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Tags: Opinión · Buñuelos de viento · Pedro de Hoyos
Prohibida la entrada en esta columna a menores de edad


Algunos padres ineptos desconocen las más elementales normas de comportamiento cívico

Analfabetos sociales a los que nunca sus padres osaron poner freno pueden terminar fácilmente con una reunión de rudos legionarios beodos



Pedro de Hoyos Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
lunes, 29 de agosto de 2011, 08:56
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No se equivoquen, no es que vaya a convertir esta columna en un conjunto de relatos eróticos, el titular que acaban ustedes de leer es una manera de solidarizarme con la cafetería de Bilbao que ha prohibido el acceso de menores incluso acompañados de adultos. Yo firmo, me sumo a la cívica iniciativa y cualquier siglo de estos me dejo caer por Bilbao para encargar una cena para cincuenta en ese local. Mi aplauso.

Incluso parece que no es sólo una cafetería, que hay más de una en la que el dueño, saturado de niños, harto ya de estar harto, ha tomado similar decisión: Que los niños se queden fuera, como los fumadores, para no molestar a los clientes que quieren beberse su cafelito o su chiquito en santa paz y tranquilidad.

La culpa es de los padres, claro, que son los adultos y supuestamente responsables de tanto niño cabrón, malcriado, maleducado y consentido. A los que había que expulsar del bar es a los padres y luego a las angelicales criaturas enviarlas a un reformatorio o a una academia militar norteamericana. O simplemente a la Legión. Hemos pasado de una sociedad autoritaria, donde la voz del padre era indiscutible, a una sociedad acomplejada en la que la opinión del infante es ley a la que los progenitores, maestros y toda autoridad en general deben someterse “pa que no se me traumatice el pobrecico”.

Quizá esos padres sean simplemente una minoría, pero parecen hordas que llenan la inmensidad del horizonte del uno al otro confín. Los padres desequilibrados, insensatos y descabezados que hacen de sus hijos unos dictadores estalinianos son legión. Según mi experiencia hay un número inacabable de padres soplapollas que permiten a sus niños subirse a las mesas y tirarse en plancha, a voz en grito y con un puñal en la boca, sobre el pobre cliente que eligió en mala hora tomarse un tinto con gas en el bar donde el cabestro del padre ha soltado a su hijo asilvestrado, olvidándose de que está viviendo en sociedad, todo porque “mi pobre hijo tiene derecho a ello, es que usted es un fascista intolerante que no comprende cómo son los niños”.

Lo que es difícil de comprender es cómo son de ineptos algunos padres que desconocen las más elementales normas de comportamiento cívico, que son incapaces de trasmitir educación y respeto a sus hijos. He tenido últimamente catastróficas experiencias en restaurantes debido a salvajes trogloditas de cuatro a siete años, abandonados por sus padres y supuestos responsables en medio de una sala abarrotada de comensales dispuestos a pagar una fortuna por unas trufas de morcilla con revuelto de almendras acompañadas de vino de la ribera del Duero. O en la tasca de enfrente atacando dos huevos fritos con patatas, qué más dará.

Analfabetos sociales a los que nunca sus padres osaron poner freno de ningún tipo pueden terminar fácilmente con una reunión de rudos legionarios beodos a base de correr entre ellos, saltar, vociferar ellos solitos como todo el Bernabéu cuando Ronaldo mete un gol, tirarse por los suelos, romper copas y desplazar mesas de servicio. Digo yo que con la de campo que hay con el que no ha podido acabar la burbuja inmobiliaria esa por qué no los dejan sueltos en un páramo. Recientemente en pueblos de León y Palencia los lobos han atacado rebaños de ganado. Hay quien ha propuesto a la Junta la posibilidad de organizar batidas controladas para disminuir el número de alimañas. Yo sugiero soltar en el monte a media docena de estos chavales cinco minutos cada mes: Acabarán “ipsofácticamente” con tales fieras.

Es normal que estos bares pretendan atender mejor a sus mejores clientes librándose de elementos indeseables, facinerosos o perturbadores de la paz social en sus bares, cafeterías y restaurantes. El bar siempre ha sido el refugio del ciudadano atrapado entre la responsabilidad del trabajo y la llamada selvática de la compañera sentimental (Iba a poner “esposa”, pero eso ya no se lleva, viva la modernidad) y si dejamos que los niños campen por estos lugares como el Cid ¿qué le queda al aterrorizado ciudadano de bien? ¿Qué se puede hacer cuando un padre es incapaz de controlar el lloro, las voces o los golpes de su retoño? Mandarlos a ambos a tomar. El fresco, por ejemplo. U otra cosa.

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