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Opinión

Etiquetas:   La injusticia de la vida   -   Sección:   Opinión

Por la igualdad de ellos

Lucia Martínez
Redacción
miércoles, 9 de marzo de 2005, 23:51 h (CET)
Primero tuve hermanos que cuidar; después, hijos y marido; luego, me encargué de mis padres y mis suegros, y ahora me llega la hora de los nietos. ¿Cuándo voy a tener un momento para mí misma?». Muy cerca de todos nosotros hay una persona que puede suscribir esa frase y su firma es, sin duda, la de una mujer nacida antes de mediados del siglo XX.

El mundo que tradicionalmente ha ocupado la mujer pertenece al terreno de lo privado, de la familia, del hogar, de los afectos, de los sentimientos. Las mujeres de esas generaciones, las que hoy son abuelas, fueron madres antes de haber alcanzado el derecho al voto. No es que fueran madres demasiado pronto, sino que el voto femenino es muy reciente en toda Europa. La sociedad en la que esas mujeres crecieron y maduraron, además, no había instruido a sus padres y hermanos, sus maridos e hijos, para que fueran precisamente los colaboradores más activos a fin de que ella lograra una plena integración en la sociedad.

A principios del siglo XXI la situación es muy distinta. No son tiempos aún de considerar que están dados todos los pasos para la igualdad, pero podemos sentir la satisfacción de que por lo menos tenemos los mismos derechos. Las leyes han igualado a hombres y mujeres, aunque no dispongamos todavía de los recursos suficientes para que esa igualdad esté garantizada. Además, nunca como ahora hemos podido ser tan optimistas, nunca hemos estado tan cerca, nunca ha sido tan corta la distancia entre los anhelos de justicia y su consecución.

Los movimientos feministas surgieron con el objetivo de que la mujer alcanzara los mismos derechos que los hombres, ya se vería después si ella, todas o alguna, quería ejercer esos derechos. Con el paso del tiempo, y a medida que la sociedad se ha ido haciendo más justa y bella, más igualitaria, se vio que la conquista de los derechos reivindicados por la mujer devenía en beneficio para todos los humanos, independientemente de su sexo.

La baja por maternidad, por ejemplo, es un derecho conquistado por la mujer pero del que pueden gozar hoy en día tanto hombres como mujeres. La existencia de guarderías en el puesto de trabajo es también un beneficio conseguido como consecuencia de las incorporación de la mujer al mercado laboral. Pero no todo lo que trae la mujer es grande y digno de pasara a la historia. Jesús de la Serna, un gran periodista, tiene escrito que a los hombres se les llamaba por su apellido en las redacciones..., hasta que las mujeres empezaron a trabajar en los diarios: a ellas se les llamaba por su nombre de pila y la costumbre se extendió también a ellos. Dicho de otra forma, con la incorporación de la mujer el mundo del trabajo se humaniza.

Durante el siglo XX la mujer ha demostrado que deseaba y podía alcanzar otras metas: ha querido ser atleta de elite, ha demostrado que podía dirigir un país, crear un medicamento, dirigir una película, escribir un libro, subir al Everest. Pero también ha demostrado que podía cuidar del hogar, de sus familiares dependientes, que una vez separada o divorciada podía hacerse cargo en solitario de la prole, que podía amar y sacrificarse, que sabía hacerlo, y que, en tantos y tantos casos, quería hacerlo. La mujer ha demostrado que podía conquistar el terreno de lo público, de lo profesional, sin renunciar a los afectos y gratificaciones de lo privado.

Algunos hombres, probablemente los elementos más evolucionados de la especie, han hecho también una importante apuesta por la igualdad. No solamente no ponen trabas a las mujeres para que se incorporen al mundo del trabajo, sino que además participan al 50% de las tareas del hogar.

Es hora de reivindicar la igualdad también para el hombre. Es hora de que los hombres, todos, den pasos en esos mundos que se han considerado tradicionalmente femeninos. Hace ya tiempo que muchos de ellos cuidan de sus hijos, pero hay multitud de tareas relacionadas con la familia en las que el hombre aún no ha puesto su pie. Cuando la familia ha de hacerse cargo de una persona que no puede valerse por sí misma, suele mirar en dirección a una esposa, una hermana, o una hija. Las personas dependientes están mayoritariamente al cuidado de una mujer.

Cuando ella ha querido incorporarse al mercado laboral, ha topado con grandes problemas. Aún hoy hay algunos territorios que son absolutamente impermeables. El hombre parece haberse atrincherado en ellos y ser absolutamente remiso a compartirlos. El varón que haga una apuesta firme para conquistar ese mundo de lo privado en el que ha reinado la mujer durante siglos no se va a encontrar grandes obstáculos. Ella no le va a dificultar esa tarea. Aquellos que miren al hogar y declaren su deseo de incorporarse en él a esas tareas que hoy por hoy le son tan extrañas no van a encontrar las puertas cerradas, las mujeres no se van a impermeabilizar ni van a luchar la exclusividad de ese espacio. Es más, la mujer dará todo tipo de facilidades a ese hombre que aun está a la intemperie, porque sabe que solamente se conquista la igualdad practicándola, ejérciendola en todos los terrenos. Y porque, además, será de todo punto imposible que la mujer logre la igualdad si los hombres mantienen ese destierro.

Aquellos que ya han llegado son partícipes de una cosa que la mujer siempre ha sabido, que la esencia de la felicidad se encuentra entre quienes amamos.

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