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Por un Ministerio de la Corrupción
Acabo de regresar de un breve viaje (por cuestiones laborales, que no hay vacaciones para los pobres) por algunos países de Latinoamérica, de ésos que tienen una enorme fama de corruptos, y vengo cargado de nuevas ideas para que mi país, ésta mi querida España, funcione mucho mejor.
Unos, ya lo dice el refrán, cardan la lana y los otros se llevan la pana. Lana, es el nombre que en México se le da al dinero. Y es México, precisamente, uno de los países que más fama de corruptos tienen en el mundo, aunque, ¡pena!, tuve que desengañarles en la medida de mis posibilidades, pues que comparados con la Madre Patria no son ni aprendices.
Algo, sin embargo, sí que podemos aprender de ellos, y es la cosa de la organización. Allí, por ejemplo, a los microautobuses se les nombra como “peseros” porque cuando comenzó a funcionar esa incontable flota de micros en plan urbano que convierte Ciudad de México en un formidable caos, pagaban un peso por día a las autoridades correspondientes para hacer lo que les venía en gana por las calles, e incluso hay unas tarifas estándares para pagarle al policía correspondiente su ceguera, en el caso que nos sorprenda cometiendo un delito. Eso, señores míos, es organización, todo bien colocadito y con tarifas que, si bien no son públicas, son públicas y bien públicas, de modo y manera que quien más, quien menos, sabe a qué atenerse.
En España esto es un desmadre. No sabe uno cuánto o a quién hay que pagar, aunque que hay que pagar, hay que pagar, ¡como que hay Dios! Lo que pasa, es que está todo tan desorganizado que no es posible manejarse así, y lo mismo hay que recurrir a una empresa que quita las multas o pagar a alguien de tal o cual institución, que tiene uno que untar las guardas a una docena de pillos que sólo les falta el antifaz para tener el atuendo al completo. Desde el más alto pináculo del Estado a lo más chatito, todo en España es trinca y vuela, aunque sin organización ninguna. Ni siquiera en cosas tan patrias como la recalificación urbanística puede uno estar seguro de cuánto debe untar a quién, que lo mismo le piden a quien tiene los terrenitos un Potosí por un póngame allá un suelo urbanizable donde tenía cuatro perales, que le piden barra libre de filetes andantes en don Ángelotti por una docena de años. Y así, claro, como que no se puede, y los pisos, en consecuencia, entre el trinque de la Administración, los untos y forres, los trinques de los constructores, los impuestos trincales y los trinques de quienes producen las artes y partes, pues se pone en un pico. Pico que debido al rostro de Portland de nuestras autoridades tendrá que abonarse una vez y otra, hasta la eternidad, tantas veces como el mencionado piso o propiedad urbana cambie de mano, sin que eso exonere de otro trinque anual por la cosa del IBI, que no es un pájaro, precisamente. Los pájaros, ¡y menudos pájaros!, están en la Administración y alrededores (amiguetes, tronquetes, coleguis, socios de partido, beneficiarios de información privilegiada, etc.)
Llega la vuelta al cole, y los atracos libreros son un gusto en ésta mi querida España en que la Educación es supuestamente gratuita, no siendo sino un negociete urdido para las editoriales de la cuerda de tal modo que ni sirven los espantosos libracos de un año para otro que te los llenan de estulticias y colorines para justificar el asalto a la economía familiar que perpetran los pillos. Educación, a todo esto, es un decir, claro. Y con la cosa de las multas, pues tal cual, pues que si a un ciudadano saltarse un semáforo se le pone en un mes sin comer, a un tipo de pasteja se le pone en un juego de entretenimiento, de modo que la ley es sólo para algunos..., y si se tienen amiguetes en la Administración o en la poli y tal, pues gratis total. Con la Justicia, pues ya te digo lo que hay, morena, no hay más que ver el plantel de cacos que circula por la rúe y los alrededores de San Jerónimo y los infelices que atiborran las cárceles; y aún con las FOP (Fuerzas de Orden Público Rubalcabienses), que piden filiación antes de soltar la porra o permitirles a los manifestantes organizados por los servicios secretos chapuceros que se orinen en sus botas. La ley, aquí, ya se sabe que sólo se hace para llenar los bolsillos de algunos, como las licitaciones públicas, que primero se puja por el unto y, luego, se ajustan a la medida de quien unta, de modo que, todo redondo, gana quien tiene que garnar.
Nada, nada, demasiado desorden. Lo mismo te cobran en un pueblucho de miseria un dineral por reformar la casa que en la capital se quema cada año una mil millonada porque al Tutankamón de turno le da una chiripiorca olímpica. Así, claro está, no se puede, porque no hay un cristiano que haga un presupuesto como la gente, de modo y manera que se hace cada vez más imprescindible poner orden en el desconcierto y pensar en armar un Ministerio de la Corrupción, donde todas estas cuestiones queden debidamente reglamentadas y, en su caso, las faltas sean perseguidas y castigadas. A la honradez, me refiero, por supuesto.
Que se desengañen y dejen de soñar, pues, los latinoamericanos (y los africanos), que en la cosa de la corrupción España sí que es la indiscutible primera potencia mundial... ¡y de largo! Ni a aprendices llegan. vean las sentencias, sin ir más lejos, o la legislación, verbigracia, o la cosa de todo lo que rodea a la vivienda. ¡Ni el Padrino soñaría jamás con un negocio tan próspero! España: sol y trinque.
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