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Etiquetas:   Con la mano en el corazón   -   Sección:   Opinión

Políticos

F.L. Chivite
Redacción
sábado, 19 de marzo de 2005, 22:39 h (CET)
Me hizo gracia leer el otro día (aunque también me dio qué pensar) la noticia de que Harold Pinter, uno de los autores de teatro más celebres del Reino Unido, iba a abandonar su oficio de dramaturgo para dedicarse única y exclusivamente a criticar a los políticos, esos seres. Una decisión, por lo menos, curiosa. Declaraba que la nueva forma de hacer política le parecía «muy preocupante». Y yo comparto el diagnóstico. La política siempre es preocupante porque todo lo que en ella se urde y se perpetra tiene consecuencias inmediatas en el llamado mundo real. Pero también creo que su nueva dedicación no va a diferir mucho de la anterior ya que los políticos se están convirtiendo a toda velocidad en personajes teatrales. Y creo que eso no puede ser nada bueno. De vez en cuando me pregunto: ¿Por qué, una persona normal, una persona inteligente y sensata, se mete en política? Y a renglón seguido empiezo a dudar de esa inteligencia y de esa sensatez.

Luego está, por supuesto, esa misteriosa vocación de servicio a la ciudadanía que algunos, los más sinceros, alegan sentir en el fondo de su corazón. Aunque a la vista del 'Informe Global de la Corrupción 2005' elaborado por Transparencia Internacional (TI) y presentado ayer mismo en Madrid, uno cae en la cuenta de que eso de la vocación de servicio a la ciudadanía puede tener interpretaciones muy raras y variadas. Por otro lado, los políticos de hoy en día están excesivamente condicionados por la presencia de las cámaras. Son conscientes de la gran importancia que para sus intereses tiene la imagen que proyectan. Y adoptan posturas y hacen mohínes para gustar. Miras a cualquier parte y ahí están: siempre aparece un político sonriendo, asintiendo, saludando con ademanes estudiados. Tratando de venderse. Los vemos demasiado. Nos los sabemos de memoria. Puede decirse que detectamos hasta los gestos que tratan de reprimir. Que adivinamos hasta las ambiciones que tratan de ocultar. A este respecto, Berlusconi es un pionero. Después del estiramiento de piel y el implante de pelo que se ha hecho, hay un elevado porcentaje de italianos que reconocen que ha ganado en capacidad de liderazgo. Me temo que pronto será un ejemplo a imitar. Aunque, si bien puede decirse que los políticos están mostrándose cada vez más zalameros y anhelantes, también es verdad que, quizá por eso mismo, como reacción a esa vehemencia publicitaria, cada vez nos sentimos más alejados de la política y tendemos a concederles menos importancia. Hay una empalagosa inflación de apariciones de políticos teatreros por todos los lados que trae como consecuencia una percepción superficial y una banalización de la política. Y eso es triste y peligroso.

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