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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Usura y banca

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 17 de marzo de 2005, 23:24 h (CET)
A los chicos de mi generación nuestra madres siempre nos decían que estudiáramos bien los números ya que eso nos podría llevar a trabajar en un banco. En aquellos momentos, principios de los años sesenta, el trabajar en una entidad bancaria era una garantía de futuro y de ir siempre con las manos y el traje limpio. Mientras nuestros padres llegaban cada noche a casa agotados de trabajar en el taller o en la obra en construcción y con las ropas y el cuerpo sucio, nosotros seriamos unos privilegiados que trabajaríamos sin tener ningún tipo de contacto con la sucia grasa o el pegajoso cemento. Pero todo era una mentira, llegaron los tiempos de la reconversión y hoy aquellos de nuestros compañeros de pupitre que fueron buenos chicos y obedecieron a sus madres llegando a ser hasta directores de sucursal, vulgo oficialillos de segunda administrativos según el convenio colectivo sindical del sector, son unos prejubilados, eso si de lujo, vagueando por calles y alamedas de las grandes ciudades.

Y es que el negocio de la banca no se casa con nadie. Ni siquiera con sus mejores empleados, aquellos que han ofrendado a la entidad los mejores años de su vida y que, en muchas ocasiones, han preferido el frío mostrador de la sucursal bancaria al cálido y acogedor hogar, eso si, pagado con la hipoteca concedida por el mismo banco que les empleaba. Y claro si la entidad bancaria no tiene la mínima distinción con aquellos que han dejado algo más que el sudor de su frente entre sus frías paredes no podemos pedirle que sea complaciente con los clientes.

Hasta ahora estábamos acostumbrados a que los bancos nos atracaran mediante las hipotecas y despojaran a aquellos que, por circunstancias de la vida, no podían hacer frente a los abusivos gastos de las mismas, de su vivienda dejándoles en plena calle. Pero ahora hemos llegado al punto de ser atracados, casi a punta de navaja, en cualquier movimiento bancario que efectuemos. Es conocido que las empresas suministradoras de servicios, luz, agua, gas y teléfono, sin saber en qué ley se amparan nos obligan a tener una cuenta bancaria para pagar mensualmente sus recibos. Esta domiciliación bancaria tan sólo produce beneficios a dos partes, a la entidad bancaria y a la entidad suministradora del servicio. El sufrido ciudadano se encuentra desamparado ante este hecho y no tiene más remedio si quiere tener en casa cualquiera de estos servicios básicos que mantener una cuenta corriente bancaria donde le sean cargados los recibos. Por este hecho, navaja en mano la entidad bancaria le cobrará cada mes una cantidad que en la mayoría de los casos se aproxima o sobrepasa los dos euros.

Antes los bancos, ya lo dije, nos atracaban a gran escala, con las hipotecas. Ahora han descendido al nivel de los asaltantes de cajeros automáticos y en vez de utilizar la navaja como esos pobres marginados utilizan las disposiciones legales y, mes a mes, van robándonos de nuestra cuenta los pocos euros de los que disponemos sin que los poderes políticos se atrevan a poner coto a esta asalto cotidiano. Si el poder político, sea del color que sea, ha puesto firmes y en vereda a instituciones tan poderosas como la Iglesia y el Ejercito a qué están esperando para meter mano a la Banca. Quizás todo sea debido a aquel adagio latino del “doy para que des”. Es decir, yo, en época electoral, te daré créditos que nunca te reclamaré y tú, si mandas o eres oposición, nunca regularizarás mis pequeños expolios a los clientes. Y yo me pregunto ¿qué pasaría si algún día todos dejáramos de tener cuentas corrientes y devolviéramos los recibos de las entidades de servicios? Quizás seria una buena solución.

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