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Etiquetas:   Un día menos   -   Sección:   Opinión

Una raza llamada vecinos

Juan Antonio Hurtado
Redacción
miércoles, 16 de marzo de 2005, 23:55 h (CET)
Los jóvenes algún día salen de casa, salen a buscarse la vida, se emancipan. Esta idea les atrae mucho, pues se quitan de encima la súper protección ejercida durante años por sus padres, empiezan a realizar sus grandes sueños y noches de fiesta exageradas a mas no poder. Los jóvenes empiezan a previsualizar en su mente una vida perfecta, sin padres, con mucha fiesta, alcohol, drogas y noches desenfrenadas con los amigos de piso, es una idea que le atrae a todo el mundo. Lo malo empieza cuando te das cuenta de que no estas solo.

Llegas al piso, ves la fachada y se te enciende una bonita medio sonrisa, es un buen barrio, a medida que entras y ves que el portal esta inmaculado, el ascensor es automático y nuevo. Cuando entras a la que será tu nueva casa, ves que es grande, luminosa, es decir, una buena casa, y aunque no lo sea, es la tuya, ya partir de ahora será la principal espectadora de tus juergas y fechorías nocturnas, será donde crees un mundo social rodeado de gente desfasada. Todo va bien, te has librado de la cárcel que existía en tu casa, con tus padres controlándote cada día, registrando los cajones, oliendo la ropa sucia y quien sabe que cosas más. Si te das cuenta de que tus padres te espían, suelen soltar la ya archiconocida excusa de “lo hago para saber de ti y protegerte, por tu bien” ¡Y una mierda! Pensamos cuñado lo están explicando, todos sabemos que es actitud es típica de los padres y lo hacen porque no confían en sus hijos, porque ellos una vez fueron niños y saben como esta el mundo.

Es cuando llegas a casa y vives en ella durante unos meses, te das cuenta de que existe un individuo sin rostro y con muchos, que inunda los ascensores, tiende por los patios de luz la ropa mojada que chorrea en la tuya ya seca, escuchas música a altas horas de la noche, te mira con ojos sospechosos al estilo asiático, te hace preguntas absurdas y obvias, indaga en tu vida personal y da palmadas en la pared de tu habitación cuando pro arte de magia logras hacer que una noche los muelles de tu cama chirríen después de un largo periodo de abstinencia, estos individuos se llaman vecinos.

Los vecinos son esos personajillos que preguntan al portero quien es el nuevo, para comprobar entre todos de que no hace ruido, es buena persona, no pega tirones de bolso en el metro, no lleva ropas raras y no tiene un perro parecido a un león que supuestamente suelta pelos en el ascensor que pueden interferir para que el periodo temporal de la alergia llegue antes mientras también deja reluciente el mármol del ascensor con su fétido pis que puede incrustarse al cabo de unas horas en la suela de tu zapato que posiblemente ensuciara el portal de la gran comunidad de vecinos, la cual estaba recién pulida por unos profesionales que habían recibido la remuneración adecuada.

Estos son los vecinos, los odiosos vecinos que te amargan la existencia, cuando tú tan solos quieres vivir tu vida, ser joven y disfrutar de ello. Parece que quizás no recuerdan cuando ellos eran jóvenes, o quizás si lo hacen pero se han dado cuenta de que no disfrutaron tanto como nosotros, y se sientan envidiosos porque no tuvieron esa oportunidad.

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