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Umbrales retadores
Su presencia nos acompaña en cada actividad emprendida, representan todo un símbolo de la dinámica humana
Concretan el paso de una realidad a otra, son una constante necesaria; sin esa evoluciòn sobreviene la atrofia. Cuando atravesamos dichas fronteras no abrimos a un abanico de POSIBILIDADES. Muchas veces serán rutinarias e intrascendentes, cambios diarios sin apenas modificaciones; marcha al trabajo, en la casa, en la ciudad, con las ideas inmovilizadas. En menos ocasiones, entramos en unas realidades novedosas y fascinantes, recreamos la primera rutina en nuevas impresiones ilusionantes. Por el contrario, penetramos con excesiva ligereza en territorios emponzoñados con malévolas tendencias, despreocupados, o lo que es peor, mal intencionados. ¿Está entre nuestras capacidades la elección de ese umbral que vamos a transpasar? ¿Lo valoramos como tal?
Las sacudidas proliferan en las entradas a través de los umbrales, es natural; no existen dos pasadas idénticas ni están reservadas. Cada alma guarda en su almario las suficientes peculiaridades para diferenciar sus maneras, cada persona afronta sus horizontes a su modo. Si además, cada horizonte ofrece infinitas variedades, el panorama permanece muy abierto, por fortuna tenemos donde elegir; aunque se nos plantea una exigencia inmediata, la IMPLICACIÓN. Quien presuma de estar atinado en sus correrías, lo podemos ver a las pocas horas estrellado en la cristalera de los abundantes problemas. La amplitud de miras es la regla, a pesar de los muchos empeños en su contra que surjan. ¿Aprovecharemos los resquicios favorables? Esa sabiduría no está a la venta, forma parte del ineludible aprendizaje personal.
Elegidas las opciones con tan amplias perspectivas, el ensamblaje del conjunto carga las chispas conflictivas; hace falta el suficiente grado de comprensión amortiguadora. A este respecto, me parece demostrativa la anécdota aleccionadora del genial torero LAGARTIJO, buen representante de la socarrona sabiduría andaluza, adobada con ese aire senequiano y lacónico característicos de la zona. Esos días pululaba en el entorno del torero, siempre poblado de mirones, un catedrático de histología con trazas de foráneo. Picado por la curiosidad, una tarde le preguntó Lagartijo a uno de sus allegados: “Dígame uzté, quién ez eze cabayero de Madrid”. A la contestación de que se trataba de un gran histólogo; el sesudo torero, serio, sin variar su rictus, lidiaba con la enrevesada palabra pronunciada, la rumiaba en su interior y repetía pensativo: “Hiztólogo”. Después de una pausa, con la decisión propia de un matador, preguntó: “¿Y ezo de hiztólogo, qué ez?”. Sin alterar su fisonomía escuchó la explicación, maduraba las ideas sobre tamaños enredos científicos. ¿Cómo los entendería? Con su elegancia natural, formuló la sentencia escueta: “Ná, ná…, que azí ez er mundo. ¡Hay gente pá tó…”. El choque de entidades tan dispares suavizó sus diferencias a base de la sapiencia popular. Por medio de la comprensión, las chispas pasan a ser focos de iluminación.
A nada que uno teclee por aquí o por allá. La cantidad de información recogida es enorme; el límite parecer ponerlo el mismo buscador; a quién invade ese punto de orgullo ante la cantidad de datos coleccionados. Da lo mismo el sector registrado, siempre sobran referencias, superan con gran diferencia la capacidad del receptor, de quién insiste en su búsqueda. Un bagaje tan completo no evita la PERPLEJIDAD que nos acecha. Cuando habíamos conseguido la abundancia, percibimos una flagrante carencia; navegando en aquellas abundancias, echamos en falta el necesario CRITERIO. Todavía más, la llegada de nuevos datos, enturbia la mente de cara a los criterios. Hemos atravesado un dintel apasionante, cargado de visiones y apariencias; pero no conducía hacia la capacidad de juicio para deslindarlas. Quién lo iba a decir, de nuevo la calidad se diluye entre la cantidad.
¿Se acuerdan de la grafología? No importa. Por falta de existencias perdió su prestancia. Como ya no escribimos a mano, el grafismo de las letras ya no habla por nosotros; las escrituras mecánicas son más frías. Las nuevas redes facilitan una escritura espasmódica, un cruce de signos alejado de una sintaxis expresiva; las apariencias estallan súbitas como unos fuegos artificiales. Sobreviene otra pérdida, hay otra figura venida a menos en las expresiones de moda, nada menos que el destinatario concreto, aquel a quien le dirigíamos la misiva en particular relación. Ahora los mensajes fluyen dispersos en la red. No acabamos de sobrepasar el umbral de la SINCERIDAD del comunicado directo. Lo general y difuso sustituye a los matices de un diálogo franco entre dos interlocutores. Si añadimos un toque de publicidad, el alarde de lo difundido incrementa la confusión, sobre todo en las pantallas. Despreciado el umbral de las franquezas, la comunicación instala un parloteo insulso.
Seguimos con una intensa predisposición hacia los estandartes propagandísticos, con una pancarta y un lema cortito, a la conquista del país, directamente. La simplificación en su grado máximo. Los análisis brillan por su precariedad o no existen. Que una empresa facilita coartadas para adulterios de gente famosa, pancarta en el centro de Madrid, foto del rey y una expresión tolerada sin justificación, ¿Cómo llegó a su autorización? La proclama de una llamada a determinadas manifestaciones, movimientos, éticas sectarias o zarandajas; lanza esa frase corta, repetida desde los comienzos, sin posteriores apelaciones a los argumentos. El ESLOGAN FACILÓN es encumbrado a norma de funcionamiento. El interés por desmigar el significado parece muy escaso. Llama la atención el porqué no profundizamos hacia los significados encubiertos. La superficie de la fórmula empleada constituye un camino obstruido para mayores análisis. Un auténtico reto ante el abundamiento de dichos arranques. ¿Espontáneos?
Que les voy a comentar de las engañífas e imposturas, que ustedes no hayan averiguado por su ciencia propia aplicada a la experiencia cotidiana. La ligereza de los criterios no favorece las relaciones humanas gratificantes. Aunque, con poco lugar para las dudas, promueve el descontrol de sus mismos protagonistas. Tanto si nos referimos a los procesos mentales, como a labores físicas, manuales, mecanizadas o de mero entretenimiento; el esfuerzo adecuado es preciso para el buen acabado de las mismas. Sobre esta tensión y su valoración, escribía Lope de Vega: “No estiman los hombres /las empresas llanas. / Todo lo que es fácil / como fácil pasa”. Es verdad, exigen esfuerzo esas buenas labores, y así se apreciaban. Aunque corren otros tiempos, que desdeñan esa afirmación, desdén que nos aboca a un declive omnipresente. Por eso, el reto de la CALIDAD se mantiene, no admite frivolidades populistas. El correcto enfoque de las tareas requiere de una fina dedicación, nunca acabada del todo. Las deficiencias no debieran conducirnos a través de las simplificaciones nefastas, la aspiración cualitativa aún sigue latente.
Vivimos momentos de crispación, estamos atrapados en varias crisis simultáneas. En lo económico, la distribución de las cargas cruje por su pésima gestión. De cara a otros retos de la vida, tampoco brillan las mejores actitudes. Viene bien un grito estimulante, pero quizá sea el momento de prestar una mejor atención a las cualidades personales; sin ellas, el maná no llega y el empeño común flaqueará siempre.
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