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Tags: Opinión · Disyuntivas · Rafael Pérez Ortolá
Vertientes Morales





Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
lunes, 22 de agosto de 2011, 08:35
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Tienen algún interés los matices relacionados con la moralidad para las actuales circunstancias sociales? ¿Viene a decirnos algo sensato el concepto de una moral? La respuesta dependerá de cómo orientemos la observación. A la vista de lo cacareado en las frecuente declaraciones, no parece un asunto propicio para su aplicación. En los tiempos modernos se han superado estas reflexiones, o al menos, eso es lo que se proclama. Al fijarnos en los HECHOS COTIDIANOS, tampoco predominan las consideraciones hacia una moral, visto su desarrollo en un simple juego de fuerzas. No obstante, sobrevienen las desdichas, la desazón es patente; con esa sensación imperiosa de que se requieren filtros atenuantes ante los despropósitos acuciantes que nos sacuden. ¿Interesará la moral? ¿Es un concepto caduco?

El famoso relato de Diderot, que cuenta el dilema que se le planteó a su padre, enlaza directamente con las actitudes responsables. La merecida reputación de su progenitor, era considerada socialmente para requerirlo en mediaciones referidas a problemas de herencias u otros conflictos menores. En ese papel, acudió solicitado ante la muerte de un viejo párroco poseedor de una fuerte cantidad de dinero ahorrado. Sin documentos fehaciantes, se trataría del reparto adecuado entre una docena de parientes en situación de extrema necesidad. La DISYUNTIVA surgió a continuación. Mientras efectuaba el inventario minucioso, en un cofre ruinoso lleno de papelotes, figura un testamento antiguo del fallecido. En dicho escrito, cedía sus posesiones a una opulenta familia de libreros. Primera ocurrencia, la quema del susodicho testamento. Delibera el hombre sobre el respeto hacia aquella voluntad registrada por escrito y decide su cumplimiento. Intenta, sin éxito, que el beneficiario contemple con generosidad la miseria de los familiares del finado. Confesó remordimientos por el cumplimiento de las indicaciones testamentarias. ¿La primacía corresponde al legajo o a la conciencia del ejecutante? Las normas legales, los escritos y la conciencia personal, se enfrentan en las coyunturas exigentes como esta. El simple planteamiento del dilema ya enriquece el nivel de las respuestas. ¿pensamos en la misma solución adoptada? ¿En una tesitura similar se tomarían ahora tantas consideraciones?

Kant propuso otro ejemplo parecido; actualizado por los comportamientos modernos. Se dirime la custodia de unos bienes cuyo propietario falleció, sin que sus herederos conozcan ese depósito, tratándose de gente ricachona y petulante. En este caso es el encargado de la mediación quien atraviesa pésimos momentos financieros. De nuevo surge el APREMIO de las circunstancias penosas, con la posibilidad de un provecho inesperado. Persiste el enfrentamiento como un dilema ¿insoluble? El caso añade el matiz del personaje situado ante el probable beneficio, se trata del mismo encargado de la resolución. ¿Aquí topamos con la vertiente próxima a los desvaríos actuales? El provecho propio ensombrece no pocas decisiones, facilitadas cuando se trata de dinero público (¿Es de todos y no es de nadie?) y por la opacidad de las normativas. Las líneas para un esclarecimiento oportuno tienen demasiadas interferencias. Partidarios habrá de las soluciones exclusivamente legales, aunque son tantas las triquiñuelas que no darán abasto para evitarlas. La introducción de una cuña moral supondría un buen apoyo, pero prescindimos de los criterios pertinentes. Son muchos condicionantes para unas decisiones trascendentes, con muchas consecuencias posteriores. Lo sencillo se vuelve complicado.

Las facetas de la moral se renuevan con una celeridad asombrosa; las circunstancias y los protagonistas les confieren un cariz novedoso para cada ocasión. El fondo de los argumentos decisorios por parte de los protagonistas, ya no varían tanto. La tentación acentúa su potencia cuando utiliza paras sus maquinaciones el DINERO ETÉREO de las arcas públicas; procede de unos bolsillos concretos, pero una vez almacenado constitiye un ente amorfo a disposición de los agentes próximos. Ampliemos la casuística con el supuesto siguiente, ante un dinero sin nombre, cómo responderá un católico, un ateo, o un endiosado preboste ahíto de votos, pero vacío de escrúpulos. Hasta disponemos de localizaciones territoriales para la elección del caso, en todos los puntos cardinales. El muestrario alcanza los arcos parlamentarios de cada comunidad y del país en su conjunto. La inquietud moral destaca por su ausencia; incluso pensarán que realizan una buena acción de acogida al asentar aquel dinero liberado de sus alforjas primitivas. Lo ponen a buen recaudo pero sin malicia, con naturalidad. Perversa naturalidad cargada de una moral corrupta.

No dejemos de lado otros sectores de la actividad humana, en cualquiera de ellos se plantea el dilema. Al fijar la atención en el primer derecho fundamental a la vida, vemos como los atentados contra la misma se repiten incesantemente; unas veces en plan guerrero sin ningún escrúpulo, otros como resultado de la mala distribución de los alimentos, e incluso los hay muy civilizados, protegidos por leyes mayoritarias que no estimaron pertinente la defensa de ese derecho (Ejecuciones, aborto, etc.). Cuando a la misma vida primordial no la consideramos como el primer bastión digno de protección, queda desfasado el interés por la moral ¿Cómo podremos interesarnos coherentemente por otras defensas? El DISCERNIMIENTO sobre el sentido moral y los que son las componendas de ciertos grupos sociales, no gira en torno a una cuestión numérica, sino conceptual. No serán actuaciones morales aquellas que apoye todo un pueblo para hacer la vida imposible a un vecino, mostrarse condescendientes con ciertos asesinatos y extorsiones, o para la instauración de leyes perniciosas; y ahí están, vestidos de democracia.

Hay momentos en que se echa en falta la moral, no precisamente por actuaciones perversas; más bien por todo lo contrario, por OMISIÓN de ciertas intervenciones, en el debido momento y de manera conveniente. Vivimos los desperfectos ecológicos a los que no nos opusimos. No obstante, en un simple paseo por los montes, observamos las tendencias actualizadas de esa dejadez, el desgaire con que tratamos la naturaleza. Mañana la encontraremos como se descuidó, ni por esas. Por lógica, la consideración de nubes tóxicas, energías o desmanes marinos, exacerban la notoriedad de la omisión de las precauciones pertinentes. Será pasividad cuando esos grupos parlamentarios no adoptan leyes adecuadas contra los asesinatos de niñas, tan repetidos; pienso en las consecuencias de esas omisiones, liberaciones de los asesinos a los pocos años y la mayor degradación social conseguida. Algo se deja en el tintero por parte de los profesionales, si flaquea el esfuerzo de investigación, la veracidad o el empeño constructivo; si no ejercen esas cualidades, quedan desprovistos de lo esencial. Escojamos al periodismo y 10 medios de comunicación. Ante un mismo hecho, las omisiones de ciertos detalles resultan cruciales. La comodidad inicial de la pasividad, a través de la distorsión ocasionada, acaba en un mayor desmadre individual y colectivo.

Las vertientes son innumerables. Allá por donde la toma de una DECISIÓN sea requerida. Con una plena indiferencia, despegados de valoraciones beneficiosas para los avances sociales e individuales. O por el contrario, a base de los mejores proyectos. Queda patente la necesidad de una moral actualizada. En el caso de un progreso ajeno a dichas actitudes reconfortantes; pues eso mismo, con todo el equipaje, acabaremos desmoralizados.

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