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¿El último día de trabajo?
WASHINGTON -- Superémoslo y rebauticemos el puente “Día del Capital”. Puede que aún celebremos el Día del Trabajo, pero nuestra cultura ha renunciado a distinguir al obrero como verdadero creador de riqueza y su honesta labor -- la frase suena arcaica en sí misma -- como algo digno de respeto genuino.
Imagine a un Republicano diciendo algo así: "La mano de obra es principal con respecto a e independiente del capital. El capital es solamente el fruto del trabajo, que nunca podría haber existido si la mano de obra no hubiera existido antes. El trabajo es superior al capital, y merece mucha mayor consideración".
Estas ideas heréticas despertarían el terror entre nuestros amigos de Fox News o el movimiento de protesta fiscal tea party. Probablemente serían tildadas de marxistas, socialistas o propaganda del estado nacionalizador. Una pena para Abraham Lincoln, nuestro primer presidente Republicano, que incluyó esas palabras en su mensaje anual al Congreso en 1861. ¿Se atreverá a decir algo así el Presidente Obama en su discurso del empleo esta semana?
En cuanto a los sindicatos, a menudo los medios les dispensan el trato de defensores de reglamentos laborales esotéricos, protectores de los ineficaces funcionarios públicos y obstáculos al crecimiento económico que nuestros audaces empresarios desatarían si se vieran liberados del reglamento laboral.
De forma que haría falta un valiente para señalar que los sindicatos "prosperaron de la lucha del trabajador -- trabajadores en general pero sobre todo peones industriales -- para proteger sus justos derechos frente a los patronos y los propietarios de los medios de producción", o para insistir en que "la experiencia de la historia enseña que las organizaciones de esta naturaleza son elementos indispensables de la vida en sociedad".
Eso es lo que dijo el Papa Juan Pablo II (la cursiva la puso él) en su encíclica de 1981 Laborem exercens. Como Lincoln, Juan Pablo afirma repetidamente "la prioridad de la mano de obra sobre el capital".
Que el lenguaje de Lincoln y de John Paul resulte tan ajeno a nuestra experiencia es un indicador de un monumental cambio ideológico. En cantidades importantes de formas distintas, retratamos a los inversores como los héroes y al trabajador como la atracción secundaria. Gravamos el fruto de la mano de obra con mayor vigor que los beneficios del capital -- la oposición a ampliar la rebaja de las retenciones en las nóminas es un ejemplo de manual -- y alejamos a un segundo plano al trabajador al tiempo que destinamos una atención generosa a los que se ganan la vida moviendo el dinero.
Piense que lo que los medios llaman información económica es sobre todo crónica financiera. Hubo un tiempo en el que un animado grupo de periodistas laboralistas cubrían la información del mundo del trabajo y los sindicatos. Si usted aduce que el declive de los sindicatos hace menos atractiva la vieja crónica laboral, todavía hay decenas de millones de trabajadores que desempeñan su labor a diario. Pero cuando el pulso sindical se marchita, pocas veces es reemplazado por el ritmo del trabajo. Los trabajadores han desaparecido.
Pero ahora nos inundan las noticias (y las "noticias") del mundo del capital. La CNBC y el resto de medios financieros son a los inversores lo que la cadena deportiva ESPN a los aficionados a los deportes. Jaleamos a los mercados, aprendemos el arcano idioma de los gestores de los fondos de inversión y reconocemos a algunos de los grandes inversores en entrevistas que no tocan los temas del momento. Los trabajadores son considerados factores de producción. A lo sumo son consumidores; en el peor de los casos, constituyen "costes laborales" que recortan los beneficios y la sagrada cotización de la empresa en bolsa.
También se han evaporado tanto de la cultura popular como de la élite. ¿Puede señalar a alguien "que haga arte de la vida de la clase obrera sin embellecerla"?
La fórmula está sacada de un ensayo de 2006 del crítico William Deresiewicz, que observaba que hemos dejado de tener unos cuantos novelistas como John Steinbeck o como John Dos Passos, que toman en serio la vida de la clase trabajadora. Tampoco tenemos programas de televisión en la línea de la comedia de situación de los 50 "La Pareja Feliz" o "Todo queda en casa", que eran parodias de una variante amable. "Primero dejamos de reparar en los miembros de la clase obrera", escribía Deresiewicz, "y ahora estamos convencidos de que no existen".
En su extraordinario libro "Tirando: la década de los 70 y los últimos días de la clase trabajadora", Jefferson Cowie habla de lo poco que identificamos a la clase obrera con su trabajo. "El trabajador reaparece puntualmente en el discurso público como 'Demócratas Reagan' -- más tarde como los 'padres de las carreras de la NASCAR'", escribía, "o como la víctima de otro expediente de regulación en alguna fábrica o como el manifestante contra el libre comercio o el proteccionista irracional, pero pocas veces aparece como trabajador".
Con el trabajador desaparecido de nuestros medios y de nuestra consciencia, ¿no es sólo cuestión de tiempo que el Día del Trabajo se caiga del calendario? Mientras esté allí, nuestra fría indiferencia al heroísmo de los que acuden a trabajar a diario debería de avergonzarnos.
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