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Sí a la moderación, no al centrismo
Lo que anhela el país es moderación
WASHINGTON - . De lo que escuchamos hablar es del centro político. Pero el centrismo se ha convertido en el enemigo de la moderación.
La moderación en política es cuestión de equilibrio. Significa creer en un sector privado dinámico e innovador y en un estado lo suficientemente fundamentado para hacer lo que el sector privado no hace e implantar reglamentos sensatos de competencia económica. Significa incentivos al éxito, ayuda a los que no progresan y seguridad para los enfermos, los ancianos, los pobres y los que no tienen suerte. Significa equilibrio entre nuestro aprecio del individualismo y nuestro deseo de comunidad. Esto se traduce a su vez en que reducir el déficit presupuestario no puede depender únicamente de recortar programas. Sí, los impuestos deben subir.
Todos los sondeos que he visto sitúan como moderada a la gran mayoría de los estadounidenses según esta definición.
El centrismo es algo completamente diferente. No es una filosofía. Es una posición apoyada en cálculos. No parte de principios fijos. Calcula la posición de todos los demás en el espectro político en un momento dado y luego realiza ajustes frenéticamente.
Dado que el centrismo es reactivo, nunca se sabe realmente lo que piensa el centrista. Los centristas se desplazan continuamente y persiguen encontrar una nueva ubicación a medida que el debate político se decanta en un sentido u otro.
Ahora mismo, esta variante del centrismo está tolerando nuestra conversación irracional, peligrosa y decididamente desordenada relativa al techo de la deuda. Empujados por el movimiento de protesta fiscal tea party, los Republicanos han generado una situación sin precedentes al vincular una subida del techo de la deuda, cuestión rutinaria en tiempos, a que se produzcan acusados recortes del gasto público. Y sus miembros más conservadores han bloqueado cualquier fuente de recaudación nueva para recortar el déficit.
Lo que es peor, la derecha prescindiría de la democracia por mayoría de golpe a través de las enmiendas "de presupuestos equilibrados" mal bautizadas que no permiten ninguna subida tributaria sin el apoyo de dos tercios del Congreso. Esto inmovilizaría los tipos impositivos actuales históricamente bajos a las rentas altas al blindarlas frente a cualquier resultado electoral previsible.
Pero aun así los devotos del centro, en política y en los medios, temen decir abiertamente que según cualquier rasero anterior -- o según el rasero de cualquier otra democracia -- las opiniones de esta nueva derecha son extremadamente radicales y totalmente inútiles. Los centristas temen que decir esto les pueda hacer parecer "de izquierdas" o "partidistas".
En lugar de eso, el centro se doblega. Elabora presupuestos deficitarios que incluyen escasa recaudación pública. Acepta recortes en programas que incluso un par de años atrás hubieran resultado radicales o draconianos. Simula que esta crisis está provocada equitativamente por los conservadores y los progresistas cuando está perfectamente claro que no habría crisis en absoluto si la derecha no se hubiera apropiado del techo de la deuda como vehículo (totalmente inadecuado) para hacer realidad sus sueños anti-administración pública.
Es hora de que los moderados abandonen el centrismo y dejen de cambiar según sopla el viento. Es necesario dejar claro lo que se defiende, mantenerse firmes y orientar el debate a su favor. Sí, se arriesgarían a parecer "la izquierda" del centro ahora mismo -- pero sólo porque los conservadores se han desplazado tanto.
En relación al propio techo de la deuda, todavía encuentro difícil imaginar que el presidente de la Cámara John Boehner y el líder Republicano en el Senado Mitch McConnell vayan a permitir que el país se vaya al cuerno. Deberían haber dejado la lucha del techo de la deuda para el resto de la legislatura del Presidente Obama porque hay mejores formas de discutir sobre gasto público e impuestos. Si sienten escalofríos al plantar cara al movimiento de protesta fiscal, nos enfrentamos a más problemas.
Pero cuando esto acabe, es Obama quien va a necesitar un relanzamiento. En el fondo, es un moderado al que le gusta el equilibrio. Pero los estadounidenses han perdido el rastro de lo que defiende realmente. Puntualmente te preguntas si no se habrá perdido él. Nos tiene que recordar a nosotros, y puede que a sí mismo, el motivo de querer ser nuestro presidente. Podría pronunciar cuatro o cinco grandes discursos -- preferiblemente en centros profesionales de estados con problemas económicos -- fijando un plan claro, detallado y sí, que inspire, de lo que le hace falta al país para conservar su posición y su confianza. Y luego tiene que luchar incesantemente por alejar el debate de los que creen que la única labor del estado es la de contraerse.
Se rumorea que sus asesores están obsesionados con el centro político, pero esto conduce a una política de reacción que no va a motivar al colectivo de la esperanza que hizo que Obama saliera elegido antes. Tampoco va a alterar un discurso cuyos términos fueron fijados durante gran parte de esta lucha por la deuda por la derecha. La moderación no tiene nada que dosis de convicción y valentía generosas no vayan a curar.
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