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Televisión y Medios

Etiquetas:   Crítica de TV   -   Sección:   Televisión y Medios

Dolores

Javier Esparza
Redacción
sábado, 1 de octubre de 2005, 21:47 h (CET)
Teresa Campos hizo ayer algo sorprendente: cesó en la barahúnda habitual de la matinal televisiva y conectó en directo con el Congreso para ofrecer la declaración institucional por el 11-M y los minutos de silencio con acompañamiento al violonchelo de música de Bach. Fue una excelente idea. La conexión formaba parte de una programación especial de dos días sobre aquellos atentados, programación que concede protagonismo a las víctimas, a las familias, a los supervivientes, a quienes atendieron a los heridos...

En ese momento, en el plató de Ana Rosa Quintana había una bronca entre dos señoritas. Y en el de Inés Ballester, en TVE 1, hablaban de frivolidades que culminaron con una exploración en torno a la representante de Isabel Pantoja. No sería justo emplear esta contraposición para mostrar a unos como gente sensible y delicada y a los otros como zafios vendedores de espectáculo menor: cada cual tiene sus criterios, las horas de televisión no se organizan a voluntad, hay un tiempo para el duelo y otro para la vida cotidiana, y nadie puede decir que Telecinco o TVE 1 no estén tratando el recuerdo del 11-M con el debido cuidado.

En la puesta en escena de Antena 3 había cosas que no terminaban de encajar bien: por ejemplo, los planos que mostraban a Teresa y sus acompañantes en compungido silencio, que contrastaban con las imágenes que uno asocia habitualmente a ese mismo escenario. Lo que se hacía llamativo, lo que le llevaba a uno a reflexiones más bien perplejas y sin desenlace, era la contradicción entre las escenas de dolor y las de banalidad, una contradicción que surgía al cambiar de canal. Ve el espectador la declaración del Congreso, zapea y pasa a una señorita Vanesa (o así) que grita bobadas, zapea y se encuentra con el traje rojo de Isabel Pantoja, zapea y se topa -qué sé yo- con unos dibujos animados, zapea y vuelve al dolor institucional. La impresión inevitable es que la tele, al menos a ciertas horas, ya no puede acercarse a argumentos tan realistas como el dolor. Es injusto, pero es así. Habría que hacer un esfuerzo para cambiar las cosas.

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