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Variadas actitudes de respuesta
Vamos a suponer que usted no crea en los DUENDES, bien está como principio, dada la demostración imprecisa de su existencia. Sobrepasadas las primeras impresiones, quizá surjan algunas dudas. Empecemos por aquello de las personas con “duende”, con ese halo apenas perceptible, que les aumenta su grado de cercanía a los demás, que incrementa su capacidad de sugestión y fluidifica las relaciones. Enseguida me dirán, y es verdad, que semejantes habilidades son ambivalentes; dada su posible orientación hacia tareas benefactoras o su dedicación en pos de maldades y corrupciones. No solemos pararnos en la valoración de su existencia, pero sus aires nos empujan por unos derroteros o por los contrarios. Gigantescos o minúsculos, conforman una realidad tangible. Tomarlos en cuenta, sería una buena actitud para afrontar tanto desmán como venimos soportando. A los maléficos, para evitarlos o contrarrestarlos; a los buenos, para adherirnos a sus inclinaciones.
Da un poco de risa, o de pena, ¿Cómo lo ven ustedes?; cuando sólo valoramos las consideradas realidades físicas concretas, palpables, como si fueran únicas. Hasta lo más seguro, presenta grandes dosis de incertidumbre. La física cuántica abre caminos hacia funcionamientos inabarcables; acompañada de otras dimensiones y misterios. ¿Dónde queda lo positivo y firme? La economía científica nos sacude por cada costado, los avances médicos acaban en una siemple y fatal claudicación; sin que otros sectores mejoren las perspectivas. La contundencia de los conocimientos brilla por sus fracasos. Después de un baño de humildad, la energía de la soberbia sería aprovechable para la EXPLORACIÓN de otras cualidades presentes en cada ser humano. Refrescados en ese baño, quizá la razón nos permita ahondar en el discernimiento, porque no todas las vibraciones o capacidades sirven por igual para la convivencia.
Por el contrario, tiramos por la calle de los EMPECINAMIENTOS poco convenientes; dale que te pego, con la misma piedra y en la misma frente. Por incomprensible, no deja de repetirse el fenómeno. ¿A quién no le suceden avatares de esas características? Con cierta lógica, los más conocidos posicionamientos fijos, con frecuencia inconvenientes, proliferan en la esfera de los personajes públicos. Ellos reiteran sus empeños y el público los encumbra; ambos, sin asomo de arrepentimiento ni de rectificación. Tamaño afán por la persistencia en las conductas desoladoras, lo reflejaba con su magia certera y breve, Augusto Monterroso, en su “Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio”. El segundo rayo quedó deprimido, ya no quedaba nada por destruir. Los empecinados de nuestros predios, ni eso, lejos de entrar en depresión, entran en manías persecutorias, sobre todo del dinero ajeno. Cómo no estaremos indignados, aunque no baste con eso.
Las obsesiones intensificadas no son muy buenas consejeras, tienden a polarizarse, con el consiguiente menosprecio por los detalles y la ausencia de reflexiones. La disyuntiva queda planteada de inmediato. Las obsesiones de cada uno como actitudes radicales en conflictos continuados o una terquedad dominante que aplaste a los discordantes. En general, promueven la figura de los VOCIFERANTES. Se trata de aquellos que levantan más la voz, a gritos o en las televisiones; aunque no aporten argumentos de peso. El disfraz varía, políticos, indignados, tertulias de pacotilla, poses de progresistas fosilizados y tantos otros. No aportan soluciones, que sin embargo reclaman al resto de la sociedad. Mientras tanto, torpedean la labor comunitaria desarrollada hasta ese momento. Bien estaría la labor crítica si no permaneciera en el olvido la exigente sugerencia: ¿Qué puede hacer cada uno para la mejora de la situación? Las exigencias implican a todos los estamentos sociales.
No siempre es cuestión de grandes alaridos o algaradas callejeras. No debemos olvidar a los que denominaría voceros de alcurnia. Si por la voz los calibramos, efectuan declaraciones grandilocuentes, encubridoras de su escaso contenido real. Me refiero a los DESVERGONZADOS gestores posicionados en diferentes lugares públicos. En estos meses y hoy mismo, en España, EEUU o Francia; nos apabullan con noticias de las enormes deudas contraídas, superan cualquier imaginación corriente. Es evidente que no se llega a esa situación por necesidades de subsistencia. La cruda realidad destapa componendas millonarias, con nombramientos afines y empresas fraudulentas apegadas a los diferentes poderes. En esas desviaciones circula el capital dilapidado; las carencias son el resultado de grandes despilfarros. Si no surge la respuesta indignada del grueso de la sociedad, esa apatía equivaldrá a la tolerancia cómplice. No servirán las excusas posteriores, hay una implicación inevitable a la espera de las próximas decisiones.
A estas alturas del razonamiento no parece propio caer en el error de un combate feroz contra el sistema. Ya es sabido que los salvadores tienen las mismas debilidades, pero acrecentadas. Las correcciones sólo serán propulsadas desde la participación ciudadana. Quizá por esa necesidad perentoria convenga el planteamiento serio de lo que ocurre con las VOTACIONES. La poca variación del sentido de los votos aboga por esas continuidades referidas, por la corrupción y por las desvergüenzas. La abstención masiva, el voto de castigo o el simple cambio de las tendencias previas, son armas importantes para los estilos correctores; con un efecto añadido, su labor educativa de cara a los próximos candidatos a gestores de lo público. También podría bastar que ese 40 % habitual de abstenciones pujara por las tendencias de un mayor compromiso. No puede ser igual cualquier opción, pero desde la ciudadanía puede y debe ser mayor la influencia para que las actuaciones modifiquen su sentido de la responsabilidad.
A medida que uno renuncia a su participación directa en el desarrollo de unos acontecimientos, reduce su cuota de responsabilidad por haberse quedado al margen; con la consiguiente pérdida de la libertad personal, depende de la acción de los demás. Quizá no fuera mala esa actitud, si existiera ese ente paternal omnipotente que velara por las apetencias de uno. ¿El Estado? Pero este es un ente que precisa de recursos que extrae de los ciudadanos y de unos fondos que no son inagotables. Hasta el presente nos hemos comportado como auténticos VISIONARIOS. Vemos a unas estructuras estatales ilimitadas, dueñas de unos fondos. Queda latente su endeudamiento hasta las cachas. Con el agravante de haberles cedido las cuotas personales para la toma de decisiones. Vemos como órganos de gobierno lo que realmente son monstruos sin pies ni cabeza, sólo con bolsillos bien aprovechados por quienes medraron en los fondos de gestión. Posiblemente volvamos la mirada a la realidad y tomemos cartas en actitudes de verdadera comunidad; los desmanes piden una pronta reacción.
Las engañifas se desvirtuan por si solas, caen unas detrás de otras. La desgracia sobreviene cuando a un engaño le sigue otro peor. Los grandes mercados, los socialismos férreos, los fundamentalismos de todo tipo; son instrumentos de nuevas dominaciones. El SUEÑO radicaba en una entrada progresiva en la consideración de las personas como entidades autónomas. Sabíamos que la vida es sueño, pero nos resistíamos y creímos que lo podríamos convertir en una realidad aceptable. ¿Aún estaremos a tiempo?
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