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Etiquetas:   Con la mano en el corazón   -   Sección:   Opinión

La palabra

F.L. Chivite
Redacción
sábado, 12 de marzo de 2005, 23:05 h (CET)
Hoy se celebra un aniversario ineludible. Representa algo de tal magnitud que uno siente la imposibilidad de hablar de otra cosa. Pero, a la vez, ¿cómo decirlo?, también la imposibilidad de añadir nada: la debilidad de las palabras. Por un momento, me había pasado por la cabeza la ocurrencia de dejar la columna en blanco. Sánchez Ferlosio dice en alguna parte que cada una de las páginas de un periódico se compone de unos cuantos huecos cuadrados como cajas vacías que forzosamente hay que rellenar de palabras un día tras otro. Yo habría dejado con gusto vacía mi caja de hoy como señal de luto. Una columna como un sencillo minuto de silencio puesto en pie. Pero luego he pensado también en el aspecto noble de la palabra. Y en el gran esfuerzo que las palabras representan. Después del gran dolor, después del gran mazazo trágico que paraliza a las personas, todos tenemos la impresión de quedarnos sin habla. De no tener palabras.

Pero precisamente por eso sentimos también la necesidad de recuperar la palabra lo antes posible. Y recuperar con ella la vida y el tiempo. Recuerdo que desde el primer instante tras el atentado, locutores de radio, periodistas, analistas y expertos, muchos de ellos poco conocidos o anónimos, ocuparon los medios y llenaron los periódicos impelidos por la urgencia de encontrar de nuevo la racionalidad en el centro mismo del dolor. Y creo que hay algo muy admirable en eso. Hojear el periódico de la mañana siguiente suponía ya un cierto consuelo. Leer el periódico: «la plegaria del hombre moderno», según frase de Hegel. En muchos casos, las palabras todavía balbucientes y temblorosas resultaban inexactas y confusas. Pero no sólo se trataba de buscar una explicación a lo ocurrido o de hacer un pronóstico de lo que iba a venir después, sino también de recuperar el sentido y la fuerza de la palabra. Y evitar la tentación de caer en simplificaciones y burdas manipulaciones. Ese esfuerzo precipitado por pensarlo todo de nuevo, en medio de la confusión y la muerte, es a mi entender el acto más radicalmente humano. Naturalmente, se cometieron errores. Algunos políticos trataron de aprovechar en su favor las circunstancias. Pero no era eso lo que quería traer ahora a la memoria, sino el esfuerzo real y honesto de mucha gente para contribuir con su palabra a la recuperación de la racionalidad. La memoria es eso por lo que hay que hacer fuerza. Creemos que no olvidaremos, pero lo cierto es que olvidamos. Por eso hay que escribirlo todo, siempre, de principio a fin. Trabajamos con una sustancia viva: la palabra. La escritura es siempre, antes que nada, una tarea de la memoria, una constancia, un esfuerzo tenaz contra la inercia del olvido.

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