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Opinión
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Teatro, pantallas

Marta Santos
Redacción
sábado, 19 de marzo de 2005, 02:18 h (CET)
Se fallaron el lunes los premios Max de teatro y no hubo sorpresa, porque la adaptación de Alonso de Santos de 'Yo, Claudio' ganó por goleada. La obra se estrenó en Madrid el pasado otoño y para conseguir entrada había que hacer turno de ruegos y preguntas.

Este párrafo vale como entremés para hablar de lo que más me sorprendió de la obra premiada y que empieza a constituir moda en algunas representaciones de campanillas: la instalación en el Albéniz de unas pantallas estratégicamente repartidas para que el público pudiera apreciar los gestos de Claudio/Alterio en primer plano. Yo es que para esto del teatro soy bastante carca y me gusta que me lo den a la antigua: que se vea la luz, los movimientos de los cuerpos y la distribución de los elementos en escena. Ahora, sin embargo, estamos excesivamente acostumbrados al cine y nos parece que si no vemos la cara que pone Claudio mientras cojea, nos perdemos la información. Estamos acostumbrados al 'cute-pasteo' cinematográfico, a la sucesión de planos variados, a tener el ojo entretenido viendo ahora una pata de trono, ahora la boca de un emperador y eso hace que, algunos, se aburran en el teatro. Un profesor diría que 'no tienen educada la mirada', una frase perfectamente teatral, muy audible.

Algunos dirán que es bueno poner pantallas en los teatros porque, al fin, se incorporan elementos de otros géneros. A mí me parece que una cosa es meterle a la obra efectos especiales o diapositivas, que se integran en el texto y en paz, y otra muy distinta cambiar los asuntos esenciales de ese género, como la manera de mirar. Con esto del 'chinchimpum' televisivo, tenemos el ojo atocinado, nos gusta que la pantalla nos lo dé todo cocido y masticado, de modo que el público ya sólo mira lo que se menea y nos quedamos roncando delante de un cuadro o una representación. Si usted se fija en el público de los mimos callejeros, verá que no están atentos a su quietud sino todo lo contrario: al gato drogado que bosteza en el hombro, a que al tipo se le mueve la silla, a que parpadea y ofrece una flor. A que cambia de plano, vamos, porque en la cultura audiovisual la inmovilidad es sospechosa.

Personalmente, me gusta el teatro porque tiene poco que ver con el cine y el cine, porque tiene poco que ver con el teatro. Así que poner pantallas en los teatros me parece tan apropiado como si en un cine saliese de un lateral un coro en túnica y sandalias que cantase la banda sonora de la película.

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