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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea  

Cipreses y violonchelos

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 12 de marzo de 2005, 23:05 h (CET)
Es curioso que ante el dolor nos refugiemos en la vida que nos presta la naturaleza y el arte musical en una simbiosis vegetal, sonora y colectiva.

Para conmemorar el primer once de marzo de forma individual, cada cual lo hace a su manera con sus propias pérdidas, las cuales nunca podrán ser comparadas en intensidad y pena a las de nadie, pero a la hora de mostrar el dolor colectivo el hombre recurre a los árboles y a la música. El recién inaugurado Bosque de los Ausentes en Madrid está formado por ciento noventa y dos cipreses y olivos. Esos cipreses nos darán su sombra alargada durante muchos años; en su afán de tocar el cielo con las ramas, no nos dejarán olvidar, si es que eso fuera fácil, el acto de barbarie del odioso atentado. Los olivos, con sus ramas de paz, nos recordarán cada año con renovados frutos invernales, que a pesar de todo, de la paz o de la guerra, de las guerras y ataques terroristas que hoy mismo se suceden en este nuestro mundo “civilizado”, a pesar de todo, como después de la más temerosa tormenta, el olivo seguirá pacíficamente dando vida en cada flor, en cada brote primaveral o vareo de olivas.

Así, hombre y naturaleza, pareciera que deseen estar unidos por raíces del bien y la esperanza en el género humano. En Haro (La Rioja), los alumnos del IES “Marqués de La Ensenada” han plantado casi dos centenares de madroños, pedidos expresamente a la Comunidad de Madrid para una ocasión tan simbólica de solidaridad entre pueblos y comunidades. El madroño madrileño arropará y homenajeará así al conjunto de víctimas mortales, nada menos que de trece nacionalidades, árbol acogedor, internacional y simbólico es éste.

Cipreses y olivos, madroños y silencios se suceden plantados, rotos o interrumpidos sólo por las notas musicales de distintos violonchelos con melodías de Bach, Mozart y Beethoven. En su interpretación, el violonchelista sabe arrancar quejidos como lamentos humanos al alma del instrumento, al tiempo que las víctimas que quedaron vivas, heridas física y psicológicamente lanzan al aire hondos suspiros. Alma de violonchelo, prolongación del alma del músico sentido que hace suyo el silencio expandiendo las notas por los andenes de un mal recuerdo. Y después de la música, dolida y viva, nos llegan los silencios, silencios en las plazas, en los colegios, en las pantallas, siempre silencios, silencios naturales y armónicos como la mejor forma de respeto y recuerdo de un año de dolor colectivo.

¿Qué es el hombre sino arte, naturaleza y silencio? Pero no todos los hombres crean, no todos plantan árboles, hacen sonar la música, rezan o callan con su mejor oración o mensaje. Y ante la rabia contenida, rodeados de árboles recién plantados, de palabras no dichas o música con lamento esparcida, alguno de los hombres del colectivo de hombres de este planeta debiera pensar, en un minuto al menos, para dejarse de rencillas, venganzas y terrores del mal que al mundo aterroriza. Debiera ese hombre usar algo más la cabeza y llegar a la conclusión que la violencia practicada u ordenada sólo conduce a la destrucción y a la barbarie. Interpretar a Bach o plantar un madroño, nada que ver con poner bombas o matar a traición, quizá la música y el árbol ayuden a superar la sinrazón, mientras el viento del Bosque de los Ausentes, esos ausentes que debieran estar vivos, como toda víctima de terrorismo, nos acerca la claridad y la justicia.

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