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Etiquetas:   A sangre fría   -   Sección:   Opinión

Madrid, de corte a mártir

Jesús Nieto Jurado

viernes, 11 de marzo de 2005, 22:38 h (CET)
"Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas."

Don Antonio Machado

Madrid, agosto 2004
Vuelvo a Madrid tras los infaustos días, paseo por sus calles, respiro el aire de libertad del rompeolas de todas las Españas, mientras que en las paradas del metro o en las cafeterías galdosianas resuenan los ecos latinoamericanos de las voces de los inmigrantes que han hecho de Madrid su nueva patria, la de la esperanza y la vida que fluyen tranquilamente entre el bullicio nervioso de la gran urbe castellana, que con el día a día va cicatrizando las incurables heridas de los fatídicos atentados de Marzo.

El sol cae a plomo sobre el derretido asfalto de la Gran Vía, donde los madrileños se resguardan del inclemente sol en cafeterías en las que la prensa o la televisión, muestran imágenes y recuerdos de aquellos días de la infamia, y entonces, al igual que al llegar en el Talgo a Atocha, se produce un silencio aterrador jalonado de miradas perdidas al suelo, esquivas o indagadoras de una respuesta inexistente, y, en ese preciso momento, comprendo que las heridas no han cicatrizado y que en el subconsciente del madrileño pervive el desgarrador recuerdo del más negro mes de Marzo.

El recuerdo de fechas en las que España sufría trágica y virulentamente una segunda transición, un recuerdo de dolor indescriptible en el que la mentira y el engaño mancillaron el dolor sereno de las víctimas de la masacre, que una vez terminados los lutos de esta España de plañideras y negros, fueron vapuleadas a las puertas del Congreso por los "salvapatrias" de la Gaviota, los ultras de Génova, quizá enervados por la derrota electoral que les arrebató aquella nación que había sido gobernada durante ocho años como un cortijo andaluz.

Pero mi paseo no se detiene, al descender desde Cibeles por el Paseo del Prado y arribar a la cúpula de la estación de Atocha, pese al ambiente callejero del Prado entre exposiciones y ferias literarias, el tiempo parece detenerse en la contemplación de lo que fue en un pasado reciente lugar de encuentros y despedidas esperanzadas, y que una brumosa mañana de Marzo se transformó en el monumento popular de Madrid a las nuevas víctimas de un nuevo 2 de mayo, y en mi mente se aparece Pilar Manjón, la "mater dolorosa" del llanto sereno, como en un lienzo de “El Greco” sobre un fondo de Madrid en tinieblas, donde el cielo velazqueño ha sido cubierto por oscuras gaviotas que como cuervos revolotean sobre la carroña terrorista.

Málaga, 12 de Marzo de 2004
Madrid se levantaba bajo la luz difusa de un amanecer plomizo de invierno. Los madrileños, esos seres eclécticos y multirraciales, se desperezaban del sueño cuando una concatenación de explosiones turbaba la normalidad de infarto de una ciudad que, hasta pocas horas antes se acostaba con el poso de los mítines de fín de campaña.

Pasadas las 7 y media de la mañana, el horror se asentaba en la capital de la Villa y Corte, barrios obreros de la capital, Santa Eugenia, El Pozo, y la flamante estación de Atocha, sufrían el horror de la tragedia, el olor a muerte bajo los rescoldos del dominio del diablo, y gritos que con rabia pedían socorro, mientras un último halo de vida se mezclaba con el vaho en la fría mañana madrileña.

La dantesca danza de ambulancias, precedida del sordo minué del silencio, despertaba a la totalidad de un Madrid, que pocos segundos después de consumada la catástrofe, marchó presto a ayudar a los afectados del mortal ataque.
Mi artículo, bajo el dolor que embarga mis ojos empañados en sinceras lágrimas, pretende ser un sencillo, pero sincero homenaje a todo el pueblo de Madrid que arriesgó su vida en el auxilio de los afectados.

El madrileño, cuya vida es un metro a punto a de salir en voz de Sabina, ha sufrido a lo largo de la historia de España, todos los errores de las pésimas políticas estatales, regidas por ineficaces gobernantes.

La invasión francesa que tan bien plasmó Goya en los Fusilamientos del 3 de Mayo, el atentado a la naciente democracia que supuso la matanza a los abogados laboristas en un bufete de Atocha, o el 23-F, manifiestan el carácter de mártir español que acompaña al madrileño.

Madrid, con su “no pasarán”, ha cristalizado, a la par que con el sufrimiento, la respuesta de un país oprimido ante el mal, la ineficacia gubernativa y la tiranía.

Madrid, durante el asedio por parte de las tropas nacionales, y en lo exhaustos momentos de la Guerra Civil, era exonerado a combatir al enemigo Franquista por una Pasionaria que a la fuerza, y apoyada por su carácter batallador, sacaba a los cómodos literatos de café de sus elevadas tertulias a combatir por una República herida de muerte, como hoy, herido de muerte está el corazón de los madrileños.

Tras el ruido de sirenas, silbatos nerviosos de policías, y gritos desgarradores de inocentes víctimas, he visto, no sé si debido a la confusión que en mí producía el inmenso dolor, a la Pasionaria gritando decididamente el “no pasarán “en el oído de todos y cada uno de los madrileños de bien, que arriesgaban su vida en pos de salvar de las garras de la muerte a sus inocentes paisanos, que hoy deben ser elevados a los altares de una democracia, que desde hace tiempo, ya no esta en manos del pueblo.

A Pilar Manjón, con todo el caríño, por la valentía mostrada.

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