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Etiquetas:   Ser o no ser   -   Sección:   Opinión

Un pastor maltratado

Manuel Alcántara
Redacción
sábado, 12 de marzo de 2005, 23:05 h (CET)
Todo el peso de la ley, tan liviano para otros, ha caído sobre Laureano, pastor de Arcos de la Frontera, analfabeto y pobre de pedir justicia. Ningún parecido con Salicio ni con Nemoroso. Los pastores de las églogas a lo más que se exponían era a una prisión de tercetos encadenados. Laureano es un pastor de verdad, o sea, un esclavo a la intemperie, de esos que tienen la sangre «injuriada por el peso de inviernos, primaveras y veranos». Tiene antecedentes: le condenaron porque su rebaño invadió una finca para comer algarrobos, que es un árbol mucho más protegido que los pastores, y no pudo pagar los 1.200 euros de multa. Para un pastor andaluz, 1.200 euros son como un millón para cualquier alto cargo, no digamos para Magarall, que también se considera maltratado.

Laureano ingresó en febrero en la cárcel para cumplir ocho meses por robar gallinas a un vecino con el que no se llevaba bien. Creo que tampoco las gallinas. Las estadísticas demuestran que es muy infrecuente que la gente acomodada robe gallinas, ni siquiera en pepitoria. Las aves de corral ajeno están a merced de personas desalmadas, a condición de que estén hambrientas.

Ahora las ovejas de Laureano están desamparadas. Les ocurre lo mismo que a algunos fieles cuando se ausentan los pastores de la Iglesia, sólo que éstos resisten más sin la imprescindible tutela. Las ovejas del pobre Laureano, pobre de pedir misericordia, se están muriendo tras un mes de abandono. Su ruina es completa. Su mujer y sus dos hijos sobreviven en condiciones miserables, pero la ley es la ley. Al menos, eso se dice. Ella es colombiana, pero eso da lo mismo: la miseria es una nacionalidad.

«El fuero para el gran ladrón, la cárcel para el que roba un pan», escribió Pablo Neruda. Es indiferente que uno robe gallinas y el otro robe el 3 por ciento. Un pastor analfabeto sigue entre rejas. Eso es todo.

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