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Sin City: el triunfo de la cosmética Portland
Portland ha triunfado por aclamación al convertirse en la cosmética preferida de nuestra clase política
Nada como un rostro de hormigón armado para los tiempos que corren. Al menos, así parecen pensar nuestros amados dirigentes de la Sin City en que ha venido a dar España, este contubernio de personajes que parecen extraídos de un cómic suburbial y tenebroso donde no hay señoría buena, honesta, sincera, justa o, ni mucho menos, en quien se pueda confiar.
Más allá de que nuestros dirigentes en su conjunto han pervertido íntegramente la escala de valores morales o éticos naturales, convirtiendo legalmente en bueno lo que es deplorable, si bien contando con la decidida anuencia o la aparentemente renuencia de algunos partidos que estando en la oposición han hecho como Pilatos pero aceptando por bueno el resultado pues que no lo van a cambiar, y aun más allá de que han corrompido todas y cada una de las instituciones del país, incluida la Carta Magna, hoy desfilan estos personajes de pesadilla por nuestras calles como si tal cosa, luciendo sus espectaculares maquillajes Portland.
Por ejemplo, el PSOE puede, gracias a esta portentosa cosmética, jurar y requetejurar que es un partido de izquierdas a quien le interesan y mucho los trabajadores y los más humildes, casi al tiempo que sus dirigentes se ponen hasta el culo de mariscos y Beluga, viven como maharajás en mansiones despampanantes, disponen de chófer y autos de superlujo blindados, escolta y toda la parafernalia, se regalan gastos ilimitados, rara vez repiten el atuendo de estreno, se obsequian pensiones vitalicias por tener un morro que se lo pisan y de izquierda no les queda sino un discurso que no se lo cree ni sus santas madres. Y no sólo no se les despinta la sonrisa, por virtud de estos magníficos coadyuvantes de Portland para mantener los cutis tersos, sino que sostienen su vida de ricachones venidos a más –no pocos metiendo la mano en la caja o con concesiones o subvenciones para sí, sus empresas, las de sus niños o las de sus testaferros… sospechosas cuando menos, digamos- diciéndole al pueblo, a sus masas de trabajadores, que rojos como ellos, pocos y todos muertos. Y no se despeinan siquiera, oiga.
Ahí tienen al señor Guerra, el del exabrupto izquierdista y vida de sultán a costa del Erario, aquél cuyo hermano hizo lo que todos sabemos y los tribunales –sus tribunales de ellos- ignoraron, enseñándonos a ser inteligentes, que en su decir es votar izquierdas, lo mejor que se puede hacer no por la salud, el bienestar o los derechos que los trabajadores han perdido sólo y exclusivamente gracias al PSOE, sino porque le conviene y le conviene mucho poder seguir mamando de la teta patria y pegándose la buena vida. Una vida que no requiere más esfuerzo que largar de vez en cuando algún cuento para las masas de obedientes iletrados que consideran que ser de izquierdas es ampararse en un colorín colorado, y, cómo no, usar en público la cosmética que cubre todas las arrugas del alma: Portland.
O ahí está el expresidente Felipe González dando lecciones de cómo deben hacerse las cosas para que el país vaya adelante, sin sonrojarse siquiera por haber liquidado el tejido industrial español –causa de casi todos nuestros actuales males-, haber institucionalizado la corrupción, haber sentado las bases de las X que nunca se quisieron aclarar oficialmente con la cosa esa de los GAL, haber instaurado inter nos per semper los contratos-basura y los salarios-basura, la cultura-basura y la política-basura, y ahí le tienen, tan ricamente, cobrando un Potosí por largar sandeces, viviendo pared con pared con alguno de los mayores déspotas de nuestro tiempo y propuesto como sabio de Europa, porque ya hay que saber para hacer lo que hizo y seguir tan libérrimo como los santos pájaros. Y todo, todo, gracias a esa imagen estupenda que le proporcionan las cosméticas Portland.
O incluso ahí tienen a los dirigentes sindicales, viviendo en plan crucero de lujo por esos mundos de Dios o conversando en los mejores hoteles capitalinos, mientras sus huestes laborales se descuartizan entre el desempleo y el subempleo, los derechos laborales cayeron más hondo que las Marianas y pusieron a las masas trabajadoras entre las garras de la rapiña esclavista laboral, sin que a ellos se les note siquiera que se están descojonando por lo bajini. Otro milagro más de los ungüentos Portland. Un prodigio de la ciencia.
O consideren, por ejemplo al señor Rubalcaba -Alfredo para los adeptos-, el chico amarillo de esta Sin City de nuestros horrorosos pecados, quien a pesar de haber estado involucrado como protagonista bien principal en todos y cada uno de los desastres nacionales que han conducido a este sindiós en que vivimos, sin orden, sin derechos, con faisanes cantando y GALes en el recuerdo, coautor del desastre económico que padecemos, va por esos mundos de Dios dando lecciones de buenismo y política de altura, tal vez al mismo tiempo que apuñala a sus colegas, se monta una KGB tanto para los ciudadanos díscolos como para sus tronquetes de partido, controla Interior como un apéndice genital extirpado de su propia naturaleza, organiza 15Ms e Indignados, y mantiene pese a todo su espléndida sonrisa de Lenin redivivo, todo hepático y macilento, hermoseado por la extensa gama de los incomparables cosméticos Portland, los cuales le hacen parecer bajo los focos incluso un personaje normal que es capaz de pagar un tique de aparcamiento.
Y, en fin, pueden verse y comprobarse las ventajas inefables de esta milagrosa gama de pócimas, abéñulas y cosméticas en todo rincón y en los más principales personajes de esta Ciudad de Pecado en la que habitamos como personajes extras, como en las películas, o como borrones o sombras de este comic siniestro. Se pueden encontrar en los lúgubres semblantes de iletradas ministras lamedoras de conjunciones universales, en discriminadoras positivas de mucho empaque y ozú, en expresidentas de poco planchado, en ministras de Defensa pacifistas y, en fin, en la práctica totalidad de sus señorías, quienes viven en su propio Nuncajamás a cuerpo de rey, mientras piden a la población que comprendan que deben ser más míseros y tener menos futuro, porque tanto los recursos como las prebendas ya se las han repartido entre ellos, incluso poniéndose saunas y jacuzzis y traductores y todo eso en el Senado, o regalándose dispendios ante los que sus astronómicos salarios son apenas calderilla. Una ignominiosa labor de muchísimo esfuerzo que les costaría un Potosí fingir, e incluso es posible que los ciudadanos pudieran percibir las muecas de cachondeo que se dibujarían en los semblantes de sus señorías por decir lo que dicen, si no fuera gracias a esos maravillosos productos Portland, sin los cuales, ser político en España, sería una misión imposible. No sólo les hormigona el rostro y les endurece el morro como si fuera de piedra, sino que además les deja el semblante sonrosado como el culito de un recién nacido. Una panacea sólo al alcance quienes tienen poca o ninguna vergüenza y algún poder sobre los ciudadanos.
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