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Opinión
· Tribuna de opinión
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| Rafael Amor |
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Cuando en su ya lejana infancia le regalaron su primera guitarra, seguramente sus padres no pensaron que aquellas cuerdas tensarían el alma de su hijo y aquella madera se alearía con su carne para siempre. Los primeros acordes que templó fueron una vibración que engendró emociones universales en su alma, que trepó a la garganta y que saltó al mundo desde sus labios con forma de canción, de melódico sueño o de utopía. Lo demás vino solo, porque no había elegido ser cantor o cantautor, sino que la poesía y la música le habían elegido, borrándole su nombre y convirtiéndole en lo que es: Rafael Amor.
Décadas, muchas décadas han transcurrido desde aquella su primera caricia a aquella guitarra. Algunas, lo fueron de éxito y licor, de amor y amigos…; otras, lo fueron de dolor, de traiciones, de esperas…; y otras, de transición desde él hacia sí mismo, en una evolución que le fue manchando con las suciedades de la vida la íntima camiseta de su alma: su manchita de cariño y su lágrima de desengaño, la del alegre vino de los amigos, la de la papilla de la ternura por el hijo que desborda los brazos, la de la sangre del amigo asesinado, la de la grasa de la traición, la de la sombra del amor perdido y la de la luz del amor encontrado. Su vida puede leerse –sentirse, diría- por las manchas de su camiseta, hechas son y verso en esa forma tan personal e íntima que le hizo ser el único cantor rapsoda de su propia aventura.
Hubo días de fama y aplauso, de cámaras televisivas, de micrófonos abiertos en las radios y entrevistas en la prensa; pero, después de la llegada de la democracia, el Sistema que anulaba personalidades y las convertía en nada más que personajes le quiso hacer el Demis Roussos de la canción de autor que, además, protestaba, y dijo que no, que su alma quería pacer en otras pasturas, que se dirigía a quienes querían no sólo escuchar una canción, sino también sentirla y, con ella, a sus semejantes. Y se quedó atrás, en el anonimato, que no en el silencio, mientras sus contemporáneos, con muchos menos méritos, escalaban los hit-parades de la fortuna y la fama. No importaba, porque ya había alumbrado al mundo a Laura, aquella Cristina que usaba “Cintas amarillas” para atar sus coletas en los lejanos días de la escuela, ya los desheredados sabían gritar que “No me llames extranjero”, “El perro cojo” había ido dejando un rastro de estrellas en casi todas las almas sensibles, había hecho los más memorables funerales a “La niña negra”, nos había prometido que en cualquier circunstancia “Yo seré tu compañero”, había acompañado en su dolor inextinguible a “La Madre de Mayo” en “Ausencia” y nos había referido las corduras de “El loco de la vía”. Demasiado Rafael Amor como poder ser enterrarlo en el anonimato…, ya no cuento en el silencio.
Rafael Amor es el hombre feo que es el más hermoso de los hombres que he conocido, y tal vez el que más y mejor ha sido capaz de dimensionar la palabra amigo, honrándola. Porque Rafael, Rafa, es amigo de sus amigos, del asado, del buen trago, de la confidencia y la risa. Bueno para conversar, bueno para sintetizar muchas cosas en solo verso, bueno para poner una razón de cordura en el desconcierto y para dibujar una caricia sobre la herida. No; no es un lindo dondiego, pero tiene el alma más luminosa y pura de cuantas he tenido cerca, y he estado muy cerca de muchas almas.
Hoy, Rafael, no figura en los hit-parades porque las emociones más nobles jamás fueron multitudinarias, y canta con su voz de trueno a la intimidad más humana, llama a los corazones sacudiéndolos o acariciándolos con su son y su verso, casi a partes a iguales. Los más famosos, que no los más grandes, tomaron sus canciones y las difundieron, recibiendo por él los aplausos, al igual que aquellos antiguos camaradas que le dejaron de lado cuando no renunció a su ser por la fama y se entregaron a la concupiscencia de la SGAE y a un presente de vacío y nada, acaso también sin ayer, porque su pretérito fue una farsa.
A veces, como esta pasada semana, viene a Madrid y canta. Algunos amigos, cada vez menos porque la edad causa estragos, fielmente vamos para aplaudirle, para sentirle, para saber cómo le trató la vida en los últimos meses o cómo le fue en ese permanente vagabundeo de linyera cantor que le esclaviza, porque los artistas no tienen la jubilación de los infames políticos que nos gobiernan y su presente es toda su vida, pues que cada día se construyen y edifican y cada día han de defender su pan, su agua y su cobija. Cada vez que viene, efectivamente, los amigos somos menos y más mayores; pero somos más amigos y mucho más sabios, y por eso le elegimos. Buenos frutos nos ha ofrecido la vida a unos u otros, y, tal vez porque lo sabemos, siempre que Rafa vuelve, hacemos un hueco en nuestra agenda, nos olvidamos de nuestra edad, nos ponemos nuestros yines y nos vamos a Galileo para tener junto a Rafa, como poco, cien años menos, porque es el portavoz de una edad que ha sabido mantener intacta la primera inocencia de aquella madera muerta y aquellos alambres que él supo convertir en aire libre y madera viva, su madera. No reniega el árbol de su flor por sencilla que sea, y Rafael Amor es una de las más hermosas flores del árbol de nuestro tiempo.
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