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Opinión
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Morbo

Marta Santos
Redacción
viernes, 11 de marzo de 2005, 22:37 h (CET)
Los medios de comunicación se han puesto de acuerdo para no emitir mañana imágenes morbosas. Algunos diccionarios dicen que morbo es sinónimo de enfermedad, pero la voz de la calle cuenta que morbo es el placer ante la imagen sórdida o sangrienta: morbosos son aquéllos que disfrutan de películas de Cronenberg o Buñuel. Así, morboso es el que mira, más que el que es mirado, y morbosa es la manera de mirar más que la imagen en sí.

A partir de aquí se puede decir que hay un morbo sano y un morbo, como dice el diccionario, enfermo. Morbo sano es aquél que aplica su mirada a filmes como 'El seductor' de Don Siegel u 'Olimpia' de Leni Riefenstahl, porque hay pocas cosas tan estremecedoras como la filosofía de la pureza. Morbosos sanos son aquéllos que, en otras décadas, disfrutaron con la inolvidable imagen del águila raptando al cordero filmada por Rodríguez de la Fuente: la naturaleza es así de pura, amoral, a veces fascista y, sin embargo, fascinante.

Es difícil trazar la línea entre el placer que sentimos ante esas imágenes, que es el gozo de nuestro instinto animal desatado, y el placer enfermizo de visualizar carnicerías reales, crónicas del horror y espantos varios de los que la historia humana tiene tantas ilustraciones en archivo. No conozco a nadie que disfrute viendo imágenes de Auschwitz, pero sí he conocido a personas inmunizadas contra las diarias imágenes del horror de nuestras calles: una mendiga en la Gran Vía madrileña, un toxicómano arrojado entre cartones son imágenes ante las que el espectador pasa con cara de nada, vacunado con el virus de la indiferencia. Luego está la categoría de los que un amigo llama 'imbéciles morales', que son ésos que señalan al toxicómano y carcajean o dicen 'no me da ninguna pena'.

Estos párrafos sirven de entradilla para la idea: que vivimos en una sociedad anegada, desde que se puso en marcha el siglo XX, de imágenes violentas, espantosas. Que el espectador, inmunizado, ya no reacciona a estímulos que a cualquier cachorro de hiena harían revolverse y reír por no llorar. A nuestros simples y a veces embrutecidos abuelos, una imagen del crimen de Jarabo los dejaba espeluznados por un mes. Nosotros, vacunadísimos con crímenes televisados que vemos mientras cenamos ensalada, decimos 'bah' o 'uf'. Lo peor es que no nos damos cuenta del estómago que se nos ha puesto: es enfermizo que mañana seamos capaces de recordar el espanto sin que se nos interrumpa la digestión.

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