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Cuando Bogart podía fumar en la pantalla
Aquellos cines de verano
Los que desde hace años peinamos canas recordamos con una cierta nostalgia no tan sólo aquellos cines al aire libre de los veranos sino también los viejos cines, tanto de barrio como los llamados “de estreno”, que con el tiempo y las nuevas técnicas han ido desapareciendo a favor de las denominadas multisalas en las que la programación cinematográfica nos ofrece un amplio abanico donde escoger.
Vuelvo la vista atrás y me veo de niño, todavía con pantalón corto, disfrutando de los veranos en Enguera, el pueblo de mi madre, donde con mis primos alguna que otra noche íbamos a uno de los dos cines de verano. En realidad eran dos espacios abiertos entre cuatro paredes presididos por una gran pantalla, en uno de ellos todavía estaban en las paredes unas enormes arandelas de hierro para atar las caballerías ya que, al parecer, en tiempos había sido el patio de una fonda a la que llegaban los arrieros de otros pueblos para vender sus mercancías, las sillas eran de enea e incluso algunos de los asistentes se las llevaban desde sus casas. Por aquella pantalla vi desfilar piratas, indios, vaqueros y todos aquellos héroes de la infancia mientras comía un bocadillo y bebía gaseosa de una botella tapada con un tapón de cerámica protegido por una goma a su alrededor para que no se escapará el gas del preciado líquido, todavía no había llegado la Coca-Cola a invadir nuestros paladares.
Otro cine veraniego que recuerdo con añoranza es el de Benimaclet, estaba situado cercano a la Iglesia y la plaza de este barrio de Valencia que para nosotros era nuestro pueblo, a su alrededor pequeñas casas hacían de aquel entorno un lugar idílico. Las noches de los sábados era preceptivo acudir al cine junto con los amigos de la adolescencia. A la entrada se apiñaban las sillas de enea y conforme entrábamos las cogíamos y nos colocábamos donde encontrábamos un sitio libre, generalmente hacía el final, desde el que poder ver a las jovencitas que, con sus madres, acudían a la sesión de cine. Eran los tiempos de la adolescencia y lo que menos nos importaba era la película que se proyectaba sobre la blanca pantalla, íbamos al cine para cenar, ya con las primeras cervezas, y espiar a nuestros primeros amores adolescentes.
Más adelante y ya más crecido también hubieron otros cines en mi vida, el Lumiere en Alboraia, población cercana a Valencia, considerado un cine de “culto” en el que poder ver las películas que la cartelera Turia, la Biblia de los cinéfilos valencianos, calificaba como de obligado cumplimiento y el Flumen, situado en el patio de un colegio y donde sentados en incomodas sillas playeras era posible cenar delante de una mesa también de playa a la luz de la Luna, a la salida desde el viejo cauce del Turia más de una noche era posible descubrir las estrellas que, lejanas, iluminaban Valencia.
Pero a pesar de que los cines tradicionales han desparecido y algunas multisalas están en peligro de hacerlo por la digitalización que llega cabalgando a lomos del progreso tecnológico los cines de verano siguen resistiendo, a los mediterráneos nos encanta salir por la noche, somos animales nocturnos y el clima nos lo permite y nos empuja a ello. En Valencia este verano ha habido cine al aire libre en el corazón del antiguo “barrio chino” y en Barcelona en uno de los patios del castillo de Montjuich y como cada año también es posible ver una película cenando sentado sobre el césped.
Pero en los cines de verano de estos tiempos ya no resuena la trompeta del Séptimo de Caballería acudiendo presto a salvar al protagonista de las acechanzas de lo pieles rojas ni Bogart aparece fumando diciéndole al pianista negro, ahora hay que decir “afroamericano” aquello de “tócala otra vez” mientras nos enamorábamos perdidamente de la melena de Lauren Bacall, tampoco es posible fumar un cigarrillo al terminar el bocata. Todo ha cambiado, también nosotros.
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