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Fiestas de septiembvre

La verdad del Magníficat
Francisco Rodríguez
viernes, 9 de septiembre de 2011, 06:23 h (CET)
Cada mes de septiembre, en multitud de lugares de España que tienen por Patrona a la Virgen María, se celebran fiestas en su honor. Aunque haya mucha gente que abandonó las prácticas religiosas y viva instalado en la indiferencia, sigue sintiendo en el fondo de su alma una indudable atracción hacia la Virgen.

Sentí una inmensa tristeza cuando hace poco, oí a grupos de fanáticos anticristianos cantar y corear insultos a Santa María Virgen, a la que considero mi Madre desde que Jesús la entregó al apóstol Juan antes de expirar en la cruz.

Es chocante que, los que se confiesan ateos muestren su odio a Dios, a Cristo, a María y a la Iglesia con tanta violencia. Los que rechazan la religión, tachándola de embuste y mentira, no se conforman con mantenerse apartados de ella, sino que buscan, de forma fanática, la conversión de los creyentes al ateísmo, que se alza como una nueva religión dogmática e intolerante, que niega la libertad de los demás a vivir de acuerdo con su fe o, en el mejor de los casos, pretende expulsarnos de la vida pública y recluirnos en alguna clase de gueto.

El cántico de María, el Magníficat, que la Iglesia recita cada tarde a la hora de vísperas, en el cual se proclama la grandeza del Señor que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, fue cuestionado de forma provocativa por alguien que, sin duda, quería hacernos reflexionar diciendo que eso es mentira, ya que podemos ver como medran los poderosos y padecen los humildes, sin que el Señor haga nada. A primera vista podía parecer un argumento de peso, pero pensándolo despacio lo que dijo María es exacto.

Podemos ver que todos los poderosos terminan cayendo: su poderío no los libra de la muerte y otros caen derrocados por sus enemigos; no suelen ser recordados y muchos son execrados. En cambio los humildes, los que vivieron la humildad y desde su pequeñez se entregaron a los demás, son enaltecidos y recordados por siglos: desde la Virgen María, que se confesó esclava del Señor, Cristo se hizo carne en ella y todas las generaciones la felicitamos, a Francisco de Asís, Juan de Dios, Angelita de la Cruz, Leopoldo de Alpandeire, Teresa de Calcuta y tantos y tantos elevados a los altares, que gozan de la presencia de Dios eternamente.

Si el Hijo de Dios llegó a nosotros a través de María, el camino más corto para llegar a Jesús pasa por María. A pesar de la ola de indiferentismo y relativismo que parece rodearnos, estoy seguro que la poderosa intercesión de la Virgen no ha de faltarnos. Como dice una canción mariana “una madre no se cansa de esperar”. El rescoldo de piedad popular, de devoción mariana que, sin duda, existe entre nosotros, puede ser avivado si los cristianos nos entregamos con humildad a amar a los demás, incluso a los que nos insultan y amenazan con “quemarnos como en el 36”.

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