ya vivía sus últimos días, los pesados moscones de turno le abordaron con la pregunta: “Y bien, ¿Cuál es la respuesta?”. Aún disponía de energía e ironía suficientes para responderles: “Y bien, ¿Cuál es la pregunta?”. Pues bien, atrás quedaron anclados los tiempos de lo homogéneo; las perspectivas derivan en múltiples posibilidades. Entraremos en un lío si no atrapamos alguna orientación y nos entretenemos con charlatanerías. ¿Disponemos de orientaciones adecuadas? Veamos algunas de ellas. Si las atendemos o no, será cuestión aparte.
Acaso no consideraremos como buen punto de partida el criterio de fidelidad a lo que se siente. Habrá que contar, ¡Ay! con la verdadera cara de esos interiores. Eso requiere de una SINCERIDAD directa con uno mismo. Nace a borbotones desde el manantial de las propias sensaciones; intimidades, que suelen enturbiarse por tantas inmundicias que dejamos entrar. De ahí la importancia de no cejar en el empeño de ser fiel al primer manantial. La figura de Miguel de Unamuno refleja esa intolerancia a las inconveniencias foráneas, dibuja una orientación saludable para el cuidado de los sentimientos propios. En su línea, olvidamos con excesiva facilidad las filtraciones desde el exterior, y con ellas, dimitimos de la esencia personal; decía que la peor soledad es la de no saber estar con uno mismo. No resulta tarea fácil, el talante de un tenaz bregador es primordial; como lo fue él. ¿Olvidaremos esas pinceladas orientativas? ¿Las consideramos superfluas? El servilismo acecha ante señores de cara torva. ¿No vislumbra usted ninguno a su alrededor?
¿Vamos a deslizarnos por el tobogán de las percepciones propias, sin la debida atención a otras consideraciones? Aquel primer punto de orientación nacido de la intimidad, resulta insuficiente. Lo delatan las pruebas. Impulsos ciegos de terroristas, cegueras políticas interesadas, los tropezones diarios por las actividades atropelladas, aquejadas por la falta de unos horizontes mejor elaborados. Numerosos escritos de Ortega y Gasset nos suben a este nuevo escalón orientativo; la RAZÓN CRÍTICA en toda su pujanza, pero de máximas exigencias. Con su recomendación, vayamos al derribo de las estructuras supersticiosas, pero con claridad; descubramos a los embaucadores de cada actividad. Ideólogos de pocas ideas y escaso pensamiento, líderes sin proyectos, oráculos engolados desprovistos de conocimientos, o presuntos dibujantes de fachadas sin tabiques interiores ni espacios confortables; se juntan beatos y ateos en un conglomerado repulsivo. Demasiada organización, que no conduce a buenas perspectivas. Ortega relanza la idea del juego creativo personal y colectivo, idea un tanto descuidada por doquier. Unamuno tampoco quería conventos ni cuarteles mentales. Semejantes impulsos críticos debieron de hundirse en algún pozo evolutivo; necesitaremos zahorís competentes para reencontrarnos con sus influencias.
La felicidad hace perder la intrepidez, la misma placidez atempera los estímulos. Es preciso contar con el contraste ocasional. Sin embargo, las mejores luces escamotean su brillantez entre las dificultades; sobre todo, debido a la confusión de las palabras, imprecisas y deformadas, como nunca lo estuvieron. La dificultad para entenderse resulta lógica, nos debatimos en un galimatías ruidoso, tanto como inexpresivo; en eso hemos transformado la comunicación. La suma de razones como estas, nos apuran a rebelarnos contra el olvido de las palabras; a la reivindicación del mejor LENGUAJE, como vehículo insobornable de los contactos. Me gusta la relectura de Juan Ramón Jiménez, porque insistía en la petición de nombrar las cosas de manera adecuada. Reiteraba su preocupación, “Luego se fue vistiendo de no sé qué ropajes”, abogando por la autenticidad de la desnudez original en la expresión. Echa los ropajes extraños en su “mar ideal”, para mantener así su mar propio con toda el alma. Una alegoría perfecta de la versión personal imprescindible.
Para el mantenimiento de una actitud de sano inconformismo, revitalizante a pesar de los agotamientos; para eso, tampoco es necesaria una seriedad excesiva. Las alegrías del cuerpo y del espíritu son perfectamente compatibles con dicha rebelión. En consonancia con los olvidos mentados en el presente comentario, revivo los versos entrañables de Gloria Fuertes. “Los hombres no supieron / que hubo hombres que escribieron para ellos”. Es decir, sí surgieron mensajes en el devenir de las sucesivas generaciones. ¡Qué le vamos a hacer, si no se les tuvo en cuenta! Poetas y pensadores nos interpelaron. El HUMOR SOCARRÓN es otro recurso magnífico para la recomposición de la desmadejada tortilla social. De la inmensa poetisa española entresaco, como “Se le enredan los pies de su cienpiés ye-yé”, o como “Soy sólo una mujer…perdida entre tanto mangante”. ¿Despreciaremos también estos recursos graciosos para la protesta?
Recurro al siguiente punto de apoyo, porque se trata de una verdadera fuente de sugerencias es tupendas e ilimitadas. ¿También olvidadas? Gira en torno a la obra del inefable Eduardo Chillida. Los materiales y la tierra cobran un realce notorio en busca de las expresiones ilustrativas. Con especial énfasis en su conjugación de los espacios, en la disposición adoptada por las propias manos y la inmensa apertura sin trabas hacia los horizontes. Constituyen una proclamación de fe entusiasta en la persona, que parte de su UBICACIÓN en un determinado ámbito, raíces irrenunciables por otra parte, aunque se malinterpreten o se renuncie a ellas. Sin renuncias ni dominaciones, con disposición de ánimo y aplicación tenaz. Dicha ubicación lleva aparejado un determinado momento de la vida y una época concreta, un “presente” del que somos protagonistas responsables. Nos estimula con su artística enseñanza, para desenvolvernos a la “intemperie”, con abundantes preguntas, alguna afirmación, pero sin la pretensión de poseer las soluciones, “que quizá no existan”. Uno de sus aforismos resume el enfoque: “Yo no sé de razas ni de colores, sólo sé que la patria de todos los hombres es el horizonte”.
El PATETISMO adherido a los comportamientos que contemplamos con enorme reiteración, lo deducimos precisamente de ejemplos como los enunciados. Sí disponemos de razonamientos adecuados para una convivencia agradable; a las orientaciones referidas podríamos añadir un buen puñado de colosales colaboraciones. Esas existencias previas ponen en evidencia los olvidos patéticos. Penamos detrás de unos alardes tendenciosos que desprecian el auténtico progreso; mientras se practica un seguidismo necio de la frivolidad ambiental.
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