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Tags: Opinión · Columna de opinión · Ángel Ruiz Cediel
El rebuzno de la cultura


Jamás hubo en la Historia mayor inversión pública y privada, y jamás antes la sociedad fue más inculta


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 30 de julio de 2011, 10:30
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Las inversiones en Cultura, ya sea desde el gobierno nacional, desde los autonómicos o desde los de los ayuntamientos, nunca fueros tan numerosos ni tan dotados, y, sin embargo, a nivel social general lo que hay es un rebuzno olímpico, un estremecedor aullido de la ignorancia más supina.

A lo mejor la culpa la tienen los políticos, esas criaturas que parecen dedicadas en cuerpo y alma al trinque para sí y para su partido, corruptos en buena parte hasta los últimos intersticios de su alma (según acusaciones de unos contra otros y según las noticias) y sin formación alguna más allá de ser unos excelentes culos agradecidos con sus amados líderes correspondientes, pues que en la práctica mayoría de los casos no fueron ni capaces de terminar el bachillerato. Gentes que lo mismo atiborran el senado que el parlamento o el mismísimo gobierno de la nación, de la autonomía o del ayuntamiento, y que si uno se fija en los blog o páginas webs de sus señorías, francamente, dan ganas de pegarse un tiro o de exiliarse uno, ya que qué pueden hacer por el bien de España quienes ni siquiera saben expresarse en su propia lengua. Personalmente, si no me voy a las Chimbambas, cosa que a algunos les debe molestar lo suyo, es por el simple y llano placer de ser martillo de estos infieles y cadalso de estos herejes, además de por el gustirrinín de estar todo el santo día jodiendo a sus señorías, para que al menos sufran algo, ya que en todo lo demás su vital vegetar es puro trinque y buena vida a causa de los ignorantes ciudadanos a los que ellos mismo estupidizaron para poder sorberles el seso, la sangre, los dineros y hasta para usarlos como objetos de placer, ya que si un día decidieran ayuntarse carnalmente con… cuarenta y ocho millones a la vez, pongo por caso, van, hacen un decreto ley en plan de eso que no tiene enmienda, y, ¡zas!, todo el mundo con las horcajaduras fané.

Paso un pelín del medio siglo, lo que significa que viví la parte aquella de la dictadura en la que no se gastaba un real en cultura (más allá de esa planetaria editorial que domaba rojos -hoy azulones- a cambio de la publicación de sus noveluchas), pero había más cultura en la sociedad en un solo día, que en toda la democracia subsiguiente en su conjunto. Hoy, curiosamente, tenemos no sólo inversiones astronómicas en cultura, sino también toda una incontable legión con innumerables cohortes de delegados, ministros, concejales, consejeros, directores regionales, directores locales, barandas en general y auténticas bandadas de subdelegados, subdirectores, etc., con más escalones que la estructura jerárquica angélica, además de Academias de esto y de lo otro infestadas de inútiles o incompetentes a quienes se les obsequia regalos vitalicios cuando muchos de ellos no saben hacer la O con el culo de un vaso, y, como decía, la cultura a nivel social es un colosal, magnífico, gigantesco, monumental rebuzno como jamás en la Historia toda de este país se escuchó o lo hubo.

Tal vez la cosa de esta rebuznización general se deba a que los ingentes recursos y los miles de millones aportados se consuman en cargos, carguetes y gastos estructurales, no llegando a los destinatarios (autores, sin los cuales no hay cultura posible) sino las migajas; o quizás se deba que con esos dineros sólo se sostiene a los tronquetes del partido, ya sea con esas subvenciones tan fétidas que apestan a ideología de barrio, ya con esos nombramientos de académicos que atufan a cohecho, en cuyas ambas decisiones nada tiene que ver la excelencia cultural y mucho la proximidad ideológica o el parentesco. Puede, puede ser.

En el terreno de la realidad, no la teórica sino la de verdad, la que se respira en la calle, es que se subvenciona con cientos o miles de millones a un cine que es un verdadero asco, incluso a películas que no llegan a estrenarse o a guionistas que no llegan a escribir sus libretos; las academias se han convertido en un remedo imitativo, un repugnante sucedáneo hollywoodense o de donde sea sin personalidad alguna, donde se derrochan ingentes dineros para que entre los coleguis se repartan los premios como se repartían las medallas en El Presidente, de Cantinflas; jamás hubo tantos premios literarios, ya para prosa o poesía, que los hay por decenas de miles al año, y jamás nuestras letras fueron tan vilipendiadas y tan anulado todo vestigio de calidad; y en cuanto a la tele, bueno ¿qué decir que no nos conduzca a las lágrimas?..., todo ella siendo un estercolero intelectual de tal magnitud que es más sano para el cerebro y para el alma un disparo certero que la ingesta de esos productos tan deplorables que mejor destino tendrían como instrumentos de tortura.

Paso un pelín, digo, del medio siglo, y jamás me llegué a barruntar siquiera semejante debacle. Debo admitir, por constatación evidente, que durante los periodos de mandato socialista el desastre ha sido tanto más épico, encogiéndose la cultura y cuanto la rodea hasta no ser sino un chiringuito abominable en manos de una casta (es un decir) de depravados que no le ha aportado en realidad a la sociedad mucho más que esa misma depravación y mal gusto que, si ha tenido alguna clase de éxito, es debido a la rebuznización de la ciudadanía llevada a sus últimos extremos desde los medios de ese partido, que no son pocos, además de los públicos que han controlado.

Soy escritor, y como tal, puedo decir que no hay prácticamente un autor -¡ni uno!- de los llamados famosos –y entre los que incluyo a los Premios Nacionales y aún a algunos de esos Nobeles colaterales tan difundidos en España- cuya literatura merezca un mejor calificativo que el de “paja encuadernada”. Todo es árido, sin gracia, sin estructura, sin fundamento ni ornamento, ni más pretensiones que vender mucho y ganar más, ideado solamente en base a qué quiere leer la peña, qué portada y qué título serán los más comerciales y quién será el protagonista de la peli cuando se lleve al cine. Y en cuanto a los premios literarios, en fin, ¿qué decir que no duela si ya meses antes de la decisión del jurado se sabe quién lo va a ganar?... En lo personal, les diré que algunos jurados llegaron a negarme los premios –y he estado en las finales de los más importantes del país- ¡por ser demasiado católico! Debe entenderse siempre, a su entender, que no es muy allá, ¡pobres!

Demasiada casualidad es todo esto como para que la cosa haya salido así, porque sí, pareciendo más bien que la cultura ha sido convertida por los políticos en un instrumento de manejo de las masas, convirtiéndolas a su través en estúpidas y dóciles, que es como son manejables. Piensen en el burro y su mansedumbre al palo y al trabajo por la paja. Nunca tantísimos dineros, en fin, sirvieron de tan poco, pero jamás hizo tantos ricos. Que se lo pregunten a la SGAE.

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