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Opinión
Etiquetas:   Algo más que palabras  

Demasiadas cosas que no encajan

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
miércoles, 16 de marzo de 2005, 01:05 h (CET)
Podemos tener todas las palabras y los lenguajes, hablar en mil lenguas y recitar de memoria las leyes siderales, pero la poesía sin alma, paladeada en los labios de la vida, es como una patria expatriada del alfabeto vivo. Nos cuesta ordenar los días con sus ideas, los únicos que escriben a corazón abierto. Todo lo mezclamos en este mundo de ilustrados analfabetos. Pocos pintan en colores transparentes, en autenticidad y lucidez. Entre otras cosas, porque le interceptamos las fonéticas y tupimos las éticas. La verdad siempre cierra puertas, lo que las abre es la superficialidad, la percha (sea macho o hembra) y la pasta (sea en metálico o en especie). Nos pueden los despropósitos y la escasez de propósitos de enmienda. Realmente tengo miedo de los cachorros loberos criados, recreados en las sombras. Nos circundan demasiadas cosas que no encajan, como la de ser violento para ser algo, plantar cara en vez de corazón, planear desconcierto y hablar de alianzas. Esto es un circo difícil de consensuar, de dominadores y dominados. ¡Qué dolor!

Entre lo que se ve y lo que se va sin resolver por falta de tino en el orden de las palabras y de tono, cuando se toma la palabra, la ternura tampoco crece ni en las rosas. Las revueltas, movidas por trepadoras víboras que se tragan las conjugaciones de los verbos, dan vértigo. La moderación brilla por su ausencia en todos los índices de la vida, incluido claro está, el de precios al consumo. La desmedida nos ha desordenado y ordenado a su antojo. Funciona la zancadilla. Por poner un ejemplo, el ser humano antes que humano es una cosa, nada prioritario entre las prioridades, al medir aptitudes que son un caso. Se nos quiere reducir la calidad de vida, a la habilidad para producir y ser útil. Esto genera como efecto, una degeneración sin precedentes en la historia humana, hasta el punto de considerar, por parte de algún político de turno al que prefiero no acordarme de su nombre, un derroche estatal utilizar recursos sanitarios para personas que no pueden volver a la vida productiva. Servidor tenía entendido que la protección a la salud, como la educación sanitaria, más que ponerle límites tan mezquinos como el de mercado, todo era poco para impulsarla, fomentarla, maximizarla como dicen ahora los informáticos. Pues, no. Cada uno empieza a valer “salvarle” por lo que produce. ¡Qué dolor!

Aunque se camine por un valle oscuro, con filosofías encumbradas incapaces de desescombrar ansiedades y, el espejo de la calle, nos lance soledades humanas en estado de crispación reprimido; pienso que recluirse en el silencio es lo último. Toda presión aprisiona y, al final, estalla. Esto es morir un poco cada día. Es verdad que son muchas las cosas que nos deprimen, enferman y esclavizan. En parte, porque no hemos sido educados para este universo de máquinas que nos vuelve autómatas. Tampoco encajamos el diluvio de rupturas, todo parece quebrarse y resquebrajarse. Las amenazas y acusaciones están a la orden del día, es la consecuencia de un modelo de desarrollo en el que sólo importa enriquecerse a cualquier precio, crecer económicamente, sin ajustarse a unos parámetros mínimos de ética, rayando la ilegalidad en la mayoría de las veces. Las secuelas dejadas nos muestran ya sus resultados. Ciudades que debieran ser noticia como destino turístico, aparecen en los medios de comunicación de todo el mundo, sumidas en bochornosos escándalos financieros. ¡Qué dolor!

Todo parece que se ha desvirtuado, sacado de madre. El tiempo, que todo lo juzga con objetividad, nos dirá que para mal. Aquí nadie quiere alianzas, ni compromisos serios. Para empezar, los matrimonios de siempre ya no son lo que eran y la célula de la sociedad, ya no pasa por la familia, sino más bien es una comunidad productiva de intereses, muy distinta a la que con tanto fervor hizo literatura Cela cuando descubrió que podía escribir sobre lo que le rodea, sobre vidas y espíritus, mundos cercanos y reales, para despertar pensamientos y alentar reflexiones. Lo que hoy tanto nos falta, meditar y acompañarnos. Volver al lenguaje de los clásicos estoy convencido de que ayuda. Aparte de que nos entretiene con historias educativas y educadoras, nos desenganchan de los malditos cotilleos televisivos, invitándonos en plan barato a la irrepetible y singular orgía de darle a la lengua con la sana lengua de los viejos usos, usanzas, rutinas, estilos, modos, costumbres y hábitos. No hay mejor escuela que la escuela de la historia vivida. Sienta cátedra. Sólo así, enraizados en lo que fuimos, podremos seguir siendo el árbol frondoso de un futuro cierto, sin tantas incertidumbres como las que ahora padecemos. Por contra, guillotinar raíces que nos sostienen, seca el raciocinio y nos reseca el aire. Sin horizonte, ya me dirán, qué hacemos para esperanzarnos. ¡Qué dolor!

¡Qué dolor! Los talantes de los que tanto hoy se habla en romance de bobos, no tienen pizca de talento. Es puro pasatiempo. Más de lo mismo es lo de tender puentes y apuntalar relaciones de buena vecindad, suele quedarse en un frío gesto, cuando habría que tender viaductos, acueductos, pasarelas, cigoñales, y doquier plataforma que nos acerque. A los gobiernos suele ensamblarle más el sectarismo que la apertura, por desgracia. Y es que, en vez de tomarnos el pelo, debiera caérseles el pelo cuando nos dan un corte de mangas. Ahí está el flamante ministerio de la vivienda que tanto nos ilusionaba su llegada, por aquello de pensar que no descansarían hasta abaratar los precios del sector inmobiliario, que hasta ahora ni se ha notado que lo tenemos, salvo por algunas declaraciones de salón, como la de refrendar el prestigio de la arquitectura española en el mundo y la capacidad de innovación de los arquitectos españoles. ¡Cómo si nuestros arquitectos necesitasen del aval de un ministro! Todo funciona por bellas palabras sin sentido, para nada embellecen el bien común, más bien nos envilecen. Algo huele a vacío, invertido, desarreglado, descompuesto, desquiciado... ¡Qué dolor!, el dolor de volvernos un cero al cociente en un mundo dividido por dividendos descaradamente corruptos. Alguien tendría que poner techo amigo Sancho en este planeta que se nos va de las manos, diría Don Quijote.

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