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La estirpe de los sabios
Parece que este verano, con poco más de una semana por delante, se va a despedir con buen tiempo
Aquí en Cantabria se sabe que septiembre suele ser, “cuando sopla el sur”, el mejor mes de los tres estivales. La extensa playa frente a la ciudad de Santander, al otro lado de la bahía, que extiende sus ocho kilómetros desde las pozas y roquedales que hay frente a la isla de Santa Marina hasta esa lengua de arena que llaman El Puntal, se halla hoy martes casi desierta. Es un contraste con el pasado fin de semana, cuando el bullicio del verano quiso hacer su penúltimo guiño antes de que el otoño traiga las primeras brumas matinales, las sirenas de los barcos nos sorprendan en la noche y los helechos de las veredas se vuelvan pardos. Persistirán los surferos y, desde luego, los que pasean con el perro cuando la marea está baja. Esas mareas vivas de septiembre, preludian, como las bandadas de ánades dirigiéndose al sur, un cambio de estación.
La Naturaleza nos enseña sin palabras; es una gran escuela de la vida donde nuestros antepasados aprendieron. Aquellos viejos del lugar que sabían predecir un cambio de tiempo por el modo nervioso en que de pronto se comportaban las moscas o por la manera en que se agrupaban las vacas en el prado, han ido desapareciendo. Sus hijos ya no aprendieron la lección; se ocuparon de cosas más urbanas y aquel saber intuitivo, directo, muy cercano al instinto, se fue perdiendo. En la era del GPS, ya casi nadie sabe guiarse por ciertos puntos de referencia. Es más: muy pocos, de este lado del mundo, saben cómo establecerlos. Incluso no creo que hoy se enseñe en la escuela la forma de interpretar un mapa de niveles, ni a emplear una brújula y a establecer la diferencia entre el norte magnético y el geográfico. Todos esos saberes, los que provienen de la tradición y los que no derivan directamente de la tecnología digital, no tienen papel alguno; aprenderlos (y aprehenderlos) se considera una pérdida de tiempo. Resulta más práctico comprar un aparatito que nos dé todas las coordenadas, que aprender a guiarse por las estrellas o por el grado de inclinación del sol y un simple reloj. Y, a fin de cuentas, no es muy probable que hoy, en Europa, nos perdamos por un bosque ni por un escarpado sendero de montaña: todo, como las bandejas de la pollería del supermercado, ha sido ya rotulado.
Me pregunto si todavía quedarán maestros de los que enseñaban “cosas diferentes”. No es que en mi tiempo de escolar abundaran; de hecho sólo vienen a mi memoria unos pocos nombres. Pero su influencia permanece en mí muy viva. Sería estereotipado decir que esos maestros (eludo a propósito la palabra “profesor”) influyeron en mí y en unos cuantos más en ser como somos y en haber elegido esta o aquella profesión; aunque, sin duda, contribuyeron a ello. Pero había algo más: la manera que tenían para contar las cosas era viva; nada tenía que ver con la letra muerta de los textos, despertaba la imaginación y lo que es más importante: las ganas de saber más.
Provenían aquellos maestros de la estirpe de los sabios; su misión era imbuir a sus discípulos de la pasión que da nombre a las cosas y hace que comprendamos cómo funcionan.
Por eso, cuanto menos se estimule la enseñanza de lo que realmente importa, cuanto más se impongan absurdas “hojas de ruta” y se obligue a nuestros hijos a ser semianalfabetos en tres idiomas, cuanto más se coarte la labor del maestro, con mayor satisfacción se frotarán las manos los que divulgan en el foro falsas verdades para sacar provecho a costa de nuestra desorientación. Si esto ocurre, el sofista le habrá ganado la partida –aunque nunca definitivamente- al sabio, el verdadero maestro de las cosas.
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