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Etiquetas:   Algo más que palabras  

El destierro de los signos religiosos

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
jueves, 10 de marzo de 2005, 23:00 h (CET)
Los signos religiosos han caído en desgracia. Realmente todo lo que huele a religiosidad, aunque formen parte de nuestras raíces históricas. Hay un inconcebible y mezquino afán por romper vínculos cristianos de toda la vida y tradiciones ancestrales. Se destierra doquier referencia pública a la fe. Las multitudinarias manifestaciones piadosas también son silenciadas, salvo algunas populares convertidas más en espectáculo que en recogimiento. Y lo que es peor, el derecho constitucional de las personas a manifestar su religión, comienza a ponerse en entredicho. Aparte de ser ruin poner veto a la libertad de culto, reducir la religión exclusivamente a la esfera de lo privado, es una actitud poco neutral y nada enriquecedora, sobre todo entre la población universitaria en formación, a la que le hace falta cultivarse íntegramente. La censura en el pensamiento no es de recibo y pasa factura. Esa embestida laicista protagonizada por algunos sectores políticos carece de fundamento y hasta de sentido común. A veces raya lo inconstitucional.

Adentrarse en el pensamiento de las religiones no debe acomplejarnos, todo lo contrario, los planes de estudio debieran revitalizarlas. Por encima de inútiles nostalgias, hay que poner el acento en valores perdidos y acentuar la mirada en un nuevo renacer cristiano, sin perder la memoria histórica como proyecto de avance cultural. La España católica ha de perder miedos o caer en resignaciones que no conducen a puerto alguno. Si ya resulta paradójico que la biblia (el libro de los libros) y el crucifijo (la señal del cristiano) se retire de actos académicos, no menos absurdo resulta que la Universidad, nacida de la ex corde Ecclesiae, pode toda referencia al valor religioso, cuestión vital para crecer ante la vida y uno mismo, desde el altar de la conciencia y el retablo del tiempo, sapiencia singular para comprendernos y comprenderse. Para no pocos, los signos religiosos nada le dicen. Piensan que, con un patrimonio económico aceptable, está demás el patrimonio espiritual. Dios queda lejos de ese mundo de mercado, marcado por vivir al día.

Estos conocimientos que se potencian, descafeinados de toda dimensión ética, no sirven para la vida, para nada son útiles, más bien nos aborregan. Hay otros saberes que precisamos con urgencia para poder discernir y reponer convivencias saciadas en la comprensión. Las religiones, y la católica en especial, tiene una constitutiva dimensión humanista, puesto que siembra un respeto pleno y total hacia el ser humano, dotándole de una dignidad cultural cualificada. Los resultados ya los tenemos. Antaño la Universidad representaba la universalidad y pluralidad; hoy, -por desgracia- , suele representar la voz del político de turno y el cortijo de un determinado pensamiento, amparándose más de un docente (trepa) en una falsa (indecente) libertad de cátedra. Ya no sólo se han eclipsado los signos religiosos de los centros docentes, también escasea la figura del intelectual cristiano. Parece haber desaparecido (o permanece adormecido), incluso los que en otro tiempo escalaron puestos por la gracia divina, de los espacios de cultura y docencia.

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