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La caja de los truenos
Mal ha de estar la cosa para que los llamados dos grandes partidos quieran modificar la Constitución, no porque se pretenda mejorar algo –que ya lo dudo, ya- sino por el precedente que sienta. Por una parte, puestos a modificar la Constitución por esto, nadie en el futuro podrá decir que no a modificarla por cualquier otra cosa que, coyuntural u oportunistamente, el mandamás o la coalición de partidos de turno quieran hacerlo. La III República, que es el gran sueño de quienes desde sus ideales masones (o de moda) sueñan con un revival del pasado; o con la disolución oficial y definitiva del concepto tradicional de familia, verbigracia, que es el delirio de una buena parte de quienes odian el orden básico que nos trajo desde las sociedades tribales de la protohistoria hasta aquí; o aun la abolición oficial de los credos, el establecimiento de criterios arbitrarios sobre la regulación territorial del Estado (incluyendo demasías, excesos, discriminaciones de unas regiones a favor de otras y hasta desmembramientos definitivos) y quién sabe si la consagración como norma de algún que otro desvarío de moda, como el sometimiento de la potestad patria a intereses espurios de otras potencias. Esto, en el mejor de los casos, apesta a chanchulleo, hiede a truco y trampa, y no es por misoneísmo, palabra.
Siempre he sostenido que el PSOE y el PP son los dos brazos de la misma bestia, y esta más que dudosa maniobra conjunta no viene sino a reforzar mi postura. Hay intereses en esta acción que no están nada claros y que, desde luego, tienen mucho más alcance que la noticia de portada. El titular, me temo, está ocultando a los ojos de la mayoría la letra pequeña y la muy pequeña. Por una parte, es absolutamente innecesario modificar la Carta Magna para limitar el gasto público como resultado de una coyuntura transitoria que puede ser que mañana mismo sea de una dimensión radicalmente opuesta -¿modificaremos la Constitución cada vez que la economía cambie de signo… digamos una vez por mes?-; pero es que por otra, el PP recurre y se pone en manos de un partido, el PSOE, que no sólo está deslegitimado para cualquier acto de gobierno o de siquiera sea política, a tenor del desastre en que ha sumergido a la nación en pleno y a millones de personas en particular, sino que ha demostrado sobradamente que ha gobernado desde el odio, el resentimiento, el trinque, el chiringuitismo, la división social, el revanchismo y la locura partidista que ha conducido a un estado superlegislativo de las estulticias más desquiciadas. O están tontos en el PP, que ya lo dudo, o aquí hay busilis. ¿Por qué se quiere suicidar el PP con semejante compañero de viaje?... ¿O es que no se quiere suicidar, sino que todo esto del te odio pero te quiero no es sino el teatrito para que los inocentones votantes piquen de buen rollito en esta rueda de turnos del bipartidismo que no son sino, como digo y reitero, los dos brazos de la misma bestia?... Poli bueno, poli malo, según la época y lo que haya que hacer para machacar al personal y tenerlo en el redil, cada vez con menos derechos, en fin. Lo de siempre, no hay más que mirar atrás desde que están alternándose estos dos emporios de la política y sus artificieros: al trabajador y al ciudadano medio, le está yendo de perlas, cada día mejor, oiga.
En un país con nuestra Historia, meterse en enjuagues modificativos ni más ni menos que constitucionales porque les ha dado la ventolera a estos iluminados, es, en el mejor de los casos, abrir la caja de los truenos. Los grandes rotos siempre comienzan por insignificantes descosidos, y a menudo estos son una batería de pomposos y altisonantes buenos propósitos que ya sabemos por el pasado en qué terrenos se han lidiado por fin y qué costo han tenido.
No hay una identidad común de los españoles, al menos no todavía, como para emprender una acción semejante –aunque debidamente justificada, que en este caso no lo está- sin que salten las costuras por todas partes y quedemos todos como Dios nos trajo al mundo. Abierta la caja de los truenos, cada uno va a tirar por su vereda y vamos a terminar como tres por cuatro calles, fijo. La Constitución, bien que mal, nos ha mantenido de una lado de cierta cordura y con ciertas garantías de derechos sociales (que ya el PSOE ha hecho todo lo posible por conculcar, rebajar y ningunear), y emprender el retoque de algo tan capital con estas lumbreras que tenemos en política, sólo puede tener como resultado un desastre magnífico, como en Educación o con cualquier otra cuestión capital que estos talentos han tocado. Nada hay de razonable en esto, por más que la coyuntura sea la que es: una crisis creada por cuatro golfos muy golfos, que, por de más, son los únicos a los que apoya y ayuda el Estado. Una maniobra de desalmados, en fin, que mucho me temo que tiene un propósito que a los ingenuos y siempre buenoides ciudadanos les pasa desapercibido y que sólo servirá para tensar más la cadena del sometimiento de los trabajadores y una pérdida generalizada de derechos civiles…, si es que no algo peor. Al tiempo.
Lo único que tienen que regular estos pillos de la política, es cómo se meten el diente a sí mismos, y esto aplicándose el código penal en toda su rígida dimensión y derogando esas leyes leoninas por las que se conceden a sí mismos derechos y privilegios de dioses sobre los demás mortales, tales como ese vivir como curas, tales como ese vivir a todo lujo a costa de los contribuyentes, tales como esa insultante e infamante jubilación dorada por trabajar cuatro años destrozando el país y arramplando con todo lo que han podido, y tales como que para ser padre de la patria baste con ser un asno que rebuzne al coro del partido, sin formación, ni categoría humana o profesional que lo justifique y sin vergüenza de cualquier clase. Todo cuantos arribaron a la política se hicieron de oro ellos mismos y los suyos, cual si les hubiera tocado la lotería, y eso, eso, es lo único que hay que cambiar. ¿Y estos indignos vivales son los que quieren modificar la Carta Magna?... ¿Estamos tontos o qué?... Que se dejen de cuentos y que tomen nota: saldremos de la crisis el día en que ellos, los políticos, no legislen estulticias o redundantemente sobre lo que ya hay y no funciona, y, sobre todo, el día que dejen de dilapidar los unos y de robar los otros. Con eso basta y sobra.
Hay muchos aforismos de grandes pensadores sobre las ventajas del cambio, del orden de “si funciona, cámbialo”; pero es que los grandes pensadores a veces se fuman incluso el bidé. Lo que funciona, muy por el contrario, no debe cambiarse, especialmente por cuanto sabemos a qué consecuencias nos vamos a enfrentar con cambios como éste, que desde luego no es nada coyuntural… al menos para alguna que otra generación. Cualquier cosa que haga el PSOE, con la tétrica y descorazonadora trayectoria que lleva y los infaustos personajes que nos ha obsequiado para destruir España –Felipe González, Zapatero, Rubalcaba, Roldán, etc.-, sólo puede ser trampa sobre trampa, y si el PP se alinea con este partido que está en sus últimas bocanadas y en las puertas de la justa extinción, es que en realidad quiere rehabilitarlo, de modo que no es que pretenda obtener ninguna ventaja para el país, sino aplicarle a esa panda de vivales un absurdo balón de oxígeno.
Ya lo he dicho muchas, demasiadas veces: hay una siniestra mano que mece la cuna, y ahora mismo está abriendo la caja de los truenos. El PP, y ahí están sus actos, es la inseparable sombra del PSOE, su valedor en la sombra. Preparémonos, pues, para lo que se nos viene encima si perpetran esta barbarie, que lo harán: una o más generaciones van a pagar un precio muy alto por ello.
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