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Tags: revista-viajes · Viajes · Rafa Esteve-Casanova
Las vacas ya estaban allí


Y los aromas campestres también


Rafa Esteve-Casanova Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 5 de agosto de 2011, 00:00
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Hace algún tiempo que se impuso la moda de veranear en apartados pueblecitos del interior y con ello nació el turismo rural que, en muchos casos, supone una importante ayuda para los campesinos a sumar a sus ingresos por el pesado trabajo agrícola del resto del año que siempre son precarios. Fue el nacimiento del llamado “turismo rural” tan en auge en estos días.



Primero fueron las conocidas como “granja escuela” donde los padres al llegar el verano enviaban a sus retoños con el fin de que conocieran in situ la naturaleza. Allí muchos tiernos infantes descubrieron que los pollos tenían plumas y caminaban ya que hasta la fecha creían que eran unos animales muertos envueltos una bandeja de plástico, y es que las pobres criaturitas en su corta vida tan sólo habían visto pollos en las estanterías del supermercado. En sus correrías por la granja escuela jugaban con los animales y conocían cerditos que iban mucho más allá del cuento de “Los tres cerditos” veían vacas y, a veces, hasta tenían la suerte de presenciar en vivo y en directo el nacimiento de algún que otro ternero. Se revolcaban por el barro, corrían detrás de las gallinas y disfrutaban a lo grande de lo que para ellos significaba unos días de libertad alejados de la tutela materna.

Pero pronto llegaron los urbanitas deseosos de pasar unos días alejados del mundanal ruido del tráfico rodado que les estresa durante los restantes días del año y los pueblos alejados de las playas comenzaron a recibir y acoger con alegría a toda una fauna urbana que creía que el bucolismo campestre era tal y como Virgilio lo había descrito en sus Églogas o Bucólicas. Tendemos a idealizar todo aquello que nos es ajeno y el urbanita ha idealizado siempre la quietud y placidez de la vida en el campo sin parar mientes en lo diferente que es a su vida cotidiana.

Los dos primeros días de la estancia entre los pobladores originales del pueblo suelen pasar con placidez, se escucha el sonido de las fuentes, es relajante despertarse escuchando el trino de los pájaros y son amenos los atardeceres paseando por los campos de los alrededores entre hierbas y flores silvestres. Pero pronto llegan los inconvenientes, el urbanita, acostumbrado diariamente al áspero olor de los gases de los tubos de escape de los automóviles, al acre aroma a sobaco en los atascos del Metro o a las lociones de lavandas después de la ducha matinal comienza a notar a través de su pituitaria aromas que no le son tan gratos y conocidos. Las vacas huelen con un olor al que el ciudadano urbanita no está acostumbrado, sus deposiciones sembradas por todo el campo son enormes y malolientes y para mayor escarnio las campanas del bello campanario de la iglesia del pueblo tienen la mala costumbre de tocar cada cuarto de hora incluso con nocturnidad y, para el urbanita, alevosía.

Y surge la lucha entre quienes viven todo el año en el pueblo y los recién llegados veraneantes de la ciudad, estos últimos protestan y todo les molesta, desde el monótono sonido de las esquilas de los bovinos hasta el matutino canto de los gallos y especialmente las campanadas del reloj de la torre eclesial que les mantienen toda la noche en vela. El mundo rural ya no es tan bonito y bucólico para el urbanita que comienza a añorar las ruidosas calles de su urbe de residencia habitual.

Pero cuando los ciudadanos de la gran urbe llegaron al pequeño pueblo las vacas ya estaban allí con sus olores y sus grandes cagadas, los gallos llevaban toda la vida despertando al vecindario con sus quiquiriquís matutinos y el reloj de la torre llevaba muchos años cantando las horas. La vida campestre es bella vista desde la ciudad pero cuando se tiene que soportar durante las veinticuatro horas del día no es todo tan bonito, pero esto el urbanita no lo conoce hasta que no comienza a sufrirlo. El día menos pensado el viento despeinará a uno de estos veraneantes de ciudad y clamará al cielo exigiendo que en el pueblo coloque unas pantallas que lo eviten. En mi tierra hay un refrán que dice “qui no vullga pols que no vaja a l’era”, es decir el que no quiera polvo que no vaya a la era, es un buen consejo para estos urbanitas que protestan del olor del ganado, del cacareo de los gallos y del sonido de los relojes.

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