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Tags: Opinión · Disyuntivas · Rafael Pérez Ortolá
Identidades ingenuas


Las quejas forman parte de la carga cotidiana


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
domingo, 4 de septiembre de 2011, 00:00
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Los alardes presuntuosos con respecto a la identidad personal son frecuentes, de manera especial en los períodos previos a unas elecciones. Quien mucho presume de algo, descubre gran parte de sus carencias. ¿Hacia qué fijación encaminamos cada identidad particular? Si la aislamos en una ideología, en esa medida, estarán aminoradas la ideas de cada sujeto.

Al fijarla en un territorio, queda amputada su relación con las influencias foráneas. Ocurre algo parecido con las religiones, las creencias vitales del individuo permanecerán adormecidas si dominan las normas o los dogmatismos. Y así sucesivamente. A una mayor potencia de las estructuras, las personas quedan relegadas a un segundo término, cuando no a un tercero, o incluso a los últimos lugares. La identidad es frágil en su PERFIL dinámico.

Sin entrar en disquisiciones demasiado complejas, nos hemos metido de lleno en una exageración deformante de las relaciones; a la que nos vemos abocados para la toma de decisiones. Hemos fraguado un ÁMBITO DEMOCRÁTICO un tanto chirriante. Este ángulo identitario se distorsiona por los disparates asociados, dos de ellos sobre todo. Sabemos que los sectores sociales, por su pluralidad, requieren del recuento de las diferentes opiniones, como es lógico; pero basados también en la claridad y suficiencia informativa, la receptividad hacia las necesidades de los ciudadanos y una relación cercana a las minorías. Esa democracia confiada, cruje, porque se saltan sus propiedades fundamentales. El otro disparate actúa centrado en la pretendida aplicación de unos números democráticos para acotar conceptos que no derivan de la democracia en ningún sentido; un descubrimiento científico, la conciencia de las personas, la vida o la muerte, forman parte de realidades independientes por su propia esencia, no dependen de la captación de votos. Lo que hagan los gestores y políticos, sí que forma parte de esa identidad social participativa, precisamente donde fallan, por los numerosos deslices, pasividades, o actividades perniciosas, lo que aún empeora las cosas. No es lo mismo la ilusión por el funcionnamiento democrático, que una democracia conformada por ilusos.

Las quejas forman parte de la carga cotidiana, le desahogan a uno sin mayores exigencias ni esfuerzos; acentuadas también porque las frustraciones e insatisfacciones menudean. Si no pasamos de la queja a otra forma de razonamientos con una mayor implicación personal; podríamos pensar que disfrutamos con dicha situación. Lo cual me retrotrae a la advertencia del proverbio chino: “Si no cambiamos de dirección es probable que acabemos llegando exactamente adonde nos dirigíamos”. ¿Intuimos la meta a la que vamos veloces y derechitos? La identidad mostrada en ese trayecto y a la llegada, la podremos definir de un modo muy sencillo, la de estrictos PRACTICONES, sin una complicación de más en sus reflexiones, sometidos al discurso ramplón de sus vidas. Trataremos con una identidad poco llamativa. Si hurgamos en ella, no aparecen caracteres de fundamento, disponen de muy pocos “atributos”; por lo tanto, perfilan una identidad de la que esperaremos escasa colaboración. A lo sumo, perseguirán un hedonismo cómodo, ligado al menor esfuerzo posible. Algún criterio manejarán, pero domina con amplitud el efecto remolque de cada situación práctica; los criterios tienen su permanencia localizada en recintos recónditos, apenas aparecen esporádicamente.

El comienzo de las frustraciones bebe de diversas fuentes; la crítica actualidad de los valores para la convivencia, las penurias económicas y un cierto desequilibrio de las mentes, disputan los primeros puestos. Sea una la causa originaria o todas juntas, el número de sujetos frustrados incrementa su número. Como resultado, la dejadez reinante motivó que los criterios perdieran su frescura, y con ella la mayor parte de su contenido; los ciudadanos notan la falta de base para su funcionamiento. Desasistidos y confusos para atender los retos sucesivos. ¿Acaso las carencias mencionadas provocarán un hundimiento de las iniciativas, una progresiva paralización de las actividades? No parece ser esta la tendencia, antes al contrario; cuanto menos razones fundadas, ante la ausencia de criterios sólidos, es la hiperactividad quien pasa a monopolizar las conductas. Frente a las dificultades cobra fuerza la identidad ESCURRIDIZA, como una suerte de escapatorio rápida, como un alto a un vacío en el que no existen horizontes prometedores. En vez de una pausa para la oportuna reflexión, el ajetreo sirve de droga favorecedora del olvido, las carencias permanecen encubiertas. Son maneras de ser, comportamientos, muy del gusto de los gestores sociales; así, la falta de criterios opositores deja el campo expedito para sus tramas.

La disconformidad es un estado de ánimo muy natural. Forma parte del juego por el que avanzamos en los conocimientos, dispara el afán de superación. La lucha por el progreso cuenta con el contraste de lo incómodo. Lleva aparejado el buen juicio para las valoraciones, precisa la distinción entre realidades pertinentes y las que representan inconvenientes. La permanencia en un inconformismo estricto, sin ir más allá, se fija en una fase pasiva. La participación en las reformas requeridas plantea un segundo paso coherente, activo y adecuado. En consecuencia, destaca la posición de quienes suelen quedarse en la primera fase, en la exclusiva actitud de protesta, los CONTESTATARIOS sistemáticos, identificados con ese anclaje en el inconformismo inicial. Las soluciones y los esfuerzos, los demandan al resto de la sociedad. ¿Estarán de acuerdo las demás personas en satisfacerles aquellas pretensiones? Las propuestas constructivas no emergen de la contestación vociferante por arte mágico. La ingenuidad de su reclamo esconde con frecuencia otras artimañas menos presentables.

En muchas ocasiones acogemos la fijación de unos conceptos para reforzar una posición, sin apercibirnos del frecuente efecto contrario conseguido por ese medio, A poco que nos fijemos, ocurre así con la proclamación de una identidad. Caemos de lleno en la figura de la identidad paradójica; porque en cuanto aumentemos el énfasis para su defensa, o nos ponemos enérgicos para definirnos de una personalidad concreta, es cuando más nos identificamos con la ENAJENACIÓN. Y eso, en los planteamientos individuales, pero también con los colectivos. ¿En qué baso esta afirmación? En 4 factores muy activos y determinantes. La forma de ser que propongamos, varía según el grado de observación a que estemos sometidos, público, privado, e incluso, que lo creamos así sin que en realidad seamos vistos. Otro factor radica en las desigualdades, no existen dos sujetos idénticos y los talantes son diferentes para cada momento. Las influencias recibidas son cambiantes y variadas, difícilmente actuaremos bajo las mismas circunstancias. Citaré otro cuarto factor, el carácter efímero de nuestras obras. ¿Alguién pretenderá que su obra de hoy representará lo mismo mañana? Sólo con estas cuatro aproximaciones, queda patente la idea, ante la fuerza puesta en una identidad, sospechemos; porque la alienación y la neurosis infiltrarán sus agentes con mayor facilidad. El instante es dinámico, no permite grandes ilusiones de fijación.

Cada momento nos pide una gestión diferenciada. La abdicación de los indecisos o de los excesivamente confiados, apenas sirve de nada. El distanciamiento provocado por una u otras razones secuestra nuestro protagonismo. Progresivamente entraríamos en una actuación deprimente, alcanzando la aniquilación de la personalidad en los individuos indolentes.

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