Si no muchos viven de la literatura, bastantes menos lo hacen de ese arte, en cierto modo paralelo a ella, que es la poesía. Habrá quien diga que esta no es sino otra forma de expresión literaria, como lo pueden ser la novela, el teatro, el ensayo e incluso algún tipo de periodismo; y puesto que la línea divisoria entre rima y prosa hace mucho que dejó de ser nítido (algo que sin duda habría sorprendido al “Burgués Gentilhombre”) será menester admitirlo… aunque con alguna reserva.
En determinados casos, como el de Fernando Cuesta Terán (Madrid, 1956) la poesía camina por los vericuetos flanqueados de hayas, robles y abetos de un bosque norteño o por los senderos que bordean la costa cántabra. Y es que Santander, lo que antes llamaban “la Montaña”, apelativo que ha sido substituido por el políticamente correcto de “Cantabria”, late en toda la obra de este poeta, viajero del espíritu, cazador incruento de momentos que caerían en el olvido si no fuera porque él los atrapa en ese cuaderno que le acompaña a todas partes. Nació en Madrid, como él mismo dice, “por casualidad” y las raíces que más ama se hunden en la tierra de Transmiera. Su poemario, Al Norte de la Noche, es un ejemplo de lo que digo: brumas del alma, paisajes intuidos, vino y también recio sol castellano.
Su andar le ha llevado a tierras lejanas, como Eslovenia, donde en 2009 ofreció un recital en el Instituto Cervantes de Liubliana y entre sus proyectos se encuentra el de difundir la poesía española en Alemania, con otro recital que dará en la Casa de España en Colonia, el año próximo.
Una pregunta, casi obligada, es qué te llevó a la poesía…Desde niño me aficioné a leer y eso me animó a estudiar letras y a ir indagando en el mundo de la literatura. En realidad no sé por qué escogí la poesía como forma de expresión. Fui descubriendo a muchos poetas de los que apenas se hablaba en el mundo académico “oficial”. Me influyó el disco de Serrat sobre Machado y empecé a escribir poesía con dieciséis años. Aunque haya escrito prosa, siempre acabo desembocando en la poesía. Lo raro es que mis primeros escritos, que aún conservo, fueron en prosa. Mis primeros poemas datan de 1976.
¿Qué autores influyeron en tus comienzos?Sobre todo la poesía de Machado y la de Miguel Hernández, a través de los discos que publicó Serrat en los años 70. Esto me animó a leerlos y a profundizar en ellos. En la Universidad conocí la obra y el enorme mundo interior y poético de León Felipe. Su lenguaje, su capacidad expresiva, incluso la persona en sí y cómo vivió, me influyeron muchísimo entonces, y hasta hoy he permanecido fiel a esa influencia. Junto a él, por supuesto, García Lorca, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Gerardo Diego… y prácticamente toda la Generación del 27.
¿Existe, en tu opinión, la “poesía pura”, la que no se mezcla con el día a día de las personas; la poesía, digamos, “de laboratorio”?Creo que sí. El representante máximo del Culteranismo del Siglo de Oro, Luis de Góngora, escribió este tipo de poesía. Fue sin duda un gran poeta: su técnica es perfecta, pero, en cierto modo, el trasfondo de lo que escribe, el poso que deja, es muy limitado; algo así como si fuera un juego de fuegos de artificio, muy brillante y algo vacuo. La poesía de Quevedo, su rival, está llena de contenido –por eso lo de “Conceptismo”- y a la vez de belleza; sus sonetos son insuperables. La poesía, como cualquier otro arte, está para transmitir ideas y sentimientos: para comunicar algo.
¿El lenguaje poético llega más a la sensibilidad que el de la prosa?El autor es el emisor y el receptor de la obra artística –sea poesía, música, pintura etc.- es quien la reinterpreta. Y según esto depende del receptor que el mensaje le llegue más directamente a la sensibilidad con una u otra forma de expresión. No conviene cerrarse: existen mensajes que sólo pueden desarrollarse a través de una novela y otros que exigen que su vehículo sea la poesía. Cualquier género literario es interesante, pero para mí el cuento (lo que algunos llaman “relato”) me parece fascinante, y la dificultad que encierra nada tiene que envidiar a la novela.
¿Qué significa para ti la “poesía social”?Es un fenómeno del siglo XX y en España surge con fuerza después de la Guerra Civil, muy especialmente en la década de los años 50. Es la respuesta de un buen número de poetas a la situación social y política que se vivía en nuestro país en aquella época. El concepto de “poesía social” ha sido utilizado como etiqueta, tanto por parte de los que la admiraban como de los que la despreciaban. Blas de Otero y Gabriel Celaya son probablemente los autores más representativos de esta corriente, y no hay que olvidar que, por encima de esta etiqueta, está el hecho de que fueron grandes, enormes poetas. Blas de Otero tiene un ingrediente místico que hace trascender su condición de poeta social. Hacer este tipo de poesía sin caer en el panfleto político es realmente muy difícil. La influencia de estos dos autores en la juventud de entonces fue muy grande y su difusión se vio favorecida por la música que Paco Ibáñez puso a alguno de sus poemas. En cierto modo cambió la percepción que se tenía de la realidad española del momento, especialmente entre los universitarios.
