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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

El general descabalgado

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 21 de marzo de 2005, 01:39 h (CET)
“El General fue aquí un hombre muy odiado / pero aún sigue en la Plaza su enorme estatua ecuestre./Esto es algo indignante y no por su crueldad / sino porque él fue siempre un pésimo jinete”. Estos versos de José Agustín Goytisolo son una muestra de lo que muchos hemos pensado durante años y años cada vez que veíamos una estatua ecuestre del viejo dictador. Franco era un pésimo jinete, pocas veces se le vio a caballo, pero en su megalomanía se hizo esculpir a lomos de viejos percherones y la misma estatua iba multiplicándose en la geografía hispana: Madrid, Santander, Valencia. En las tres capitales estaba la misma estatua. Ahora, afortunadamente, ya sólo queda la de Santander y su alcalde, del PP por cierto, acaba de hacer unas declaraciones en las que ha indicado que,en cuanto remodelen la plaza donde ahora está situada,la estatua del percheron y el viejo general de los sellos de correos desaparecerá de la vista publica y será guardada en un museo donde sus fieles podrán ir a rendirle homenaje.

Durante la denominada “transición” las izquierdas hicieron muchas, tal vez demasiadas, concesiones. Aquí todo siguió igual, los viejos policías franquistas, torturadores de estudiantes y obreros, siguieron en su puesto, los funcionarios nombrados por meritos políticos pasaron de los viejos sindicatos verticales a otras instituciones del Estado y los generales que habían hecho la guerra como jóvenes lobos del nuevo régimen fascista seguían al frente del ejercito. Así que era muy difícil que los alcaldes democráticos nacidos en las elecciones de 1979 se atrevieran a retirar los símbolos franquistas de las vías públicas. En Valencia, cuando el alcalde Pérez Casado insinuó la posibilidad de retirar la estatua que presidía la plaza mayor de la ciudad recibió la contestación inmediata del general Milans del Bosch indicando que le avisasen de la retirada que él mandarria un piquete del ejercito. Ya sabemos que luego sacó los tanques a la calle para luchar contra la democracia. Y ahora, casi treinta años después, cuando se toman decisiones normales en cualquier país democrático el franquismo residual se revuelve cual perro rabioso. Deben ser los perros que ladraban su odio por las esquinas que auguraba el Sr. Aznar, o quizás son sus propios perros tristes, descabezados y sin líder que les guíe.

Aquellos que aplaudieron cuando hace dos años las tropas americanas derribaron la estatua de Sadam Hussein ahora se rasgan las vestiduras cuando desde el Gobierno, democráticamente elegido, se cumple una resolución tomada en el mes de Noviembre en el Parlamento en la que se insta a las autoridades a retirar los símbolos franquistas de las calles de España. No concibo ir paseando por Roma, Berlín o Moscú y tropezarme con estatuas de Hitler, Mussolini o Stalin.Pero por desgracia todavía cada mañana tengo que ver en la fachada de un colegio la “gallina” que adornó la bandera que se inventó Franco. El destino de los símbolos de todas las dictaduras es su desaparición al final de las mismas y los añorantes de viejos tiempos siempre tendrán un hueco en el Valle de los Caídos para ir a poner flores a los que fueron sus lideres. Mientras, el PP haría bien en no marear la perdiz y tomar ejemplo de lideres de su partido como Gallardón o Piqué, o el mismo alcalde de Santander. Quizás el Sr. Rajoy teme perder esos votos que le llegan por su extrema derecha, pero que no juegue con fuego ya que lo que puede perder,o no recuperar,son esos casi dos millones de votos verdaderamente centristas que son los que decantan las elecciones de uno u otro lado.Esta vez ha perdido una verdadera ocasión de demostrar que callar es de sabios.

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