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Toros

Etiquetas:   Crónica taurina   -   Sección:   Toros

Que no se diga que esto se acaba

Ignacio de Cossío
Ignacio de Cossío
domingo, 10 de abril de 2005, 23:25 h (CET)
Desde la taurinísima Villa de Los Barrios y su espléndida III Feria de la Ruta del Toro llegábamos ilusionados a la tierra de Espartaco. Una plaza de toros nacía a los pies de su esfinge broncínea en el XX aniversario de su alternativa y nadie Espartinas faltó a la cita histórica del toreo. ¡Qué lujo y poderío tiene este municipio sevillano! Ante la adversidad que corre por estos tiempos para el planeta taurino, los andaluces se levantan en armas con más ferias y plazas que el resto del país como ejemplo de amor, fidelidad y memoria a su historia y cultura. Si es que los toros, como bien saben los espartineros, van más allá de la simple faena en el ruedo, forman parte indisoluble del alma y orgullo de las mejores virtudes de nuestra tierra española.

Silencio al terminar el paseillo, María Regla Jiménez alcaldesa por siempre de Espartinas, nos saluda desde su palco del cielo. La plaza vestida de gala para la ocasión, nos regala una bella imagen goyesca. En el ruedo toreros, picadores, banderilleros, alguacilillos y hasta los areneros rinden tributo al genial pintor maño. Suenan los clarines y Espartaco recibe por verónicas al negro “Planeta” herrado con el número 129. En el caballo el de Zalduendo mansea pero se deja hacer un quite, antes del glorioso y diplomático brindis tripartito en honor a su progenitor, la alcaldesa y a los tres mil aficionados que abarrotamos el pasado domingo los cómodos tendidos de la señora plaza de toros Espartinas. El toro mete bien la cara pero lanza al aire un aviso al final de cada muletazo y Espartaco docto en estas lides cambia de mano y le exprime una serie excepcionalmente templada, llena de mando y poderío. Tras el pinchazo, cruje el estaquillador en el pecho del maestro. Menos mal que no es nada y nada es la cosa, el estoconazo final recetado. Cómo premio dos orejas para engrosar el menudo y la caldereta que se nos avecina. Con el cuarto Juan lo ve claro por el pitón derecho y hace salir al ruedo para el brindis al nuevo Cayetano. ¡Mire usted joven, el toreo en redondo es esto mismo que voy a hacer!, le debió decir al novel espada. Y como lo ejecutó y culminó, que los tendidos saltaron como un resorte, aclamando el primer rabo. Nobleza obliga, maestro y usted ayer nos lo volvió enseñar con el suave compás de su muleta.

Francisco Rivera Ordóñez, pisa el acelerador y casi nos deja sin respiración. Dos largas cambiadas, otras tantas verónicas, rodilla en tierra, nos devuelven por un instante el recuerdo del todo poderoso expreso de Barbate y del más clásico toreo rondeño. Pero… un momento, ¿Qué sucede? ¡Tras! Nace la verónica más lenta, suave y templada que mis ojos vieron en este nuevo torero que parece ahora haber nacido. Gran toro y gran quite, si señor, así si. Luego con la muleta resultó ser otra cosa, faltó ligazón y no digamos con la espada. Siete pinchazos y dos descabellos, que no podrán borrar nunca aquella verónica majestuosa e imperial como diría del Moral. Con el quinto, el mejor del encierro, el cuento cambió del todo. Francisco con la suerte de frente recetó, tras una larga llena de casta rivereña a portagayola, cuatro verónicas que para mí quedan. Estuvo animado el sevillano, banderilleó con lucidez y supo darle al toro lo que al otro le faltó. A la fijeza, el humillar y recorrido del astado, Francisco puso el mando y la ligazón por fin. La espada no falló esta vez y con ella los máximos trofeos al toro y al torero.

Morante que no tuvo la mejor suerte con su lote, volvió a hacer el toreo del bueno y del caro. Nada de menudo y caldereta, el domingo también saboreamos las exquisitas rosquillas azucaradas de la verdadera tía Javiera, maestro Cañabate. Lo de este chico no es normal. ¡Cómo torea cuando esta inspirado!, parece volar sobre Espartinas con su muletita llena de gracia y duende marismeño. ¡No exagero, qué predisposición tiene desde su vuelta! Si en Olivenza sólo dejó destellos en Espartinas perfumó el aroma de trincherazos, kikirikís y hasta molinetes invertidos sentado en el costillar del toro, a lo Rafael El Gallo. No es normal, lo de este chico no lo es, pero ¡Con qué naturalidad sale andando de casi todas las suertes!, si parece que está cerrando despacito una puerta y bajando uno a uno, silenciosamente, los peldaños del zaguán de su casa. Por la izquierda el toro dice que no y Morante accede con la diestra para recetar dos series para enmarcar y un estoconazo lleno de muerte. Está claro que además de arte tiene valor, más incluso del que muchos le suponen. Hasta el sexto tuvimos que esperar para verle hacer aquellos naturales que parecían de pecho en un palmo de terreno. Las series con la diestra y siniestra, pasando por los acueductos cambios de mano, llenan el ambiente de jazmín que es el perfume de las flores. Con el toro manso como un cabestro en los caballos, bordó el toreo con gracia y hondura, como deben hacerse las cosas que llevan impregnado el sello de lo auténtico. Por cierto mató a recibir y a la primera como los toreros machos, así que a tomar nota más de uno que este vuelve por sus fueros.

FICHA TÉCNICA
Plaza de toros de Espartinas. Sábado 19 de marzo de 2005. Lleno hasta la bandera en mañana nublada y buena temperatura. Corrida Goyesca inaugural. Se lidiaron tres toros de Zalduendo (primero, tercero y quinto) y otros tantos de Juan Pedro Domecq (segundo, cuarto y sexto). Bien presentados y de juego noble aunque escasos de fuerzas en distinta graduación. Destacó el completísimo quinto por su bravura y nobleza, premiado con la vuelta al ruedo, al igual que el sexto que fue manso en el caballo.

Juan Antonio Ruiz Espartaco, de azul ultramar; dos orejas y dos orejas y rabo.

Francisco Rivera Ordóñez, de berenjena y azabache; ovación y dos orejas y rabo.

José Antonio Morante de la Puebla, de grana y azabache; dos orejas y dos orejas y rabo.

Incidencias: Rivera Ordóñez resultó lesionado en el tobillo

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