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Y la avaricia rompió el saco
Si deja sin futuro a los jóvenes, todo el país se queda sin futuro
os estallidos sociales, como El Caracazo de 1989 o el de Londres de hace unos días, no son sino consecuencia del colapso de las propias sociedades a causa del excesivo peso de su infraestructura. Si escuchamos los testimonios de aquéllos en Caracas se que echaron a la calle a convertir la ciudad en un antro de pillaje y lo comparamos con lo que hemos escuchado estos días en los labios de quienes han saqueado las tiendas de Londres u otras ciudades británicas, comprobaremos que los testimonios son idénticos en su mensaje: “no le importamos a la sociedad, y ella no nos importa a nosotros.”
No le pasa desapercibido a cualquier analista que tras la Gran Depresión del 29 la solución fue la guerra, aquélla que costó unos 60 millones de vidas. Después de ella, nació un nuevo paradigma: el crédito. Un invento que ponía en manos de los jóvenes los dineros que iban a ganar en un porvenir que en aquellos años se prometía de muy risueño, de modo que aquellas sociedades de los cincuenta se trajeron a su presente buena parte de los haberes de su futuro. Así, en función de la cantidad de ciudadanos que se endeudaba, la sociedad progresaba con los haberes que anticipaban. No era un progreso, técnicamente hablando, sino un anticipo de futuro.
Los cincuenta, en EEUU y en buena parte de la Europa que resurgía de los escombros de la guerra, fueron años de un crecimiento casi milagroso, pero también de una estabilidad política y social que lo beneficiaba, por más que no tardara en estallar la Guerra Fría. Si ésta derivaba en caliente todo iba a dar lo mismo porque el enfrentamiento supondría la extinción total de las sociedades, pues que se aniquilarían mutuamente, de modo que todo podía seguir tal y como estaba, y a cada generación de jóvenes que se endeudaban para hacer progresar a la sociedad, le seguía otra generación todavía mayor con todas las posibilidades de hacer lo mismo. El crecimiento o progreso, pues, parecía imparable.
Y el crecimiento era tan importante y había tanto de todo por todas partes, que se despertó la avaricia. Todo cambió cuando los grandes capitales, que son los que hacen el préstamo anticipando el futuro, dejaron de ser productivos para convertirse en especulativos, produciendo como primer efecto una globalización en la que las empresas han de competir en un mercado imposible, debido al desequilibro de costos entre regiones y aún entre países, y como segundo efecto la consecuentemente precariedad laboral de los trabajadores. Así, ni las empresas
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