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Tags: Opinión · Luis del Palacio
Libros de historia





Luis del Palacio Luis del Palacio
miércoles, 7 de septiembre de 2011, 08:39
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Escribo esta columna cuando el curso escolar, casi paralelo al político, está a punto de comenzar. Los alumnos sueñan con unas vacaciones veraniegas que se harán esperar once meses y los padres, que nunca descansan, tendrán que habérselas con la “cuesta de septiembre”, mucho más dura que la de enero, para pagar uniformes, mochilas, ordenadores, colegios… y libros.

Cada septiembre, en esos programas de relleno con que las televisiones nos abruman, se nos habla, junto a esa ridiculez que llaman “síndrome posvacacional”, de los libros escolares y de cómo los padres no entienden que el manual de ciencias naturales, de inglés, de matemáticas, de literatura o de historia, con el cual estudió hace tres años el niño mayor ya no sirva para la hermana pequeña. Como si las “leyes de Euclides”, los “phrasal verbs” o los miembros de la Generación del 98 variaran de año en año, invalidando o haciendo obsoleto todo lo que se escribió sobre ello con anterioridad.

No así ocurre con los libros de historia; no sólo porque la historia se escriba día a día (la literatura también) sino porque esta materia está sujeta como ninguna otra a diferentes interpretaciones. Y el intérprete, como el traductor, da su versión de los hechos y los personajes y, con frecuencia, los manipula. Dos ejemplos: ya casi no quedan exegetas de Franco (con excepción de Pío Moa y algunos pocos más) cuando hace sólo tres décadas los autores que trataban su figura lo ensalzaban hasta el paroxismo (como en el NODO). Azaña, por su parte, personaje controvertido de nuestra historia aún reciente, goza en la actualidad de gran predicamento. Quizá no interesa recordar o, más exactamente, que se sepa toda la verdad sobre la Historia (ahora sí con mayúscula)

Hay personajes que, sin merecer ese título, se cuelan de rondón en las páginas de la Historia. Es inútil tratar de zafarse de ellos porque sin su presencia no se explicarían hechos que forman parte del presente. Un ejemplo a la inversa sucedió en el Antiguo Egipto cuando los sacerdotes de Amón, a las órdenes de Seti I y Ramsés II, trataron de borrar de la Historia a toda una dinastía (la XVIII) que, paradójicamente, había representado uno de los momentos de mayor esplendor de aquella cultura. No lo lograron, aunque sí dificultaron mucho la labor de los historiadores.

Dentro de treinta años, cuando a nadie le importe saber quién fue la “princesa del pueblo”, la figura de un ser irrelevante, efímero y dañino, será objeto de tesis doctorales y ensayos. Es más: formará parte –como Franco y Azaña- de nuestra propia historia. ¿Habrá expertos que le defiendan? Es de esperar que no; que su tributo por figurar en los libros de historia sea el desprecio de sus compatriotas. Pero nunca se sabe…

En esta casi “década ominosa” nuestro país ha sufrido el mayor retroceso de los últimos treinta o cuarenta años. El gobierno de “los iluminados” es el principal responsable de la ruina económica y de la crisis social en que nos encontramos. Pero estamos a punto de salir de un mal sueño. El próximo gobierno no será el “bálsamo de fierabrás” pero no hay que perder la esperanza de que enmiende los principales errores del que todavía padecemos.

Uno preferiría que en los libros de historia no aparecieran ciertas etapas y ciertos nombres; que se borraran de la memoria con la rapidez que lo hacen los sueños. Pero la tozudez de los hechos es lo que mejor nos hace comprender quiénes somos y dónde nos encontramos. Y esa es la gran lección de la Historia.

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