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Opinión
Etiquetas:   Corrupción   Política  

¡Corrupción!

¿Luchamos adecuadamente contra la corrupción?
Octavi Pereña
martes, 9 de mayo de 2017, 00:05 h (CET)
Hace años que se habla de corrupción en España. A finales de abril de 2017 se está poniendo de manifiesto que la montaña de corrupción se ha hecho tan alta que los deslizamientos amenazan con sepultar bajo la mierda acumulada a la cúpula de los partidos políticos. La inmensidad del estercolero no tiene límites. Ante la magnitud del problema debemos hacernos nuestra la pregunta que se supone Alejandro el Grande de Macedonia le hizo al filósofo Diógenes cuando le vio pasear por la calle un día de sol reluciente con un candil encendido en la mano: “¿Qué haces llevando encendida la lámpara hoy que hace un día tan espléndido?” La respuesta que el sabio le dio al monarca fue: “Busco un hombre”. Por la calle transitaban muchos hombres. Diógenes no buscaba a un hombre cualquiera. Andaba buscando a un hombre íntegro. ¿Dónde encontrarlo? El actor Groucho Marx responde a la pregunta cuando dice. “Sólo hay una manera de saber si un hombre es honesto: Pregúntaselo. Si responde que sí, entonces sabes que es corrupto”. Si hacemos una encuesta y preguntamos a la gente si creen que son buenas personas, una abrumadora mayoría responderá que sí. La respuesta a la pregunta es la prueba del algodón que pone de manifiesto que no hay un palmo de limpio. “Quien aceite maneja los dedos se unta”, dice el refrán. Cierto es que no todo el mundo se unta los dedos de aceite ya que no se tiene la oportunidad de hacerlo. La avaricia, que es “el deseo desordenado de adquirir riquezas para guardarlas”, según define el diccionario, está al alcance de todo el mundo. Pues bien, refiriéndose al binomio riqueza-corrupción, el director de cine Enrique Urbizán, escribió: “Si a la avaricia le añadimos un cargo político, tienes la corrupción”. Esta es la causa por la que demasiadas personas “honestas” cuando consiguen un cargo público no pueden resistir la tentación de untarse los dedos de aceite. También es cierto que no todos los que pueden meter la mano en el cajón lo hacen. Esto no se debe a que sean buenas personas. Según Jesús sólo Dios es bueno. Lo que ocurre es que Dios en su misericordia restringe la maldad, impidiendo que esta se manifieste en toda su crueldad. Este proceder de Dios debería ser motivo de agradecimiento. Eso sí, se precisa creer en Él. Si no es así, la providencia divina a favor del hombre se interpreta como que este es bueno.

Un comentarista anónimo ha dejado escrito: “Existen dos mecanismos que impulsan la corrupción en la administración pública. Uno es la propia corrupción moral del corrupto, que hace que considere que vale más aprovechar una ocasión para enriquecerse que conservar la integridad. Y el otro es la percepción que con toda probabilidad su delito quedará impune”.

Rodrigue Trembley, se pregunta y responde la causa de los colapsos económicos globales, cuando escribe: “¿Por qué la economía mundial parece sufrir cada 60 años una turbulencia económica y bancaria que amenaza con colapsar la economía mundial. La respuesta se encuentra en la codicia humana y la corrupción política, aspectos que parece que trabajan juntos para llevar al extremo todos los tipos de prácticas especulativas y parasitarias”.

La respuesta que se le quiere dar a la corrupción es el populismo político, filosofía hoy emergente que denuncia, no la causa, sino las manifestaciones de la corrupción que anida en lo profundo del corazón del hombre y que se manifiesta con toda su crudeza si las circunstancias le son propicias. El populismo político emergente puede frenar momentáneamente la corrupción a que nos ha llevado la alternancia del bipartidismo. En el momento en que el populismo se sienta en la poltrona del poder dejará de ser cortafuegos de la corrupción para convertirse en generador de otra, tal vez peor que la anterior.

Para combatir eficazmente la corrupción debe irse a la raíz que la ocasiona, que es la incredulidad. Si no existe Dios, no hay Ley. Si no hay Ley no existe la justicia. Sin Dios impera la ley el más fuerte. Todo es permitido. Las leyes humanas se quebrantan impunemente y a menudo se hacen a gusto de los poderosos que entre bastidores mueven los hilos de los legisladores, para aplastar a quienes se les oponen. Una sociedad sin Dios termina como Sodoma y Gomorra, destruida por el fuego divino. Los imperios que han aparecido a lo largo de la historia todos ellos han acabado siendo destruidos por la corrupción que han generado. La opulencia sin restricciones es mortal. “Con el temor del Señor el hombre se aparta del mal” (Proverbios 16:6). La persona temerosa de Dios, consciente de la corrupción agazapada en su alma implora a Dios de esta manera: “Inclina mi corazón a tus testimonios (la Ley de Dios), y no a la avaricia” (Salmo 119:36).
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