Me gustaría nombrar algunos poetas y que me dijeras lo que te sugieren. Empezaré por Gabriel Celaya…¿Qué es esto? ¿Un examen? (Risas) No; ahora en serio: para mí Celaya fue un inmenso ser humano, un hombre que procedía de la alta burguesía donostiarra, ingeniero, con una importante empresa familiar, que optó por una vía que, desde luego, era la más difícil, la más arriesgada. De hecho, por haber elegido el camino de la poesía, acabó muriendo casi en la ruina, apoyado en todo momento por Amparitxu, su mujer y compañera hasta el final. Para mi es un ejemplo de cómo puede hablarse poéticamente de unas realidades sin caer en el panfleto. Sus poemas están dotados de una gran lucidez.
Miguel Hernández…El caso de Miguel Hernández es un ejemplo de dignidad humana, de coherencia. Es asombroso cómo una vida que se extingue en la cárcel a los treinta y un años puede dejar una herencia artística tan amplia; una poesía que es simple en la expresión, pero profunda, bella y muy próxima a veces a la protesta.
León Felipe…A nivel popular, por así decirlo, León Felipe se da a conocer a través del famoso recital que dio Paco Ibáñez en la Sala Olympia de París a finales de los 70 y del cual se publicó un disco. Su “Antología rota” figura entre mis libros más cercanos desde 1978. Su poesía me produjo un enorme impacto emocional; su lenguaje tan directo, tan claro, me influyó desde el principio. Le han llamado “poeta del viento y de la luz”, y estoy de acuerdo; pero también fue un profeta, un auténtico místico, como lo fueron San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. León Felipe, que era un profundo creyente, afirmó que en aquellos tiempos para ser religioso era preciso blasfemar, cuando se utilizaba la idea de la Voluntad de Dios para tratar de justificar las injusticias sociales. Casi toda su obra está editada por Visor y hace algunos años sacaron una serie de poemas recitados por el propio autor, que es una auténtica maravilla; no sólo por la calidad de sus poemas sino por la manera magistral que tiene de recitarlos. El mayor crimen de León Felipe fue ser fiel a sí mismo y no callarse: murió sin volver a ver el sol de España, en su exilio de México, en 1968.
¿Cómo es tu poesía? ¿Escribes a veces poemas ajustados a la métrica?Nunca me ajusto a la ella; aunque nadie puede negar que gran parte de la mejor poesía es rimada. ¡Quién podría negarlo pensando en los sonetos de Quevedo!
O en los de Shakespeare…Desde luego. Y tantos otros. Sin embargo, para mí lo más importante es que el poema tenga un ritmo interno, no tanto rima sino ritmo. Para mí la poesía, como la música, tiene que “sonar bien”. En el verso libre también se utilizan aliteraciones, encabalgamientos y casi todos los recursos de la poesía medida… pero sin el corsé. Surgen de manera intuitiva. Releo en voz alta cada poema que escribo y no lo doy por bueno hasta que su música me convence; puedo reconstruirlo decenas y decenas de veces.
Tratar de emular a Blas de Otero o a Celaya es absurdo. Uno escribe desde dentro, desde el corazón. Y la poesía es una forma de plasmar lo que uno siente y hacerlo de forma que se entienda. Siempre se escribe para expresar un pensamiento o una idea a otro: ese “otro”, en primer lugar, eres tú mismo, aunque pueda parecer una paradoja. Llevo dando recitales de poesía desde hace muchos años, y en más de una ocasión me ha ocurrido que alguien, al final de una sesión, se me acerque y me diga: “Lo mismo que expresabas en aquel poema lo he sentido yo” No hace falta que te llamen “gran poeta”: si has logrado transmitir algo, ya se te puede llamar poeta. Y eso basta. El día que no hagan falta los poetas para entender el mundo, se podrá decir que, de verdad, vamos mal.
En las clases de literatura de los colegios, hace muchos años, nos hacían memorizar poemas. Ahora parece que esta costumbre se ha perdido ¿Cuál es, en tu opinión, la situación de la juventud española frente a la poesía?Me parece triste que ahora, tras la época de relativo estancamiento cultural que representó el franquismo, con la facilidad que existe para expresarte libremente y teniendo todo un abanico abierto de posibilidades para hacerlo, la gente elija muchas veces tonterías, subproductos culturales. Y si la juventud no es curiosa… ¿qué es entonces? Por supuesto no hay que generalizar, hay suficientes excepciones para que la esperanza no se pierda del todo. Creo que la responsabilidad de este cierto marasmo cultural entre los jóvenes recae en los incontables planes de estudios –a cual peor- que ha habido en España durante los últimos cuarenta años.