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Opinión
· Artículo de opinión
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| No, no, no |
| “They tried to make me go to rehab but I said 'no, no, no.'” Rehab, by Amy Winehouse |
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El pasado sábado la muñeca rota Amy Winehouse descendió del pedestal de barro de los ídolos y se fue andando al infierno de la muerte o del infierno en que se había convertido su vida. Como tantos jóvenes que alcanzan la destructora fama y el dinero fácil sin la madurez necesaria, había muerto de éxito por su propia mano, truncando una prometedora carrera.
¿Qué tiene hoy la vida de perversa o de prometedora la muerte para que tanta gente renuncie a existir?... Amy, fue superada por su éxito, por esa gloria narcótica que rendía a sus pies un orbe en compraventa de falsas ilusiones, ofreciéndola todo cuando podía querer y probablemente nada de lo que en verdad deseaba. Brilló como una estrella luminosa en un cielo infinito, titiló embriagada por el clamor de los aplausos y se precipitó al fondo del abismo como lo que en realidad fue, una estrella fugaz que viajó desde los altos cielos de la gloria efímera a la sombra eterna de su tragedia, expirando con una lumbrosa estela de luz que arañará la noche de muchos fans y que será olvido cuando el morbo de éstos se oriente hacia otra estrella o cuando los mercachifles que la rodearon encuentren otra rutilante promesa de la que vivir. Los bellos cadáveres sólo son cuerpos muertos. Sin embargo, en memoria de la luz fugaz de Amy Winehouse, muchos miles de personas acudieron a su antiguo hogar para depositar una flor y encender la luz de una vela que iluminara su oscuridad, en un improvisado cenotafio popular.
También el sábado supimos que la muerte se enmascaraba de normalidad en Anders Behring Breivik, un joven noruego que enloqueció de razón e, invistiéndose de dios justiciero, repartió dolor hasta anegar de lágrimas su país, nuestro país y acaso de acíbar nuestra esperanza en la condición humana. Ideas masonas o templarias –“temas del misterio”, que le dicen a estas cosas los trastornados apasionados a ver torcida la realidad que no habitan-, ideas iluminadas, asumir como propios problemas que no lo eran o quizás creer que el porvenir de su país o de Occidente recaía sobre sus hombros, le llevó a Anders a abandonar a su suerte al hombre común que era y a asumir el desvarío de arrancarles la vida con extrema crueldad a casi una centena de jóvenes que quizás también creían en lo mismo que él, aunque de otra manera más pacífica, más política, menos violenta. Antes de esa matanza, solo o en compañía, había perpetrado un violento atentado con explosivos en Oslo que había costado casi una decena de vidas más, de ésas que para los locos no valen nada en estos tiempos en que las vidas de cualesquiera no valen nada. Las vidas, parece, son nada más que una oportunidad de comercio o de satisfacción de paranoias diversas para cualquier clase de locos, que nos mantenemos vivos sólo por si acaso alguien quiere matarnos como les venga en gana.
Anders, era un joven como tantos con un espléndido futuro, quien decidió bajarse de su pedestal de ídolo de barro de normalidad y se fue andando al infierno o del infierno en que se había convertido su vida, enviando como mensajeros de su llegada a casi un centenar de inocentes. Sin embargo, en memoria de ese centenar de inocentes asesinados, muchos miles de personas, con la compañía testimonial de las lágrimas del gobierno y de la familia real noruega, y junto con los compungidos rostros de tristes rictus de políticos de toda tendencia de todo el mundo Occidental (también de España), quienes se reunieron ante los fotógrafos en los accesos de los ayuntamientos, de los parlamentos o de los palacios de gobierno para dar testimonio de su quebranto, acudieron al centro de Oslo para depositar una flor y encender la luz de una vela que iluminara tanta oscuridad, en un improvisado cenotafio popular.
Y el mismo sábado también pasó de puntillas por nuestros diarios e informativos la noticia de que cuatro millones de personas estaban siendo torturadas hasta la muerte por el hambre. No era una noticia nueva, ni siquiera novedosa. Venía ya desde Sudán, desde Dafur, desde donde hacía ya algunos años ha exterminado a casi un millón de almas; pero ahora nos enteramos que ha extendido su dominio hasta Somalia, alcanzando a cuatro millones de almas más. Almas que a nadie le importan, que ni tienen fuerzas ni imaginación para optar por el suicidio ni tampoco recursos o deseos de vestirse de madelman para asesinar inocentes con el fin de llamar la atención o de remediar los males inventados de su universo personal, sino sólo para descender obligados del pedestal de barro de la existencia y marchar andando al infierno de la muerte o del infierno de la vida.
Entretanto, festivas caminatas de Indignados y de 15-Ms en Occidente reclamaban no se sabe qué más allá de frases vacías, las bolsas subían y bajaban especulando con los alimentos entre los vítores de los que ganaban y la muerte lenta de los que perdían, y los gobiernos de Occidente, extenuados por las lágrimas derramadas por la tragedia sin par de Noruega, hacían sus maletas y se iban de vacaciones, dejando desiertos y sin fotógrafos los accesos a los ayuntamientos, a los parlamentos y a los palacios de gobierno.
Trece niños por minuto mueren de hambre para descansar del atroz y prolongado sufrimiento de su breve vida, que son historias insignificantes que ni han compuesto hermosas canciones ni han asesinado a decenas de pacíficos ciudadanos, que no merecen una reseña en los diarios ni una ingeniosa frase de los Indignados que no saben de qué se indignan y que no merecen ni fotografías de políticos ni minutos de silencio en los accesos de los ayuntamientos, parlamentos o palacios de gobierno, ni las lágrimas de las familias reales, ni aun una flor y que alguien encienda la luz de una vela que ilumine su patética oscuridad, en un improvisado cenotafio popular.
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